martes, 27 de julio de 2010

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad (narración)

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia. Sea que llegue solo a mis tobillos o que deba estirar mi cuello para no ahogarme, he aprendido que si no los cruzo con serenidad, me sepulta su fuerza. Mis primeros ríos me revolcaron duramente, pero fui aprendiendo a mirar, a esperar, a palpar y a percibir al río. Desgraciadamente lo aprendí solo, pues ni de una orilla ni de la otra, hay mensajes seguros de donde pisar el lecho y dar el siguiente paso. Hay buena voluntad de ambas orillas, pero al río lo cruza uno mismo. Solo, como solitario es el río.

Recuerdo el Río de Oro en el Impenetrable chaqueño. Su cautivamente magia llena de mansedumbre invitaba a atravesarlo sin demasiada precaución. Cuanta belleza y quietud aun atesora mi memoria sobre el paisaje salvaje de aquél lugar. Un momento a solas de descanso en mi estadía con los Tobas y me abrazó una necesidad casi imperiosa de atravesarlo. Era calmo, sus colores trasmitían paz al igual que los sonidos de tantos pájaros desconocidos para mi ¿Cómo no cruzarlo si la invitación era cautivante? ¿Cómo no despojarme de mis atuendos transpirados para sentir su frescor? No caminé ni un metro en su interior y comencé a hundirme en su fondo de lodazal. Un fondo que no se veía, o que no sabía como era pero que esperaba por mi. La mano ruda de Lagrenqo me salvó de ese río. El era toba. El conocía el río. Luego del rescate mirándome sonrió, dijo no se que cosa y ni quise preguntar.

No olvido cruzar el Quemquemtreu montado en la India, la pura sangre de Daniel ahora devenida en nuestro transporte para llegar a la casa atravesando el río ¡Cuanta seguridad nos daba su musculoso cuerpo y sus pasos firmes en medio de la corriente! Pero un día decidió no cruzarlo y lo que era nuestra seguridad se transformó en nuestra incógnita. Estábamos tan acostumbrados a cruzar ese río sobre su fuerza que nunca supimos hacerlo con la nuestra. Pero estos dos recuerdos son de ríos palpables, geográficos, bebibles. Hay otros diferentes. Ríos que dejan secuelas, como el de la traición, el desamor, la enfermedad o la muerte. Yo he atravesado varias veces a cada uno de ellos, con excepción del río de la muerte, a quien aún no crucé y que es –a su vez- el que menos me importa, ni ahora que falta poco.

Siendo niño la lectura de un libro, cuyo título no recuerdo, fijó en mi imaginación desde aquél entonces cierta intriga por los ríos. Mi madre sostenía que nunca leí ese libro, que fue en realidad un sueño que tuve. Se lo he discutido varias veces, pero tal vez tenía razón ya que no volví a ver ese texto, y cuando pregunto a personas con gran conocimiento literario, todos dicen desconocer la historia. Lo cierto es que, más allá de que haya sido un libro impreso o un sueño de mi niñez, la historia quedó fijada en todo mi ser a lo largo de esta vasta vida que se acerca a su fin.

La historia del libro -o de mi sueño-, narraba un episodio de la vida de Lykaios, quien siendo un efebo fue obligado a participar del rito de paso en las fiestas arcaicas de las Liceas. Se hallaba Lykaios en su tercer año de espera –sabemos a ciencia cierta que para romper las consecuencias del rito de paso, deben cumplirse nueve años sin comer carne humana- cuando en su vagar bajo el encanto de la luna llena y perseguido por los hombres que habitaban al pie del Monte Liceo, llegó a la orilla del río Caico, aquél donde el hijo de Hermes fue arrojado cuando era conocido como río Astraeus.
A Lykaios no lo perseguían por los efectos del rito de paso, sino porque fue el único efebo que se animó a pasar por el recinto prohibido donde ninguna sombra era jamás proyectada. Lykaios atravesó el recinto prohibido dejando sus pisadas sobre las cenizas de los sacrificios celebrados cada nueve años a Zeus Liceo –el texto no aclaraba si Lykaios había cometido este sacrilegio antes de probar la carne humana mezclada con la de lobo o después, ya mutado en un efebo lobezno-. Nadie perseguía al joven por los efectos del rito, sino por lo sacrílego de su acto. Merecía morir. El clan, que se reunía al pié de la montaña cada nueve años para celebrar el rito, lo había decretado.

El río Caico brillaba en su hermosura. Era amado tanto por la gente de Elea, como por la gente de Pitane. Es que ambas aldeas debían al Caico la calidad de sus tierras fértiles. Aunque Elea obtenía su estabilidad económica del puerto de Pérgamo, reconocía que gracias al río Caico podía disfrutar de una vegetación tan bella. Lógicamente en nada de esto pensaba Lykaios al llegar a su orilla. El estaba agotado –a pesar de lo que dicen las fábulas, ningún hombre lobo puede correr demasiado rápido ni lejos, al menos los que nacen en el rito de paso- y el río era su salvación, ya que nadie del clan que se reunía al pié de la montaña sabía nadar. Pero tampoco Lykaios, quien sabía que podía perecer en el intento, pues si los dioses no habían ayudado al hijo de Hermes, menos lo harían con un simple joven lobo que había cometido el sacrilegio de cruzar el recinto prohibido (en realidad no se cuanto de lo que digo formaba parte del texto leído en mi niñez –o de mi sueño- y cuanto es producto de las investigaciones que a lo largo de mi vida hice). Lo cierto es que Lykaios estaba tocando la orilla de las aguas con las puntas de sus patas delanteras, sin saber si los lobos podían nadar.

-“Los ríos son peligrosos”- solía decir mi abuelo materno, quien fue marinero toda su vida. El prefería el mar. Recuerdo de niño verlo perderse nadando en la distancia hasta desaparecer su cabeza del horizonte para, luego de cierta angustia por la espera en las playas de Necochea, verlo regresar brazada tras brazada hasta la orilla. Creo que fue en aquellas vacaciones cuando leí –o soñé- la historia de Lykaios. No lo sé. Tal vez no fue un acierto callar la historia, hasta que en mi adolescencia se la conté a mi madre. El problema es no recordar el nombre del libro ni la circunstancia en la que lo leí, o si fue un sueño, recordar el momento de despertarme del mismo, el lugar, la circunstancia. Nada recuerdo, pero cuando pienso en las imágenes que generó en mi ese texto –o sueño- es como que aun puedo palparlas.

Lo cierto era que Lykaios estaba de pie a orillas del río Caico -¿o era yo? tampoco lo se- y al darse vuelta vio las luces de las antorchas que la horda llevaba en alto ya próxima a alcanzarlo. Su única alternativa era cruzar el río. Uno que él nunca había cruzado. Pero uno en esas circunstancias no piensa con cordura, tal como tantas veces lo hice yo al cruzar ríos que desconocía. Pero él era un joven lobo y sabía que nadie ayuda a un lobo solitario a cruzar sus ríos, tanto como sabía que solo en la otra orilla estaría a salvo. Podía morir en el intento de cruzarlo, pero moriría seguro si caía en manos de la horda de justicieros que se acercaban. Lykaios carecía de la serenidad suficiente para tomar una decisión sabía. Entonces se internó en la corriente del río.

Lykaios recordó, en ese momento, la necedad cometida cuando rehusó sumarse como efebo a las filas del ejército. Era la edad estipulada para todo adolescente. Era ir al ejército o enfrentar el rito de paso y cargar su destino de lobo por nueve años. Creyó que sería más fácil ser lobo por un tiempo que militar peleando por una causa que no era la suya. Era un joven con ideales. Algunos dicen que ser adulto es la pérdida de los ideales y, tal vez por eso, Lykaios se rehusaba a serlo. ¿Quién no cree a esa edad que los ideales se cumplen? Pero los adolescentes no saben que el mundo estalla cuando quieren cambiarlo, porque los adultos no permiten que nada cambie. El eligió el rito de paso pensando que pasados los nueve años, seguiría siendo el mismo. Al sentir la corriente del Caicos pensó, por vez primera, que estaba equivocado. Así son las corrientes de los ríos, nos hacen frustrar nuestros más adolescentes ideales. Todos, el del amor, la valentía, la dignidad.

Tan solo avanzó una par de metros y lo arrastró raudamente la corriente. Se desesperó. Maldijo su elección y su destino. Gritó el nombre de su madre e invocó a Zeus, a quien había blasfemado al cruzar el recinto prohibido y dejar sus pisadas marcadas en las cenizas de los sacrificios. Supo en un instante que nada ni nadie lo rescataría y que su elección fue en realidad la sepultura de sus ideales. En su mente una secuencia de imágenes se sucedían unas tras otras. En un principio precipitadamente. Luego con cada vez mayor lentitud. Sintió en un instante que volvía a ser un humano. También la mano de Dafne –su amada abandonada por sus ideales- acariciándole el rostro. Eso le dio serenidad y dejó de luchar contra el río. Entonces vio el rostro de aquél hijo de Hermes quien –sonriéndole- le dijo que podía vencer al río. Era cuestión de serenidad, de saber que se puede llegar a la otra orilla, de entender que el río no cambia, que el río nos cambia a nosotros y que morimos en nuestra desesperación y flotamos en nuestra serenidad.

Despertó en la otra orilla con Dafne sentada a su lado, acariciándole el rostro. Vio que realmente ya no era un lobo, que no tenía que esperar nueve años para cambiar y que, a pesar de ser ahora un adulto, sus ideales aún tenían vida. Descubrió lo sanador de atravesar un río. Entendió la necedad de la desesperación. Le fue revelado que las blasfemias no te llevan al río, sino que este te libera de lo que no es realmente sagrado. Besó a Dafne y caminó erguido nuevamente abandonando sus falsas creencias. Regresando a ser hombre. Tal como yo lo he aprehendido.

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia.

jueves, 1 de julio de 2010

El cuchillo de plata, los abismos del desamor y la traición del malevo Argelio Gómez (narración)

El tiempo de los malevos fue cosa difícil. Cuando el barrio de Valentín Alsina dejaba de ser el “más allá la inundación” que luego inmortalizó el tango Sur, la vida no era sencilla. Eran tiempos de justicia por mano propia y de venganzas que nadie impedía. Los hombres terminaban sus disputas haciendo alarde de fiereza que siempre terminaba en sangre. Argelio Gómez era de esa estirpe. Nunca se le conoció un trabajo fijo. Nunca un gesto de paz. Siempre estaba dispuesto a comenzar o terminar un pleito midiendo su hombría por medio del derramamiento de la sangre de su oponente o de la suya.

El malevo Argelio Gómez, de pasado desconocido, era puntero del partido conservador. Era quien resolvía –muchas veces con una sola mirada- a quien debían votar en las elecciones. Nadie lo contradecía. Su nuevo Smith & Wesson .38 largo era muy convincente a la hora del ingresar al cuarto oscuro.

Dicen por ahí, que la traición de un amor juvenil lo convirtió en el hombre frío y despiadado que fue. Una traición que repetiría años después Guirnalda Arévalo del barrio de Nueva Pompeya cuando, recién celebradas las fraudulentas elecciones de 1938, en la cuales el papel de Argelio fue fundamental en el barrio de Valentín Alsina, vio el malevo a su amor traicionándolo con uno de los hermanos Arizabal. Esto fue en el bar del tano Carmelo ubicado al lado de la tanguería de Saenz y Ventana, junto al Club Unidos de Pompeya. Pero de mucho antes, Argelio Gómez no tuvo medidas en su crueldad, expresada sobre todo con los partidarios radicales, grupo al cual pertenecía Agustín Arizabal, quien habíale arrebatado el amor de Guirnalda Arévalo.

Con la asunción a la presidencia del radical Roberto Marcelino Ortíz, las cosas para el partido conservador eran más que difíciles en aquellos días. Pero a Argelio Gómez poco le importaba quien gobernase. Para él su S&W .38 largo era la ley, por lo cual no dudo en tramar una venganza que dejara bien parada su dignidad de malevo ante la traición de Guirnalda y Agustín. Era un caluroso Marzo de 1938, a pocos días de la asunción del nuevo gobierno nacional, cuando llevó a cabo el simple plan de asesinar a Agustín Arizabal traicioneramente. Aunque esta vez, para dejar en claro su crueldad, no utilizó su revolver sino el cuchillo de plata que le había obsequiado en 1934 por los favores recibidos, el célebre líder conservador y otrora gobernador de Buenos Aires, Manuel Fresco. Nunca había usado ese cuchillo más que para intimidar a sus oponentes, ya que solía decir que no había sangre digna para que lo ensuciara. Pero esta vez quería dejar bien en claro su odio por Agustín Arizabal, así que lo esperó la medianoche del Sábado 19 de Marzo en la esquina de la tanguería de Sáenz y Ventana. En realidad su estrategia era que el asesinato no pasara desapercibido, sino que todos entendieran la lección de que a Argelio Gómez no se lo traicionaba. El acontecimiento no se hizo esperar y, en cuestión de segundos, estaba resuelto. Yacía desangrándose en la vereda Agustín Arizabal con una profunda punzada en su abdomen. Sangre que enseguida comenzó a lamer el perro del tano Carmelo, presuroso antes de la llegada de la policía.

El plan subsiguiente de Argelio no era esconderse. Era demasiado guapo para ese huir, pero no tuvo en cuenta a los cuatro hermanos de Agustín Arizabal que eran tan malevos como él. El tano Carmelo fue quien le advirtió el peligro que lo acechaba. Entonces Argelio Gómez decidió guardarse unos días. Pero cometió un terrible error, ya que buscó refugio en un conventillo de la Boca, donde los italianos anarquistas tenían su reinado. Estos, profundamente anticonservadores, no dudaron en pasar el dato de su paradero a los hermanos Arizabal, quienes se habían juramentado en vengar la muerte de su hermano Agustín. A los dos días del asesinato ya tenían resulto el plan para ajusticiar al malevo Argelio Gómez. La estrategia era sencilla, habían acordado con Guirnalda Arévalo que ella iría en su búsqueda, con el fin de sacarlo de su aguantadero y exponerlo en la misma vereda del conventillo donde se guarnecía. Eso iba a ser fácil para Guirnalda. Su belleza seductora lo haría sucumbir a la primera invitación que hiciera a Argelio. Así fue. El malevo creía, como todo necio cree, que el amor violento sirve.

Le hizo llegar el recado con una cita para el Martes 22 a las 21hs. Argelio no dudó. Era la oportunidad soñada de todo malevo que siente a su hembra venir al pié, implorando su regreso. Necio e iluso él, ni siquiera cargó con su revolver, solo el cuchillo de plata en su cintura que brillaba en la noche. Fue puntual, como todo malevo es por aquello de saberse intocable. Por aquello de saber que solo las mujeres llegan tarde. Bajó por la deteriorada escalera de madera y fue por el pasillo directo a la vereda sin tomar recaudos. No se sorprendió cuando notó la ausencia de Guirnalda, al fin ella era una mujer impuntual como todas. Encendió un cigarrillo Condal, miró su reloj Titus Geneve que venía de obsequio dentro de la cajetilla de aquellos cigarrillos y, sin más, esperó por ella. Pero Guirnalda no llegó a la cita. Un niño se acercó a él y le dijo que una muchacha, a la cual describió con las características de Guirnalda Arévalo, lo estaba esperando en la esquina. No lo dudó un instante y fue. Resulta increíble tanta necedad en un malevo como Argelio, pero ¿quien no es necio cuando está cegado por el dudoso equilibrio entre el amor y la venganza? El estaba cegado, no tengo dudas. Había sido el mejor en su oficio de malevo y ajustador de cuentas para el partido conservador en el barrio Valentín Alsina, pero al fin no era más que un varón inmerso en la debilidad del amor. Un hombre como yo, que he sucumbido mil veces en el mismo lugar.

Los abismos perpetuos del desamor y la traición, enarbolan en todos los hombres la misma bandera. Nadie, ni malevo ni pacificador, es ajeno a desbarrancarse en estos abismos. Sea por el amor de Argelio por Guirnalda o por cualquiera de los míos. Todos somos llevados por la nariz hasta la esquina de nuestra emboscada para morir traicioneramente, cuando nos cita el desamor. Nada fuera del género humano había en Argelio y Guirnalda, ni en Agustín Arizabal y ella, ni entre mis abismos y yo. Pero no importan nuestras analogías, sino la suerte de Argelio Gómez en este relato.

Al llegar a la esquina fue sorprendido por los cuatro Arizabal que lo esperaban. Antes de poder llegar con su mano al puñal de plata que llevaba en la cintura, un certero puntazo le atravesó el corazón, e inmediatamente, los otros tres puñales de los restantes Arizabal sintieron la tibieza de la sangre maleva de Argelio Gómez. Cayó al piso desangrándose mientras con sus ojos buscaba el rostro de Guirnalda quien, lógicamente, no acudió a la cita.

La oficialidad radical cubrió la venganza, y pasaron horas hasta que el servicio fúnebre municipal recogió el cuerpo de la vereda ensangrentada. Algunos dicen que Argelio llegó a decir el nombre de su amada. Otros que solo profirió un soez insulto a sus asesinos. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que su último cigarrillo se apagó inmerso en el fluyo de su sangre.

Dos días después fue enterrado en el cementerio municipal del partido 4 de Junio (hoy Lanús). Se sabe que el tano Carmelo pidió –al cerrar el féretro- que le dejasen en su cintura el cuchillo de plata que –únicamente- había utilizado para asesinar a Agustín Arizabal. Algunos dicen que los sepultureros abrieron el cajón antes de enterrarlo y tomaron para sí el preciado cuchillo. Que lo sortearon a suerte entre ellos y que, Washington Taberna, un mulato uruguayo fue quien se lo adjudicó para entregarlo en un empeño poco tiempo después.

También el decir popular cuenta que Guirnalda Arévalo terminó sus días hundida en el alcohol que le fiaba el tano Carmelo, y alternando en la tanquería de Saenz y Ventana de Nueva Pompeya, donde hasta el día de su cierre, se narraba en noches de humo, gomina y tangos, la suerte del malevo.

Yo sigo creyendo que el error de Argelio Gómez fue haber tropezado con el abismo perpetuo del desamor y la traición. Algo que ni el más malevo sabe manejar, porque nadie nos ha enseñado eso.

lunes, 21 de junio de 2010

Los Límites de la Eternidad (narración)

21 de Junio de 1995.

El sueño fue muy profundo. No estoy acostumbrado a esta experiencia de amanecer como, si en vez de haber descansado, hubiera hecho un largo viaje durante la noche. Pero esta vez algo de eso sucedió. Aún no tengo la claridad de hablarlo abiertamente con nadie, no se sí alguien lo entendería, ni sí podría ser coherente mi explicación. Por eso escribiré lo que vaya recordando, aquellas imágenes y sensaciones que pueda poner en palabras, si es que las palabras existen para definir lo inexpresable. Entiendo por vez primera al apóstol cuando decía, después de haber sido arrebatado al cielo que “…oyó palabras inefables que no les es dado a los hombres expresar”. Algo de eso me sucedió, cosas que vi y cosas que –creo- escuché pero que no se como expresar, aunque yo no he sido arrebatado a ningún paraíso. Si ese hubiera sido ese el lugar donde fui no hubiera querido regresar, como quise huir constantemente de este donde fui llevado, no se porque fuerza extraña. Si por mi mismo o por algo que desconozco.

Nada fue diferente durante el día previo. Nada había leído, ni nada me había pasado que pudiera estimular a mi mente para generar este suceso. No hubo noticias diferentes a la de todos los días. Mi trabajo fue normal, con el mismo clima gris de la oficina. Nada en el correo que siempre busco con ansiedad, esperando recibir alguna noticia de mis hijos. Recalenté la comida del día anterior que a su vez era del día anterior y cené solo como la noche anterior, y como la noche anterior cuando cené por primera vez este plato recalentado que ahora pongo sobre mi mesa por tercera vez consecutiva. Lo único nuevo de esa noche fue el vino que tomé, el cual me regalaron mis compañeros de la oficina la semana pasada por cumplir 30 años ininterrumpidos en el mismo trabajo. Solo tomé dos vasos, ni siquiera era un buen vino. Un día gris, un trabajo gris, una cena gris, mi casa gris. Nada que presupusiera lo que me estaba por suceder. Bueno, sí algo diferente sucedió fue cuando mi vecina del 4º C me saludó con simpatía. Eso es raro si pienso en el odio que profeso por su histérico e insoportable perro y que ella conoce muy bien. En tres oportunidades he golpeado la pared cerca de las tres de la mañana, desvelado por los histriónicos ladridos de ese horrible chihuahua que tiene por mascota. Es verdad que ella vive sola como yo y que es muy atractiva, pero la sola presencia de ese inmundo ratón con ojos saltones, ha declinado en mi cualquier posibilidad de acercarme a ella para platicar siquiera. Pero que ella me saludara al llegar anoche a casa, no pudo tener ninguna incidencia en lo que me sucedió al dormirme (hablo de dormirme aunque no se si realmente fue eso lo que hice).

Me acosté en mi cama deshecha como lo hago cada noche -con excepción de los viernes, cuando Aurora viene a asear mi departamento- no sin antes sacudir las cenizas del último cigarrillo que fume la noche anterior. Puse el despertador a las 6,30am e intenté conciliar el sueño… lo que sucedió después es lo que intentaré escribir, no sin antes insistir en que no se si fue un sueño, un viaje, una visión o una pesadilla.

Pensaba en lo monótono de mis días cuando todo se puso negro. Oscuro, profundamente oscuro, como si flotara en una inmensidad más allá del espacio y el tiempo. Comenzaron a sucederse imágenes difusas, como rodeado de gases de colores, algo parecido a las primeras imágenes que el Hubble comenzó a enviar a la tierra el año pasado. Pero yo sabía que no era el espacio exterior, sino que tenía plena conciencia de que las cosas que me sucedían pasaban dentro mío. No se si en mi mente o en mi cuerpo, pero sí que era en mi interior.

El ritmo era lento, pausado. Nada sucedía aprisa. Es difícil explicarlo, pero tampoco era una cámara lenta, sino más bien parecido a los movimientos continuos y circulares del tai chi chuan. Nunca se detenían y era como si después de una forma de movimiento comenzara otra ininterrumpidamente. No me sentía tranquilo. Era una exploración hacia un mundo que desconocía y que –intuía- que no quería conocer. Creo que en realidad nadie quiere conocerse a si mismo de esta forma, desde su propia oscuridad, desde sus propias nebulosas que, aunque irradiaban colores bellos, eran profundamente desconocidas y perturbadoras.

A estas imágenes como del espacio exterior, comenzó a sumársele otra que parecía como seres caminando en un desierto de sal –yo había conocido los desiertos de sal en Bolivia, pero este era diferente-. Era raro, ni se como explicarlo, estaba yo en dos lugares y que era el mismo lugar simultáneamente. No se cuanto tardó en aparecer el primer sonido que fue algo así como el canto de una ballena. Luego sumose una única voz femenina, con una melodía que me resultaba familiar. Creo identificarla con algo que tuve en mente escribir cuando –siendo un joven músico- dirigía el coro de la capilla ortodoxa eslovaca, pero que sabía una perdida de tiempo pues era imposible encontrar una mujer que cantase en esa afinación. Ese sonido entibiaba mi pecho. Si bien yo no sentía mi cuerpo, la sensación de tibieza que percibí producto de esa voz, me tranquilizó profundamente. Luego se sumaron otros sonidos, pero no identificables con normales instrumentos tradicionales, sino con aquellos electroacústicos con los que me involucré a fines de los 70’. Todo fue cálido a partir de allí.

Cuando la imagen de los hombres caminando en un desierto de sal desapareció –no entendí su significado- emergió una imagen fantástica: un inmenso mar, cristalino como nunca hubiera visto en este mundo, se introdujo por mis ojos. No puedo explicarlo mejor, pero eso fue lo que sucedió. Era como que al verlo lo absorbía por mis ojos abiertos, como lágrimas que volvían a sus orígenes. Así lo percibí. No sentí que inundaba mi interior, sino que ingresaba por mis ojos. Nada más. También sentí que regresaban a donde pertenecían esas aguas cristalinas, ese mar inmenso. Sentí que recuperaba mi mar, un océano infinito (no encuentro un significado a esto que escribo, solo cuento lo que experimenté anoche).

Luego, en un pequeño punto de claridad, convergieron momentos de mi historia. Algunas cosas que recordaba y otras que no. Ahí recuperé la inquietud que sentí antes de aquella voz femenina que me hubiera tranquilizado al principio. Lo cierto es que en esa convergencia de mis historias no había ni juicio ni condena, pero me inquietaba saber que todo aquello no estaba en el olvido, sino que podía ver cada parte de mi historia como un presente constante. No como si esas cosas sucedieran nuevamente, sino como si nunca dejarían de suceder. Era como entender que el tiempo es constante, pero no el tiempo presente, sino el tiempo en sí. El pasado, el presente y el futuro, al menos en mi interior manifiesto anoche.

Entonces desde mis entrañas y desde mi boca, comenzó a brotar un color dorado lleno de transparencias que dirigía su camino hacia el punto de luz donde convergían mis historias (insisto en no entender lo que sucedía, ni como explicarlo. Solo detallo las imágenes que experimenté). Y lo que salía de mis entrañas y de mi boca era absorbido por ese punto de luz. Algo así como si todo lo que pudiera salir de mis entrañas o de mi boca, fueran ecos de mi historia y que eran devorados por ella. Como si desde mis entrañas y desde mi boca la historia se formara. Ahora que lo pienso, puede ser que eso quisiera decir en ese instante lo que me sucedía. No lo sé con claridad. Se que lo escrito tampoco es claro ¿Cómo poner en palabras lo inexpresable de esta experiencia? Tal vez haría bien en dejar de escribir y olvidar lo sucedido. Esto sería sencillo si todo hubiera terminado allí. Si no hubiera ocurrido el movimiento siguiente, la imagen siguiente, el sonido siguiente, la percepción siguiente.

Si bien no me veía a mi mismo, ahora sentía mi cuerpo plenamente. Entonces percibí en mi mano izquierda la sensación de tocar una piel amada. No porque lo hubiera hecho en el pasado, sino por todo lo que me transmitió el contacto. Lo que sentí fue más fuerte que lo que vi o escuché antes de ese instante. Como si hubiera tocado los pies de Dios. Pero no lo se, no se que fue, solo lo que sentí y que no puedo describir con palabras humanas. Estaba yo dentro mío, rodeado de imágenes y sonidos incomprensibles y sintiendo en mi mano el tacto de algo sublime, maravilloso, que se me ocurre llamar amor, aunque mi concepto de amor es muy inferior a lo que sentí a través de mi piel. Entonces el océano cristalino que había sido absorbido por mis ojos al principio, comenzó a brotar como si derramara en él mi alma. Lo sentía correr por mi pecho, tan tibio como el perdón que te libera de los pesados yugos de tu propia historia. Algo impensado estaba sucediendo. El mar que mis ojos habían absorbido, se formaba nuevamente ante mi. Un mar cristalino, un océano inmenso. Hasta donde podían ver mis ojos, todo era paz.

Seguidamente escuché una voz. Solo dijo mi nombre. ¿Vos de hombre o mujer? No lo se. Pero sonó tan inmensa como el espacio en el cual viajaba. No existían los límites de nada. Todo era inmensidad. Eterna inmensidad. Dijo mi nombre y sonó eterno, pleno de esa eternidad hacia atrás y hacia delante, desde un eterno pasado hacia un eterno futuro. Fue una sensación muy fuerte la cual sacudió mi ser. Esto me permitió entender que todo ser participa en la estructura del ser, pero que solo el hombre es inmediatamente conciente de esta estructura. Comprendí porque el mito y la poesía intentan superar esta limitación de nuestra función cognoscitiva ¡el hombre es el objeto más difícil de cuantos acomete el proceso cognoscitivo! La yoidad es, en última instancia, una verdad trágica emergente de una autoconciencia deformada por el ego-yo. Descubrí que no tenía límites. Yo no tenía límites. No era un accidente o una casualidad, soy desde la eternidad hacia atrás y soy de la eternidad hacia delante. Creo que la voz que dijo mi nombre lo dice eternamente y, por eso, eternamente existo. La palabra siempre tomó una dimensión impensada como realidad existente, más allá de lo ontológico. Nada sonaba sobrenatural porque lo natural sobrepasaba mi idea de lo supranatural. Lo ontológico era corporizado en aquella voz que pronunció mi nombre. Mi nombre eterno que no era Omar.

Entonces sentí un abrigo, un cobijo que erradicaba mis ansiedades. Y descubrí que existía de siempre más allá de mi ignorancia, de mi falta de percepción del mismo. Eso sobrepasó mi entendimiento. Era paz. Insisto, como si tocase los pies de Dios. No quería cambiar nada de lo que sucedía, pero a su vez sentí que ahora podía cambiar todo lo que me sucedía. Yo no estaba solo. Nunca lo había estado.

Antes de que sonara el despertador, los aullidos histéricos del perro de mi vecina me devolvieron al mundo de siempre, aunque ya no lo percibo igual. Si bien ya es mediodía y no fui a trabajar, supongo que hoy besaré a mi vecina, le compraré comida a su perrito, le daré un abrazo a mis compañeros de trabajo y luego me iré caminando tranquilo. Lejos, muy lejos, donde siempre quise ir.

miércoles, 16 de junio de 2010

Construcción en el desierto (narración)

No se cuanto de cierto hay en lo que habré de contar, pues la fiebre de esos días no me deja ver con claridad cuanto de visión y cuanto de realidad fueron estos sucesos. Tampoco se sí Elías Sandoval existe o si fue producto de mis alucinaciones. Pero lo cierto, irreductiblemente cierto, es que algo sucedió en estos días. La historia es algo así:

“Era Febrero de 1387 en la Ciudad de Dyeb en Egipto a 80km de Luxor, dueña de grandes misterios, tal como lo es su templo de 237 AC. Yacía yo descansando del agobiante calor de la tarde bajo la sombra de un níspero, a la espera de reencontrarme con un mercader moro que proveía a esta ciudad de aceites españoles. Si bien el aceite proveniente del Cairo era de excelente calidad, el oliva español era el preferido por la gente adinerada de Dyeb. Ese era mi negocio, proveer a los deseos de la gente adinerada de Dyeb. Lo que pidieran yo lo satisfacía, desde comestibles extranjeros, a exóticos perfumes, libros, armas o lo que una pequeña fortuna pudiera pagar. Yo también era un acaudalado en la ciudad y sabía darme los gustos en vida. El mayor de ellos era engrosar mi biblioteca con raros libros de mística cristiana-gnóstica que solía proveerme por medio de Mohamed. A pesar de que él era un mudalí, solía obtenerlos de sus conciudadanos mozárabes sin que eso pese a su fe; tal vez por la costumbre ya adquirida de verse como un sospechoso ante los árabes y los beréberes. Esto es, sin dudas, un vestigio que incluso a mi me hace sospechar de que Elías Sandoval, ahora llamado Mohamed Eljihas por su conversión al Islam, sea realmente quien dice ser. Tampoco es importante. Lo cierto es que luego de entregarme el esperado cargamento de aceite español, Mohamed Eljihas me invitó esta vez a ingresar a su jaima para fumar juntos en el narguile. Yo amo este tipo de ceremonia beduina, donde el arte de hospedar se celebra como un impostergable acto de la cultura del desierto. Por más que yo fuera copto, que él fuera mudalí y que me trajera literatura de los mozárabes, bajo el techo de su jaima y frente al narguile desaparecían las diferencias entre los hombres.

Esperaba yo que Mohamed aprovechase la intimidad de su tienda para develarme el nuevo libro que habría de adquirirle. Su tardanza me hizo sospechar. Lo veía excesivamente distendido, fuera de lo acostumbrado. Intuí que intentaba ablandarme con la ansiedad para lograr así un buen precio por el libro conseguido. Sus estrategias de excelente vendedor eran bien conocidas en la ciudad. Todos sabíamos que quintuplicaba sus ganancias apelando a la ansiedad del comprador y, aunque ese nunca fue mi caso, la ansiedad comenzaba a realizar su trabajo en mi. ¡Llevábamos dos horas de fumar el narguile y nada decía sobre el libro! Entonces tomé la iniciativa preguntándole cual libro habíame conseguido esta vez. El fijo su mirada en el techo de su jaima, aspiró el humo del tabaco que emanaba de la boquilla y dijo muy pausadamente:

-“Nada amigo. Esta vez nada traje para usted.”-
-“¿Nada?”- pregunté entre mi desazón e irritabilidad contenida.
-“Así es, querido amigo. Nada traje para usted, porque nada busqué para usted de esos libros que suele venerar en su biblioteca. Esta vez lo invito a mi jaima y comparto mi narguile porque quiero contarle una historia.”- me dijo sin inmutarse y desde una sorprendente cara de paz.
Me dijo –“Quiero contarle una historia secreta. Una visión que tuve en el desierto cuando, perdido uno de mis camellos que cargaba en mejor aceite para Dyeb, me extravié por espacio de tres días al salir solo en su búsqueda.”- Quería yo entonces sacar mi daga, réplica del cuchillo de Gebel el-Arak que el mismo Mohamed habíame vendido cuando nos conocimos, y cortarle su cuello. No me dio tiempo. Exhaló una profunda bocanada de humo del tabaco embebido en un sabor a manzanas que solía fumar Mohamed, y comenzó a narrarme la siguiente historia:

-“Estaba yo exhausto en la fría noche del desierto, ya sin esperanzas de encontrar al camello con el valioso cargamento, y con la sola idea de lograr sobrevivir, cuando me sobrevino un éxtasis al invocar a Alah, sea su nombre honrado, donde se me reveló la siguiente visión:

Vi en pleno desierto una construcción altísima. Era una casa sobre otra y otra y otra, que llegaba en su altura hasta las nubes del cielo. Cada ventana de cada piso era adornada con flores de distinto color según el piso ascendía. Veía en ellas extraños hombres que se asomaban y proferían palabras poéticas. Cada una de arriba continuando a la otra de abajo. Era como un poema sin fin que los hombres, varones y mujeres, formaban con palabras que desnudaban sus almas y la mía. Parecían inconexas, pero juntas formaban una historia. Una única historia. La construcción en el desierto de cada uno y de todos.

No se si era algún efecto emanado de la visión o si era un don que tuve en ese momento, pero escuché cada palabra, a pesar de la distancia elevada de la cual nacía la siguiente, con total claridad. Eran muchas palabras, eran muchos poemas y eran solo una palabra, solo un poema. Desconocía cada cosa que iba a decirse y luego de dicha, me pertenecía, yo era su autor. Eran palabras desde el alma de ellos que se transformaban –o lo eran de antes- en palabras de mi alma. Cada una de ellas me desvestían del peso de mi vida, y me vestían con luces resplandecientes. Sentía que me elevaba con ellas, que crecía con ellas. No eran mías y eran yo mismo. Algo difícil de explicar.

El poema terminaba en el último hombre de la última ventana, y volvía a comenzar en el primer hombre de la primera ventana. No cambiaban los hombres, no cambiaban las ventanas, no cambiaban las flores, pero cada poema era distinto y el mismo. Solo puedo definirlo como un poema infinito dicho por infinitos hombres, en infinitas ventanas con infinitas flores de infinitos colores. Yo sentía una paz desconocida. Algo me estaba pasando. No puedo expresar todo lo escuchado, en realidad, no puedo expresar nada de lo escuchado, ni transmitir las sensaciones experimentadas durante la visión. Solo ronda en mi mente, y aún resuena en mi oído, una única estrofa susurrada por una mujer extraña desde alguna de sus ventanas:

Los mares no resplandecen en el desierto
Más que como un espejismo inexistente
La construcción se troca en un abismo
Cuando se elevan innecesariamente
Las heridas de los hombres

Yo no buscaba un mar, solo sobrevivir esa noche. Pero entendí, en los dos primeros versos, que no debo esperar del desierto lo inexistente. Lo que el desierto no tiene para darme. Que comprar o vender mis propios espejismos solo corrompe el mundo. El mío y el de los demás.

Luego entendí en los tres últimos versos, que algo que se piensa para ser elevado puede resultar en un abismo, cuando se descarnan los hombres donde no hay justicia.

Pero la visión siguió. En realidad creo que fue una segunda visión dentro de la primera. Vi esta vez una construcción que no se elevaba hasta el cielo, sino que se hundía en la arena del desierto. Era similar a la primera, pero de ella no emergían poemas sino quejidos, insultos, blasfemias y traiciones. Ellos eran los reflejos de las heridas hechas públicas que fueron desencriptadas por la poesía. No se porque efecto de la visión (la visiones tienen cosas antinaturales e inexplicables) a pesar de que la construcción se hundía en la arena, podía ver yo cada uno de sus pisos, de sus ventanas, de sus hombres, de sus flores. No solo verlo podía, también escuchar cada palabra como cuando en la primera visión la construcción se elevaba hasta las nubes. Al igual que la primera vez, no puedo expresar todo lo escuchado, en realidad, no puedo expresar nada de lo escuchado, ni transmitir las sensaciones experimentadas durante la visión. Solo ronda en mi mente, y aún resuena en mi oído, una única estrofa susurrada por un hombre extraño desde alguna de sus ventanas:

Las heridas de los hombres
Cuando se elevan innecesariamente
La construcción se troca en un abismo
Más que como un espejismo inexistente
Los mares no resplandecen en el desierto

Es la misma frase que recuerdo oída desde arriba, y que ahora proviene desde el abismo al cual descendía la construcción. Eran las mismas palabras pero ahora inversas. Eran las mismas palabras pero que ahora sonaban como quejidos, insultos, blasfemias y traiciones. Eran las mismas voces y no lo eran. Algo que no puedo explicar había cambiado. No eran los hombres quienes cambiaron ni las voces. Intento creer que solo era el lugar cambiado desde el cual las decían. No lo se.

Esta vez entendí por los tres primeros versos, que antes fueron los últimos, que los hombres tienen heridas que cuando se exponen innecesariamente en la poesía hunden lo construido en el peor abismo de sus miserias. Y entendí también por los dos últimos versos, que antes habían sido los primeros, que los mares son espejismos inexistentes que resplandecen en los desiertos, ya sea por la angustia del desierto o por la soledad que nos dilapida la vida.

Amanecí con vida en la mañana, cuando me despertó el paso del camello perdido que se acercaba a mi. Ya no me importaba la mercancía, ni la vida del camello y, tal vez, tampoco la mía”.

Mohamed terminó así su relato. Cuando exhaló su última y profunda bocanada de humo del tabaco embebido en un sabor a manzanas que solía fumar, tome mi cuchillo y se lo hundí en su garganta. A mi tampoco me interesaba su vida.

Luego me atacó la fiebre. Cuando sobreviví a ella, me contaron que durante mi enfermedad vino Mohamed a visitarme trayéndome un libro, y que se fue porque no pudo negociar el precio por mi estado febril. Otros me dicen que mi cuchillo, réplica del cuchillo de Gebel el-Arak que el mismo Mohamed habíame vendido cuando nos conocimos, estaba manchado de sangre y que nadie supo donde estaba Mohamed. Otros creen que nunca existió.

Dedicado a Aníbal Alexandrescu, quien suele disfrutar mis narraciones viajando en ellas.

martes, 15 de junio de 2010

Una canción (narración)

Siempre te recuerdo. A veces pasa algún tiempo, pero recurrentemente siempre… siempre, tu imagen aparece en mis días. Pero lo de hoy fue un flash. Viajaba en el tren de Constitución a Quilmes y, como siempre lo hago, iba sentado en la puerta con mis pies en los escalones, no porque el tren estuviera lleno, sino por esa cosa adolescente que conservo a mis cincuenta y pico, que no “queda” con un profesor de teología, pero que me importa un rábano. Iba pensando en nada y de esa misma nada emergió nuestra canción. Hacia años, si años que no la recordaba y décadas que no la cantaba. En un instante dejé de ver el paisaje que tanto disfruto desde la puerta del tren, y apareció tu rostro y tu voz entonando aquella canción que nos identificaba, que hicimos nuestra.

Estabas como suelo recordarte, cara de niña que dejaba de serlo, ojos amados y expresivos, tu cabellera castaña y lacia, los aros de siempre, tu vestido de hilo marrón y toda la frescura que emanabas.

En el tren sentí como cuando me tomabas del brazo y caminábamos por el medio de la calle cantándola a viva voz. Recuerdo que nadie osaba ponerse delante nuestro cuando transitábamos unidos cantándola en las calles del centro de Buenos Aires. Nunca nosotros solos, éramos miles, siempre miles que la cantábamos. No era moda, era convicción de jóvenes que soñábamos. Cantábamos muchas otras, pero esa era la nuestra.

Recordé especialmente una ocasión en que, mientras la cantábamos, te observé de una forma especial ¡Como brillabas ese día! Vos no te diste cuenta que yo había dejado de cantar solo para mirarte. Fue aquél día que, yo con mis 16 y vos con tus 18, conocimos juntos por primera vez las caricias sin secretos, nuestros cuerpos por primera vez desnudos y el deseo de prolongarnos hasta el amanecer ¿te acordás? ¿será por eso que ese día estabas especialmente bella para mi…? Aquél descubrimiento mutuo y primerizo para ambos, que disfrutamos tantas veces más en los tres meses que nos permitieron estar juntos.

Recordé cuando te conocí en aquél BaRock de 1974. Amigos en común nos presentaron y nos dimos un beso cuando Color Humano tocaba “Larga vida al Sol” ¿te acordás? Ese día no pasó mucho más que eso entre nosotros, hasta que nos reencontramos en Diciembre del 75’. Mes de nuestra revolución solíamos decir para reírnos o besarnos.

Luego nos cubrió la oscuridad. Solo tres meses juntos. El tiempo se tornó destructivo… nada más supe de vos.

Cuando llegué a la estación de Quilmes, junto a cientos de personas que bajaban del tren, cierta mezcla de inquietud, emoción y nostalgia me invadieron. Pensaba en vos y en nuestra canción que trajo tu imagen a mi mente. Sentí en medio de ese mar de gente, la inmensa soledad de tu ausencia. De tu desgarradora ausencia…

Recordé cuando hace unos años, hablando a los jóvenes estudiantes en Princeton, te imaginaba sentada en primera fila junto a mi esposa, disfrutando tanto como ella, esta oportunidad que me daba la historia de hablar de tu historia, nuestra historia, la de tantos argentinos que como vos, fueron acallados brutalmente porque solo cantaban ideales, utópicos ideales. Por supuesto que nada le dije a mi esposa de lo que sentí por vos en ese momento, ni que te imaginaba sentada a su lado. Algo de pudor debo haber sentido o, tal vez, miedo de no ser comprendido en toda su dimensión. Pero ese día sentí pensando en vos, lo mismo que hoy en ese mar de gente en la Estación de Quilmes. Esa emoción de saber que disfrutarías escucharme….

Nuestra canción era solo eso. Una canción. No era ni un arma, ni una declaración de guerra. ¡Nos reíamos cuando la cantábamos porque hasta nos resultaba sonsa! ¿A que mente idiota se le podría ocurrir que dos adolescentes que se amaban, hicieran de esa consigna el lev motiv de sus vidas? Para nosotros era una canción de amor porque la aprendimos juntos. Porque la cantábamos juntos. Porque nos reíamos cantándola. Porque íbamos del brazo cantándola. Porque amábamos sentirnos juntos en un proceso de cambios que creíamos imparables.

No se donde estás. Sé que no estás. Sé que no tengo forma de contarte lo que hoy me pasó….. pero igual te cuento: me detuve en medio de esa marea humana en el hall de la Estación y canté en tu honor, en honor de nuestro amor adolescente, aquella canción. Nuestra canción.


♫ Con los huesos de Aramburu, ♪ con los huesos de Aramburu, ♫ vamo’ hace’ una escalera, ♪ vamo’ hace’ una escalera, ♫ pa’ que baje desde el cielo, ♪ nuestra Evita montonera ♫

Y emocionados y riéndonos, nos fuimos caminando juntos por la peatonal, del brazo y, como antes, nadie osó ponerse delante nuestro.

Rupturas (narración)

Me están sucediendo cosas de viejo. Esto de despertarme solo a las 5am y con ganas de tomar mates, nunca se me hubiera ocurrido. Pero me está sucediendo. No es feo. En realidad lo disfruto, un rato a solas sin nada premeditado para hacer. Varias veces aproveche, entre mate y mate, para leer la Biblia; algunas veces un viejo libro de psicología de grupo; otra vez releí algo de Borges, y hoy, hace un rato, solo una revista de publicidad local donde te ofrecen desde arreglar tu mosquitero hasta aplicar láser a tu vista. En medio de esa actividad tan poco espiritual, académica o artística, me sucedió algo inesperado.

Mientras tenía mi vista dirigida a un aviso de no recuerdo que servicio, percibí algo diferente a mi lado. Levanté la vista y vi a Dios sentado a mi misma mesa. –“Vengo a tomarme unos mates con vos ¿me invitás?”- me dijo sin más. Lo miré a los ojos y exclamé sorprendido –“Guau, en realidad sos argentino”- a lo que me respondió -“No sé si tanto. La verdad es que me siento más bien rioplatense”- Eso me jodió un poco, porque yo soy rioplatense y Dios debe ser más abierto que yo… pero no se lo dije… en realidad no me dio tiempo ya que acto seguido me dice –“Está bueno esto de que te levantes temprano para estar tranqui. Yo que nunca he dormido, me parece una pérdida de tiempo no disfrutar de esta posibilidad de estar despierto”-, -“¿Qué, vos nunca dormís? ¿Una eternidad para atrás y para adelante sin dormir jamás”- le largué directamente. –“Y si. Soy Dios. Antes de crear al hombre solía descansar, por lo menos el séptimo día me lo tomaba free. Nadie me jodía. Ahora es imposible. Desde que ustedes me invocan yo estoy ahí, escuchando, haciendo lo que sé que necesitan y esas yerbas que, como Dios, me tocan hacer. Pero como hoy amaneciste temprano y nadie me metía presión, aproveché y me vine a tomar unos verdes con vos. Amargos por favor. Pero sé que tengo solo un rato, unos ocho minutos. Esto de ser Dios es full time, mucho más full time que tu trabajo”-

Me sentí un privilegiado. Tener la oportunidad de tomar unos mates con él es un lujo, así que no iba a desperdiciar la oportunidad y, en menos de un segundo, pensé cual sería mi primera pregunta face to face con Dios. No me dio tiempo. Me puso su mano izquierda en el hombro y me dijo –“Contame como estás”- Por supuesto no era de lo que yo quería hablar con él. Lo que tenía en mente eran cuestiones teológicas que me dan vueltas por la cabeza hace décadas. Pero ¿Quién puede esquivar una conversación así, tan íntima con el creador? yo no. Insisto en que hubiera preferido ser yo quien preguntara, pero me ganó de mano y soy un caballero, así que como nobleza obliga, intenté bosquejar una rápida respuesta para después tener la posibilidad de ser yo quien pregunte. Dos veces no me iba a dejar joder por la rapidez divina. Iluso de mi, él es mucho más rápido que yo.

Solo se quedó ocho minutos conmigo, sin decir más nada, solo escuchándome. A mi me pareció infinito, pero no por lo denso, sino por todo lo que pude largar. No se como lo hizo, pero en ocho minutos, solo en ocho, le dije todo. Pienso en esto y se que algo extraño pasó, ya que solo recordar lo dicho me lleva muchísimo tiempo, horas o tal vez días.

Me sentí medio gil, por eso de hablar cosas mías que él sabe al dedillo. Pero ahora, al repensar todo lo que dije, me dí cuenta del especial hincapié que hice en mis rupturas. De todas las que hice en el pasado, de la que estoy haciendo ahora, y de la que no me animo a hacer. ¡Esta puta cobardía! exclamé un par de veces sin solemnidades ni culpas.

-“Bueno Pibe, entonces ya sabes que hacer”- me dijo, con una sonrisa de quien sabe la respuesta que yo se. Tomó el último sorbo de mate, me acarició la cabeza con la misma mano que mantuvo todo el tiempo sobre mi hombro y se fue.

Me gustaría escribir todo lo que dije, pero no sirve documentar las rupturas. Te puede confundir con un héroe si alguien las lee, cuando en realidad solo son opciones de honestidad. Solo con uno mismo.

El Libro de la Revelación del Ser (narración)

Cuando escuches esta historia, tal vez pienses que ya la conoces. Es natural, es una historia sobre hombres profanos, y tu eres uno de ellos si fuiste llamado a leer este texto. En sí mismo no arrojará luz a tu vida, en realidad, tal vez sume desconcierto. Pero soy yo el que no debo dejar de narrártela, a pesar de que seas tu quien pague el precio de su lectura. A mi no me cuesta escribirla. Es natural que tú la leas, tanto como que yo la escriba. Fuiste llamado para lo primero, yo para lo segundo. Aunque en este momento no hay diferencias entre nosotros, sí las habrá después, pues yo seguiré caminado, mientras tú quedes encarcelado en el texto que nunca dejarás de leer. Yo lo escribiré una sola vez. Tú lo leerás infinita cantidad de veces. Una eterna cantidad de veces, aunque ni aún así lo sabrás de memoria, ni comprenderás en toda su dimensión.

La historia se remonta a un lugar sin tiempos, a hombres sin tiempo y, aún así no es leyenda, ciencia ficción o un simple relato inventado por mi. Es una realidad. Yo, también desde infinitos tiempos en el pasado, vengo escribiendo esta historia, la escribo en este presente también infinito, y no dejaré de hacerlo en el futuro sin límite. Esta historia que harás tuya, nunca dejará de ser. No creo que estés preparado para leerla. Nunca lo estoy para escribirla y, a pesar de las infinitas veces que lo hice, nunca recuerdo como empezarla y tampoco su fin.

Todos los hombres están comprendidos en la inmensa muchedumbre de la cual haré referencia. Varones y mujeres, niños y ancianos, esclavos y libertos. Nadie excede ni antecede al texto, como tampoco nadie puede saciarse o no calmar su sed ante el. No temas. Aunque creerás fue escrito para ti, no te pertenece una sola de sus palabras, ninguna de ellas hace referencia explícita a tu persona. Ni mencionaré libros antiguos o nuevos que se hayan escrito, Tampoco haré referencia a libros o textos que pudieran aparecer en el futuro. Todo lo que aparecerá escrito en el futuro, fuera de este texto, será simple polvo. Nada. Y cuando termines de leerlo, volverás a comenzar desde la primera palabra, en forma tan infinita, como infinita es la latencia del sonido que conoces, pero que nunca llegas a escuchar.

Así comienza la historia…….. (debes leerlo, siempre, con voz histriónica de maestra jardinera)

Había una vez un lobito, que había perdido su manada. Aullaba y aullaba, noche y día. Día y noche. Pero nadie lo escuchaba. Ya agotadas sus fuerzas, se preguntó –“¿para qué seguir aullando si nadie me escucha?”- -“¿para qué seguir perdido si nadie me encuentra?- Entonces decidió subir a la cima de una montaña y aullar por última vez. Cuando llegó a lo alto, a lo más alto que cualquier lobito había llegado, se sentó a descansar parra recuperar fuerzas y aullar con todo su aliento lobuno. Pero se quedó dormido y soñó este sueño:

“Era Abril, el tiempo de la cosecha de la miel en el valle donde había nacido el lobito. En los manantiales, como aún no había llegado el invierno, todavía fluían sus aguas con todo vigor. Quedaban muchas flores que poblaban de colores el lugar, y alguna que otra mariposa sobrevolaba en el aire sereno de las mañanas de sol. Incluso, como el verano había sido muy lindo, podían encontrarse frutos en los árboles. Rojas manzanas, naranjas naranjas, negros higos y toda clase de frutos sabrosos. De esos que usaban hace mucho tiempo las abuelas para hacer tortas ricas. Algunas vacas lechera alimentaban a sus terneros con una sonrisa en la boca. Ambos sonreían, las vacas y los terneros. Hasta el toro que siempre parecía enojado, movía la cola de un lado para el otro contento como un perrito.

Como el lugar estaba muy… muy lejos del pueblo, no había hombres ni mujeres ni niños en el lugar. Bueno, no había muchos, había uno, un niño. Estaba vestido con un pantalón azul y una camisa roja con lunares blancos. Tenía sandalias de tela y un sombrerito de paja que le quedaba muy risueño ¡hasta le quedaba cómica la flor que llevaba en su boca! El niño se acercó hasta el lobito, que aún estaba dormido, y con mucha suavidad lo tocó con el palo que llevaba en su mano para defenderse de los lobos grandes. ¡El lobito estaba tan dormido que no se daba ni cuenta! Entonces se agachó y le gritó en el oído al lobito:

-“¡Ey lobito dormilón! ¡Despertaaaaate! Este de un salto, muy sobresaltado, se paró en sus cuatro patas. Tenía mucho miedo del palo ahuyenta lobos grandes que el niño llevaba en su mano. Pero inmediatamente el niño sacó el último trozo de pan que quedaba en el bolsillo de su pantalón azul, y se lo dio al lobito. Luego el niño lo acarició con mucha ternura y le dijo: -“No me tengas miedo lobito, soy un niño como tu. También me he perdido y extraño a mi mamá como tú extrañas a la tuya. ¿Qué te parece si vamos juntos a buscarlas? El lobito se puso tan contento que ni le importó su hambre ni el pedacito de pan que el niño le convidaba. Inmediatamente comenzaron a caminar hacia el sur, hasta cerquita del arroyo. Pronto se dieron cuenta que ese no era el camino correcto. Entonces caminaron juntos hacia el oeste, hasta la roca grande. Como antes, no tardaron en darse cuenta que equivocaban otra vez el camino. Aunque el hecho de caminar juntos los divertía. Estaban aprendiendo a caminar juntos y eso siempre es divertido ¡Tener un compañero cuando estoy perdido! Aunque mi compañero sea tan diferente a mi, como diferentes eran este lobito y el niño. Entonces decidieron caminar hacia el sur, hasta donde estaba el más recontrarequetesuperviejísimo árbol del valle. Pero justo cuando estaban llegando cerca de este recontrarequetesuperviejísimo árbol, el lobito recordó que su madre le había recomendado que nunca llegase cerca del recontrarequetesuperviejísimo árbol porque allí nomás, cerquita de el, estaba el pueblo de los hombres con palos ahuyenta lobos. No supo que hacer el lobito mientras veía a su nuevo amiguito seguir caminando entusiasmado. El niño, al darse cuenta del titubeo del lobito, lo animó a no perder el ritmo. Pero cuando vio que no quería avanzar le preguntó: -“¿Por qué te detienes justo ahora que reconozco el camino a mi casa?”-. El lobito, sin ánimo de ofenderlo, le dijo –“Porque mi mamá me dijo que allí viven los hombre con palos ahuyenta lobos”- -“Claro”- le dijo el niño –“mi padre es uno de ellos, el mejor de los papás del mundo”- Se miraron a los ojos y se hizo un profundo silencio. Pero entonces el niño volvió a hablar y dijo –“Que lindo ¡hemos encontrado a nuestras familias! Si para allá queda mi casa, la tuya debe quedar para el otro lado. Acá cerquita”- Se pusieron muy contentos por el descubrimiento, Saltaron de alegría un ratito largo. Hasta que se cansaron. Entonces se dieron un abrazo y cada uno fue por donde sabía que estaba su felicidad. Por supuesto comieron cada uno la mitad del pedacito de pan que tenía el niño, el que le había ofrecido al lobito cuando lo encontró y que este por el susto olvidó comer. Lo comieron todo, sin dejar una miguita. No sea cosa que al llegar muertos de hambre a casa, sus papás se enojaran con sus hijos perdidos. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado”.

¿Terminaste? ¿Lo leíste? ¿Cambiaste? ¿No? Entonces debes comenzar nuevamente, hasta que logres volver a disfrutar como un niño el cuento de la voz histriónica de su maestra jardinera

Dedicado a Soraya Furfaro, la mejor contadora de cuentos infantiles.

Anoche (narración)

Era el último cigarrillo de la noche. Lo había jurado. No había porqué seguir suicidándome más. Cerré el libro de Hesse que releía por enésima vez en mi vida y no me ayudaba identificarme con el nuevamente.

Bebí lo que quedaba de ginebra en mi vaso, mientras terminaba de escuchar el tango Soledad por quinta vez, y me dispuse a ir a dormir. La noche se cortaba por su espesura. No era una noche más, tenía sabor a última. Mientras mi reloj marcaba las 1,05am, no se porque encendí el televisor de mi habitación. Lo encendí al azar e imprevistamente –no había escuchado publicidad alguna en esos días- estaban proyectando la Hora del Lobo. Esa película de Bergman donde los dibujos escalofriantes del personaje tomaron vida y lo asesinaron. Solo su mujer, que lo amaba profundamente, pudo verlos y trataba de explicarle al inspector de policía que esos dibujos eran reales para ella porque lo amaba a él.

Y me colgué pensando en la profundidad de algunos amores enfermos. Me descubrí descubriendo los míos. No soy dibujante, pero muchas cosas inexistentes me acorralaban anoche y recordaba lo último que había leído del Lobo Estepario. El diálogo que mantuviera con la camarera del salón bailable:

-¿Me permite? pregunté y me senté junto a ella.

-Naturalmente que te permito- dijo- ¿Quién eres tu que no te conozco?-

-Gracias- dije – me es imposible ir a casa, no puedo, no puedo, quiero quedarme aquí, si usted es tan amable. No, no puedo volver a casa-

-Quédate aquí- me dijo con una voz que me hizo bien- ¿Por qué es por lo que no puedes volver a tu casa?-

-No puedo. En casa me espera algo… no puedo, no puedo; es demasiado terrible- dije

-Entonces déjalo estar y quédate aquí…….- dijo ella (decía el diálogo algo más que no recuerdo…)

-Quizá, amigo, pudiera decirte yo lo que en tu casa te espera y de lo cual tienes tanto miedo. Pero tu lo sabes también, no tenemos necesidad de hablar de ello ¿no es eso? ¡Pamplinas! O uno se ahorca, bueno, entonces se ahorca uno desde luego, será porque tenga un motivo. O vive uno, y entonces no tiene más que ocuparse que de la vida. No hay nada más sencillo- dijo ella.

-¡Oh!- exclamé – Si eso fuera tan sencillo… Yo me he ocupado bastante de mi vida y no ha servido de nada. Ahorcarse es tal vez difícil, no lo sé. Pero vivir es mucho, muchísimo más difícil-

El Lobo Estepario, desde su dolor hablaba con razón y yo dormí igual.

lunes, 14 de junio de 2010

Saltar el límite (narración)

En el género humano, la exclusión es un hecho cotidiano desde que el hombre es hombre. Hoy nada ha cambiado esto. Somos exclusivistas y excluyentes. Por más que hablemos de progresismo, humanismo o postmodernidad, siempre buscamos estar con pares y, muchas veces, hasta por ahí nomás.

Pero la rama más terrible de la exclusión ya no es solo la colectiva. La más terrible y despiadada, es aquella que se genera desde uno mismo, excluyendo desde uno mismo al otro que me ama. Es terrible porque no lo excluye porque sea diferente, sino porque no estamos dispuestos a estar desnudos frente a ese otro. Permitir que me vea tal cual soy, desprovisto de trincheras y escudos que me dibujan una falsa personalidad. Una identidad para no ser. La gente no se banca el amor. Exponer sus debilidades ante el. Tiene miedo. Se paraliza ante el amor verdadero. Cree que el precio es demasiado grande. Creen que, de seguro, fracasarán. O, peor aún, que es una mentira imposible de sostener. Y así transitan la vida, frustrados, casi visceralmente alejados de darse cualquier posibilidad de ser felices. Yo lo sé. He sido así. Un hombre lleno de escudos y con trincheras provistas a cada paso. Jamás dispuesto a pasar el límite. Alguna vez, cuando lo hice, el terror me hizo retroceder. Era un necio.

Pensé irremediable ese destino, como intransitable un camino diferente. Estaba acostumbrado a sobrevivir de este lado y, cuando recibía una invitación para cambiar, el pánico me dejaba tieso. Me descubría catatónico ante una insinuación de amor que no podía dar por tierra, que no podía repeler…. en uno de esos días de batallas internas me encontré con mi padre. Es la única vez que no lo recuerdo en estado de ebriedad. Todos decían que en su lucidez era insuperable. Que uno podía hablar con él de cualquier cosa, y encontrar respuestas. Esa no era mi experiencia. Más bien, mi experiencia era todo lo contrario.

Su rostro era diferente ese día, algo parecido a lo que contaban aquellos que habían tenido trato con él en sus momentos de sobriedad. Entró en mi habitación –estaba yo acostado- y sin mediar palabras se sentó en mi cama y comenzó a rascarme la espalda como cuando era un niño. Mi madre entró en ese momento y, ante la inesperada escena, se retiró de mi cuarto. Ellos no se hablaban hacía ya tiempo. Yo tampoco le hablaba hacía 8 años. Pero él sí habló esa noche. Habló mientras yo seguía mirando para otro lado, no se si por sorpresa, o porque quería no romper ese regalo que estaba recibiendo. Tal vez porque me sentía más seguro en mi trinchera.

No sé que pasó esa noche, pero algo se rompió…. un escudo o tal vez mi soberbia, o mis miedos.

Primero me contó un cuento infantil. No entendía porqué lo hacía, pero lo escuché. Hoy sé que lavaba las afrentas de la distancia. Del tiempo que había perdido, del tiempo de no querer ser papá. El necesitaba encontrarme como hijo, para descubrirse, tal vez, como padre. Aún no sé porqué solo lo hizo conmigo. No sé porque no lo hizo con mis dos hermanos, o incluso con mi vieja. Nunca tendré esa respuesta, tampoco me pesa.

Después del cuento, dejó de rascarme la espalda y comenzó a acariciarme la cabeza. Nunca había sentido esa dulzura. Eso me pudo, me aflojó el alma. Ya no me pregunté que le pasaba, sino que me permití disfrutar el momento. Pero ahí comenzó a hablar. Ya no solo a contar un cuento y hablar, sino a hablarme a mi. Me contó que ese día estaba decidido a cruzar un límite autoimpuesto en el dolor de su pasado. Yo tenía 21 años y poco perdón para él en mi vida. Realmente hacía pocos meses que había comenzado a experimentar el perdón hacia mi mismo. A no echarle la culpa a los demás. A hacerme cargo de mis errores. A cruzar del otro lado y ser diferente. A dejar mis otros dioses como el rencor, la música o el reviente escénico de la vida que me había autoimpuesto. Y mi viejo me decía que venía esa noche para ayudarme a cruzar este otro límite. El de nuestra distancia. No sé todo lo que dijo, solo sé que pensé en él en términos de papá por primera vez desde los 9 años. Que toda mi dureza hacia él quedaba en el pasado, pero no sepultada en el pasado, sino inexistente. Hacía poco que yo era un hombre nuevo, y pude sentir que me acariciaba la cabeza un papá nuevo también. Yo no hablé. Nada le dije. Solo lo perdoné a él como me había perdonado a mi mismo pocos meses atrás.

Fue la madrugada del 7 de Julio de 1979. Al levantarme –era un sábado- recibí un telegrama de Italia, diciéndome que había muerto mi viejo. Justo a la misma hora que yo lo perdonaba y me reconciliaba con él.

El Tesoro de los Césares (narración)

Era imposible disipar la bruma que cubría el puerto. Igualmente decidimos amarrar. Llevábamos 75 días de navegar y sin mujeres a bordo. El capitán usó de toda su pericia y fue una maniobra perfecta. Ni siquiera arreglamos nuestros camarotes antes de bajar, pues necesitábamos imperiosamente ir por unos tragos y una mujer que, para ese entonces, cualquiera nos resultaría apropiada.

La travesía había sido larga y tormentosa. Algunos marineros murieron en el transcurso y, siempre, tuve que decir las últimas palabras. No se porque el capitán se empeñaba en darme la orden de que lo hiciera, pues ninguno de ellos era mi amigo, pues un pirata carece de ellos. De los 52 tripulantes que había en la Nave “Hija de Tormentas”, con nadie me había peleado gracias a la distancia que siempre mantuve con la tripulación, y por mi fama de hombre sabio. Pero varios tuvieron problemas entre sí. En una oportunidad el contramaestre había desvainado su espada con toda la intención de terminar con otro marinero, y fue el capitán quien tuvo que intervenir para que no sucediera. Igual siempre se hizo justicia y los pendencieros terminaban sus vidas a bordo. Nunca supe de que mueren, ni pregunto. Era la justicia que se respiraba sobre la “Hija de Tormentas”. Se vivía una mística cargada de magia, enmarcada en un ámbito de fidelidad, que solo los pendencieros quebrantaban con su presencia. Fue justa la muerte del último de ellos, siete días antes de arribar a puerto. Nadie tenía derecho de quebrantar el espíritu de la tripulación de nuestro bello barco. Esta era una nave hecha en Inglaterra que, anteriormente, fue usada como barco corsario para beneficio de la reina de Holanda, Ahora, desde hacía ya tres años, fue nuestra nave pirata, con la cual vivimos momentos de violencia desmedida, cada vez que abordábamos otra nave para quitarle sus tesoros y hundirla en el océano. Pero a esa violencia la seguía una fiesta llena de alegría, canciones y mucho ron “Alexandrescu” que guardábamos celosamente en nuestra bodega.

En uno de aquellos abordajes, esto fue durante este último viaje, me quedé en secreto con parte del botín. No sabía que era. Pero esa pequeña caja de madera me había llamado poderosamente la atención, tanto que la escondí celosamente de la mirada de los otros marineros. Cuando llegamos a este nuevo puerto que yo desconocía, decidí no bajar inmediatamente de la “Hija de Tormentas” para que, una vez solo a bordo, pudiera abrir el pequeño cofre y ver su interior. Fue fácil, no tenía demasiada perfección su cerrojo. Un poco de fuerza con mi cuchillo y cedió su cerradura. Ahora entiendo mi error. Ahora que estoy abandonado en esta isla desierta, comprendo que mi avaricia me había llevado a la ruina.

Yo había nacido en una buena familia que trabajaba en la corte del Reinado de Portugal. Tuve la oportunidad de ser instruido en diferentes artes desde niño. Era el único, junto al capitán de la “Hija de Tormentas” que sabía leer y escribir. Si bien no me faltaba nada de seguridad en el ámbito familiar dentro de la corte, siempre fui inquieto. No fácil de acomodarse a los protocolos reales y, mucho menos, a la política de los cortesanos. Así que un día me marché en silencio y jamás regresé. Me parecía más interesante viajar por los océanos robando naves para mi propio beneficio, que tener un alto rango en la administración o en las artes de una corte real. Siempre me decía –“No he nacido para ello”- Por eso me sentí libre cuando abandoné la corte, a mi familia y abordé la “Hija de Tormentas” por primera vez, hace ya tres años.

Abierto el pequeño cofre, sentí una enorme desilusión cuando descubrí en su interior solo un pequeño pergamino escrito en ambas caras. No estaba escrito ni en portugués, idioma de mi crianza, ni en inglés, lenguaje obligado de la “Hija de Tormentas”, sino en italiano. Algo sabía de ese idioma, porque en mis días de cortesano la ópera se cantaba únicamente en italiano, y yo también había sido instruido en la música y compuesto una absurda ópera infantil por orden real. Como también fui instruido en historia, reconocí inmediatamente que el pergamino hacía referencia a los tres Césares más poderosos de Roma: Cayo Julio César, Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso. Sabía que ellos habían pactado el Primer Triunvirato de la República, y que su poder no tuvo niveles antecesores ni predecesores tan altos en toda la historia conocida. Ellos conquistaron cuanto se habían propuesto. Todo lo conocido llegó a estar bajo su dominio. Pero comenzar a leerlo me causó aun mayor desilusión porque en nada podía interesarme, ahora que llevaba tres años como pirata, hechos históricos escritos en un pergamino que me parecían sin importancia. Pero, como buen pirata me impactó el título con el cual era encabezado el primer párrafo luego de la introducción; éste decía “Il tesoro segreto dei Cesari” ¡Un tesoro secreto de estos tres hombres podía ser más importante que lo transportado por todas las naves que ya habíamos hundido y por las que pudiéramos hundir en el futuro! Comenzó a correr el sudor por mi frente. Me puse nervioso. Revisé, una vez más, que realmente estuviera solo a boro de la “Hija de Tormentas”. Lo estaba. Acerqué la lámpara de aceite al pergamino y continué la lectura.

“Il tesoro segreto dei Cesari” daba cuentas de cómo éstos habían obtenido tanto poder para lograr aquellas conquistas insuperables. A medida que avanzaba mi lectura, más perplejo me hallaba, ya que tamaño poder emergía de tres palabras secretas que cualquier ser humano podría decir y convertirse en el más poderoso de la tierra. Idiota de mi cuando me puse de pié y las dije. Me envolvió un torbellino, un viento frío y arremolinado a mi alrededor. El vértigo me obligó a cerrar los ojos. El pergamino cayó de mi mano y, no se si en un instante o después de un viaje infinito, caí de bruces al suelo. Nunca tendría que haber dicho esas palabras. Nunca debí abrir ese cofre. Nunca debí robarlo. Hubiera dado mi vida por estar pasado de tragos con alguna mujerzuela al igual que mis compañeros. Pero estaba ahí solo, evidenciando un poder que no me pertenecía y que blandía una espada sobre mi cabeza dispuesta a destruirme. Era el poder de los Césares, e iluso de mi, pensé que podía poseerlo. Era la espada de los tres hombres más sanguinarios de la historia humana, la herramienta de sus atrocidades, imposible para un hombre como yo que solo era pirata por elección.

En medio de un poderoso aturdimiento, como si el plano de una pesada espada hubiera impactado de lleno en mi cabeza, sentí una oscura vos que decía: -“Tienes solo dos opciones. O aceptas este poder que se te concede por haber dicho lo que no debías, o quedarás confinado en una isla desierta para que nadie, por tu medio, acceda a este poder”- Elegí esta última opción. Yo podía ser un pirata que robase tesoros junto a los demás tripulantes de la “Hija de Tormentas”, pero me traicionaría a mi mismo si por avaricia destruiría pueblo enteros. Si bajo mi mano el hambre asesinaría a niños, mujeres y ancianos, por el simple hecho de la codicia desmedida. Y es que con el poder no se puede tener una codicia medida. Siempre hay más por conquistar y uno lo hace por avaricia no por necesidad. El poder destruye al poderoso en primer lugar, porque lo corrompe, lo deshumaniza. Y yo, como cualquier pirata, solo quería ser feliz.

Perdí noción de los días o meses que llevo aquí, en esta isla desconocida. Miro a diario el horizonte pensando que la “Hija de Tormentas” podría pasar cerca. Se que no. Era parte de las dos opciones. A veces me arrepiento de la opción elegida. Hoy no soy ni poderoso, ni feliz, ni pirata; lo perdí todo y he sido deshumanizado. Ese es siempre el fin del poder.

Los Iluminados (narración)

-“¡Tienes que cambiar tus hábitos alimenticios! ¡Sino te vas a morir joven como tu tío!”- dijo mi madre. –“¿Cambiar ahora mis hábitos alimenticios? ¡Si fuiste tu la que me los pasó! ¡carne! ¡carne! carne de vaca, carne de pollo, carne de cerdo, carne de hombres, carne de dioses, ¡siempre carne!”- y esa era mi verdad, así me había educado, así me había preparado para ocupar el cargo que hoy ocupo. Por algo tengo esta inteligencia superior que me caracteriza y diferencia de los demás. Por eso puedo saber todo lo que se, mucho más que el resto de quienes me rodean. Por eso mi liderazgo nunca es discutido. Por eso poseo esta tierra, porque soy el único que la merece.

Soy Don Adalberto Ruiz de Piñeiro, soberano de estas tierras. Merecedor de honras humanas y divinas. Conocedor de secretos que ha nadie revelo, porque nadie puede entender. He tenido revelaciones sublimes sobre mi misión en esta vida y en la futura. Revelaciones sobre mi deidad insoslayable, sobre mi pureza indiscutible. Y a quien osa discutirla, el cadalso lo hace entrar en razones. Tal vez sea hora que mi propia madre lo pruebe para entrar en razones y dejar así de discutir conmigo. Sirvió para acallarla un tiempo, cuando mandé a ejecutar a mi nodriza porque no estaba suficientemente caliente el agua de mi tina. Pero con el tiempo, volvieron las discusiones. Tal vez es hora de hacer algo directamente con ella. El Dios Supremo habrá de guiarme, como siempre lo ha hecho.

Recuerdo la monumental fiesta que hicimos en la catedral que construí con parte de mis ganancias, cuando envié el primer cargamento de esclavos a América. ¿Cómo no iba a estar contento todo el clero brindándome pleistecia si yo, Adalberto Ruiz de Piñero, compartía algo de mi gloria con ellos. Ni el obispo de estas tierras lucía con el mismo esplendor que yo tenía ese día. Aun lo recuerdo. Era Abril de 1664. En el mismo tiempo que eran publicadas las Odas a mi nombre que habían compuesto los músicos de la corte, con el genio de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz.

Mientras vivió, Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz fue el más grande genio de la música de este siglo. Fue una picardía haber tenido que mandarlo a ejecutar por las rarezas en que lo envolvió esa loca y enferma niña que conoció en el Perú. ¿Cómo puede ser que un genio de su naturaleza que había escrito semejante obra musical en mi honor, abrace desde su música las enseñanzas de una loca? Y encima intentar convencerme para estrenar una obra que enaltezca esas enseñanzas tan alejadas de la verdad de la santa iglesia? Hubiera querido convencerlo o tener piedad de él, pero no hubiera sido digno del honor de mi nombre.

Angela Carranza se llama esta niña que aun permanece encarcelada en el Perú. Creo que nacida en un lugar llamado Córdova del Tucumán, que es parte del Reino de mi amada Santa España en las tierras descubiertas del otro lado del Océano. A ciencia cierta no tengo gran conocimiento de sus enseñanzas, solo lo que el Obispo me alertó al respecto. ¿Cómo puede abrazarse las enseñanzas de una mujer que escribe cosas prohibidas? De hecho ¿Cómo puede tolerarse a una mujer que escribe? ¿Cómo puede aceptarse que una simple mujer intente discutir teología con los doctores de la iglesia? ¿Cómo puede siquiera accederse a la idea de que ella tenía visiones donde Nuestro Señor Jesucristo se le aparecía tratándola como una iluminada? Ahí recuerdo el nombre de la secta que infiltró con sus enseñanzas en la Iglesia del Perú, Los Iluminados se hacían llamar. Ellos no decían estar en contra de la iglesia, sino contra las santas enseñanzas que por siglos había sido su Magisterio.

La fundadora de esta secta Isabel de la Cruz, había tenido su proceso inquisitorial (1524-1529) y desde entonces la Santa Iglesia no admitió en sus filas a quienes siguieran estas enseñanzas perversas. De esta infausta mujer me dijeron que desde niña, Isabel sentía una unión especial con Dios, abandonando el hogar paterno para dedicarse a la meditación y que, posteriormente se adhirió a la Orden de los Terciarios Franciscanos. Los Alumbrados predicaban la absoluta entrega al amor de Dios, criticando con esas posturas al clero y a los gobernantes establecidos por Dios.

Un siglo después aparece en Perú otra enferma seguidora de estas diabólicas enseñanzas en la persona de Angela Carranza. Vaya uno a saber por cuales brujerías llegó a saber leer y escribir. Nunca me leyeron algo de ella, pero recuerdo una visión que me contaron y que de por si misma habla del oscurantismo en el cual se hallaba envuelta. Dicen que escribió un diálogo con Cristo, donde Nuestro Señor le dijera: -“Tú eres mi espejo y yo tu espejo, y tú el lunar de mi cara y yo el lunar de tu cara…. tú estás injerta conmigo y, como estamos injertos, mis palabras salen por tu boca”. Dios, que solo le habla a los hombres santos y a los elegidos como yo, jamás podría decir palabra alguna a una mujer, pequeña y bruja mujer nacida en tierra irredentas.

Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, conoció a Angela Carranza cuando lo comisioné al Perú para que allí ejecutara la obra que había hecho en mi honor. Honor fue lo que no me brindó cuando se convirtió a esta secta, bajo la diabólica influencia de esta obtusa mujerzuela. Sostenía Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz que él mismo había sido iluminado por el conocimiento de Dios a través de las palabras que Angela Carranza le dijera ¿Quién podría creerlo? ¡Un genio de su talla envuelto en una mentira por una mujer! Debe ser una bella mujer, cautivadora de hombres, para lograr que el fuera subyugado por esa mentira bajo sus encantos. No tuve otra posibilidad que mandarlo a ejecutar y, como antes dije, recuerdo perfectamente ese momento. El día de su ejecución.

Yo quería dar un ejemplo más de mi autoridad incuestionable, así que ordené, no solo que la ejecución fuera pública, sino que la misma sea la más cruel que podía realizarse. Sin embargo fue sorprendente el rostro de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, cuando escuchó la sentencia que el inquisidor dictara a viva voz. No se inmutó. Es más, la tranquilidad de su rostro evidenciaba que no había sorpresa en él. Parecía, más bien, que lo tomaba como un premio. Así había quedado de trastornado por la influencia de aquella mujer.

Había sido decretado que pasara, previamente a la ejecución, por tres días de tortura pública en la Plaza Mayor del pueblo. Yo le pedí al inquisidor que, de retractarse Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, se le perdonara la vida y solo se le impusiera el destierro. Pero no se retractó. Ante cada pregunta que el inquisidor le hacía, Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz respondía con una cita bíblica en latín o con frases ocultas tras un idioma desconocido. Lo peor era que yo desconozco el latín y ni siquiera leo en mi propia lengua, y tampoco me animaba a que el traductor oficial me revelase las palabras que Don Julián decía.

Tres días después de la ejecución, el traductor y el escribiente de la corte pidieron mi audiencia. Me entregaron las Actas de la Indagatoria, Tortura y Ejecución de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Si bien todos en la corte saben que no se leer, ellos dejaron las actas en mi mesa como para que yo las leyera cuando quisiera, e hicieron un gesto de reverencia para solicitarme permiso de retirarse. Dejé que se fueran sin más. No podía mostrarme débil ante ellos ni ante nadie.

Pasaron otros dos días y nunca di la orden de que archiven las Actas y tampoco nadie se animó ha sugerírmelo. Algo, muy dentro de mi consagrado y magnífico espíritu real me decía que conociera el contenido de las mismas. Al tercer día, cuando ya el Inquisidor había partido de mis tierras, llamé al traductor. El era una de las pocas personas que yo respetaba, ya que no solo me demostraba respecto y sumisión, sino también porque era uno de esos hombres sabios en leyes y escrituras. Estando a solas con él, inquirí sobre el contenido de las Actas, como así también sobre ese oscuro y desconocido idioma en el cual Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz desplegaba frases que hacían brillar su rostro. Cuando el traductor tomó las Actas, le prohibí que las leyera. Le ordené que respondiera a mis preguntas en base a lo que recordaba de las palabras del difunto.

De lo primero que quise desasnarme fue de lo dicho en aquél oscuro idioma desconocido. Me dijo que era una lengua hablada por los bárbaros que habitaban nuestro Reino en las Américas. Una lengua que carece de escritura, una lengua salvaje. Cuando le pregunté porque la usaba en algunas frases Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, el traductor bajó su rostro y noté que era algo que no quería decirme. Se lo ordené y accedió, no sin antes solicitarme piedad por lo que iba a decirme. Yo estaba tan intrigado por saber de que se trataba, que accedí a perdonarle la vida ante cualquier cosa que me dijere. Entonces conocí las profundidades de la locura que había colapsado en la cabeza del reo. En cada una de esas oscuras palabras, se aseveraba que Dios amaba a los pobres más que a los nobles. Que amaba más a los bárbaros de las Américas que a nosotros, los españoles que las estábamos cristianizando. Una locura absoluta, propia de una mente dislocada por las fantasías que lo habían perturbado. Pero había más. También dijo que Dios castigaría los crímenes que yo hacía ¿crímenes yo? Si lo que yo hacia era mandato divino. En medio de tanta palabrería profana e inmunda, también proclamó que la Santa Inquisición era diabólica. Un arma del mal para imponer la oscuridad. Sentí el deseo sangriento de matar, una vez más, al reo muerto hace unos días. De haber entendido estas cosas cuando fueron dichas por Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, lo hubiera hecho desollar vivo como a aquellos protestantes que quisieron traer su enseñanza a España. Ya era tarde. No importaba, el reo estaba pudriéndose bajo tierra, y su alma –seguramente- ardiendo en el infierno de los réprobos. Pero había más, todavía más blasfemias por decir. El traductor me aseguró que Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz había juzgado mi alma como la de un demonio. Que yo era un perverso asesino de los hombres santos y de la verdad ¡Pero si yo era La Verdad! Me sujetaba a la empuñadura de mi espada con ganas de blandirla ante el traductor y no permitirle seguir hablando. Pero una cosa sabía, yo podía romper una promesa que había hecho, porque mis promesas son siempre La Verdad.

Cuando hubo terminado de hablar, llame a mi fiel guardia personal y les ordené que cortarán la lengua del traductor. Le perdonaba la vida. Según mi promesa lo dejaría seguir viviendo, pero jamás permitiría que osara contarle a algún mortal, las cosas que yo había escuchado de su boca.

Se que aun hoy continua el proceso de la Inquisición sobre esta diabólica mujer Angela Carranza. Espero que sufra aun más de lo que hice sufrir a Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Que tenga en vida un peor infierno del que debe estar padeciendo en este momento Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Ella merecía sufrir. Las mujeres nacieron para sufrir. Pero este tipo de mujeres nacieron para morir en la peor de las muertes.

Siento una plena satisfacción cuando mis tropas gritan unánimes ¡Dios salve a su elegido el Rey! y me río del dolor que habrá sufrido Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz al ser estacado por el culo, a pesar de su cuerpo entumecido por tres días consecutivos de torturas. Nunca jamás nadie volvió a hablar de él. Las Actas fueron quemadas para no guardar registro de sus heréticas palabras. Su obra musical fue prohibida, incluso aquella Oda que había compuesto en mi honor.

Por supuesto, inmediatamente ordené que Don Alberto Ginastera Alvarez de Aragón, el más importante músico actualmente de mi corte, compusiera una nueva y más sublime Oda en mi Honor, pero esta vez yo la titulé con el nombre Oda al Elegido Don Adalberto Ruiz de Piñeiro Dueño, Señor, Soberano de estas tierras.

(Angela Carranza es la única persona real de este cuento. El 21 de Diciembre de 1688 Angela Carranza fue secuestrada de su casa en Lima, Perú, e iniciado el proceso inquisidor que terminó el 20 de Diciembre de 1695. Encerrada en las cárceles de la inquisición, entablaron contra ella un proceso que duró por espacio de seis años, resultando condenada a “salir en auto de fe público en forma de penitente, con la vela verde, soga a la garganta, y a estar encerrada en un monasterio por espacio de cuatro años”. La ejecución de esta sentencia tuvo lugar el 20 de diciembre de 1693, como consta de una relación publicada en Lima por la Imprenta Real el año 1695. A pesar de haber renegado de sus visiones y escritos, nadie la recuerda como una cobarde. El nombre de esta mujer se conserva aún en todos los pueblos del Perú. También fue destruida toda evidencia de sus letras. Estos escritos llegaron a componer más de 7.500 hojas, en forma de diario, hasta el mes de diciembre de 1688)

Gracias a Liliana Colace, amiga, escritora, directora de teatro y actriz, que me introdujo en la vida de Angela Carranza, y que me aportó mucha documentación para conocer su historia.

viernes, 4 de junio de 2010

El alma de Laura (narración)

Hace no más de tres años, recibí la última noticia que tengo sobre Laura Singer. Fue por medio de unas líneas de nuestro común amigo Jorge Ferrero, quien me escribió por algún otro motivo desde el exterior (nunca recuerdo por donde anda Jorge). Perdí esa carta –en realidad no conservo cartas de nadie- y no recuerdo cual fue la causa de la misma, pero si tengo presente la mención que hacía sobre Laura. Ambos, Jorge y yo, compartimos el amor por Laura cuando éramos niños. Los tres éramos alumnos en el Conservatorio de Música Istonium en nuestros años primigenios de sumergirnos en los sonidos, en un principio obligados por nuestros padres, después por nosotros mismos, porque era nuestro mundo y porque nos hacia bien encontrarnos a los tres en él. Comenzamos a estudiar el mismo año, como así también terminamos el Profesorado Superior juntos, varios años después. Los tiempos eran otros, la vida era otra. Ellos venían de familias de músicos, yo no; sin embargo nos sentíamos familia cuando estábamos juntos, ya sea porque tocáramos, paseáramos o simplemente nos riéramos de las cosas lógicas de la edad –nos conocimos a los 7 y terminamos el profesorado a los 14-. Pero también había competencia entre Jorge y yo por Laura, y ella lo sabía, lo usaba, lo gozaba, aunque imagino que sin saberlo al principio. A ninguno de los dos nos importaba demasiado saber que Laura disfrutara en secreto nuestra competencia, porque cada uno pensaba que ella se quedaría finalmente con uno. Pero no fue así.

En Diciembre de 1972, cuando terminamos el profesorado, los padres de Laura emigraron con toda la familia a Europa. Hacía unos pocos meses que éramos novios oficiales Laura y yo. Jorge ya vislumbraba ser una persona que no podría jamás estar en un lugar fijo. Siempre conversaba sobre sus planes futuros de viajar, viajar y viajar. En cambio Laura y yo soñábamos alrededor de otros misterios por descubrir que nos parecían más profundos, más etéreos. Ella se fue con su familia, y Jorge comenzó a viajar cuatro años después con apenas 18 años. A él lo volví a ver en Buenos Aires cuando regresaba a visitar a sus padres, a ella no volví a verla. Por supuesto en un primer tiempo las cartas eran continuas, cada mes. Luego fueron más espaciadas, hasta que pasado el primer año dejamos de escribirnos. Nada trágico. Vivíamos cada uno su edad con alegría y con los descubrimientos lógicos de cada etapa juvenil. Al año conocí a Mónica, y ya ni siquiera sentí la necesidad de contestar sus últimas dos cartas. Era la vida, así de simple. Sabía que no había seguido con la música. Que sus padres progresaban económicamente y que no había planes de regreso. Tampoco Jorge siguió con la música, en cambio yo si.

La carta que recibí de Jorge hace unos tres años, mencionaba que Laura era una escritora prolífica, que vivía en Estados Unidos. Que escribía poesía con cierto éxito editorial, y que había leído una entrevista que le hicieran, pero no producto de uno de sus libros, sino de un descubrimiento que había hecho sobre los Plaucaras, aborígenes amazónicos que vivían desconectados del mundo y que comenzaron a ser conocidos cuando llegaron a ellos desforestando la selva. Me intrigó y sorprendió tanto saber eso de Laura, que comencé a buscar información sobre ella por Internet e incluso en algunas librerías de Buenos Aires. Así descubrí la siguiente historia hace pocos días.

Laura no solo escribía poesía, sino que también tenía un doctorado en Antropología Cultural de la Sorbona, y que sus investigaciones la habían llevado a vivir en diferentes lugares del mundo, en lugares inhóspitos, incivilizados. Que había permanecido soltera para dedicarse a esta vocación y que los libros de poesía eran un pretexto para financiar sus investigaciones de diferentes grupos étnicos desconocidos, casi no estudiados. Así llegó a los Plaucaras, una étnica diferente a las conocidas. Tenían conocimiento extraordinario en artes curativas y en el uso de drogas alucinógenas. No educaban a sus hijos más que en los secretos de sus artes. No había cacería, ni siembra. Se comía lo que se recogía. Lo importante eran las prácticas curativas y los alucinógenos. Mi mente no podía ubicar a Laura en ese medio y, mucho menos, que su vida termine diluida entre ellos. Aún hoy la recuerdo como la última vez que la ví a los 14 años. Delgada, esbelta, sonriente, un tanto triste en nuestra despedida. Recuerdo haberle regalado ese día un libro de Paul Eluard, y sonrío pensando que, tal vez, eso la llevó a la poesía. Pero no encuentro un punto de contacto entre aquella Laura y la que desapareció en la selva amazónica.

Supe que antes de desaparecer tuvo un contacto con misioneros, a los cuales les reveló que había comenzado a escribir un libro sobre los secretos de los Plaucaras. No puedo imaginar que esto haya sido la causa de su desaparición, ya que los Plaucaras desconocen la escritura y, difícilmente, pudieran imaginar lo que ella hacia. Pero ayer por la tarde el cartero me entregó un paquete que yo no esperaba. Me sorprendió ver que el remitente era Laura y que la fecha del correo era 14 de Septiembre del 2008 ¡un año y medio se demoró en llegar a mis manos esta entrega! Sorprendido, muy sorprendido estaba. Ni idea como ella sabría mi dirección, ni idea del contenido del paquete, ni idea porque tanta demora y que habría ocurrido con ella desde que entregara el paquete en el correo amazónico, hasta que yo lo recibiera en el día de ayer. Rompí la envoltura ya gastada del paquete y descubrí un cuaderno especial, manuscrito por Laura. Su letra era inconfundible, bella, escrita aun en medio de la selva. Fui a mi oficina y comencé a leer. Aun ahora, 24 horas después sigo aquí, sin dormir y releyendo una y otra vez el misterioso cuaderno.

Cuando lo vi, inmediatamente pensé que era el manuscrito del cual hicieran referencia los misioneros. Pensé que Laura quería contarme los secretos de los Plaucaras, que como último recurso me lo enviaría para que yo lo preserve o para salvar su vida. Pero no contenía esos secretos, contenía otros, los míos. En un breve primer párrafo de la primera hoja, ella dice que los alucinógenos le permitían ver cosas importantes de personas que ama. No dice más al respecto, como cualquier primer párrafo de Borges, que simplemente es un trampolín para introducirnos a su historia.

Estoy perplejo. Dice cosas de mi mismo que nadie sabe, incluso muchas que he olvidado. Me desnuda de una forma que nadie ha hecho, ni siquiera yo mismo. Pero no termina allí, sino que habla de mi futuro. Profecías de mis años por venir, sobre que me sucederá, que haré, donde iré, de mis futuras alegrías, de mis futuras tristezas, todo con detalles, muchos de ellos lógicos de aceptar, otros realmente insospechados. Hasta data la fecha de mi futura muerte. Solo llama mi atención que recurrentemente escribe: -“Omar, puedo decirte todo esto porque aun te amo”- y realmente es lo que menos puedo creer de todo lo escrito por Laura, ya que éramos adolescente cuando nos separamos y pasaron casi 40 años. No me llamaba tanto la atención ni siquiera la data sobre mi muerte, porque ese día sé, hace mucho, que tiene fecha, y nunca me importó conocerla, pero que Laura aún me amara o que yo significara algo importante para ella, era impensable en mi baja autoestima de siempre.

Otra sorpresa fue encontrar en el interior del cuaderno, un pequeño e improvisado sobre con un polvo grisáceo en su interior. En el frente del mismo decía: “Omar, por si quieres saber de mi….” Lo probé y fue un viaje al alma de Laura. A su sentir, a su historia desconocida para mi, a sus vivencias. Nada ví de su final o de su futuro, solo sentimientos profundos. Descubrí su dolor por nuestra separación que yo casi no recordaba. Su ira al enterarse por medio de Jorge mi nueva relación con Mónica. Su furia por mi falta de respuesta a sus dos últimas cartas. Todas cosas de ella misma, que ni ella misma tenía claras. Entonces también descubrí que ella me envió el cuaderno no para protegerme de mi futuro, sino para decirme, de alguna forma –y gozarse en ello- de que yo también iba a morir un día.

Entendí que las profecías me eran comunicadas por Laura para vengarse de Mónica y de mis silencios. Comprendí cuanto mal hacemos a otros sin darnos cuenta. Entonces fui al piano e improvisé una melodía para ella. Una melodía que jamás escuchará y que no figuraba en el cuaderno de las profecías.

Alma encriptada (poema)

Mi alma que danzaba
acoge ahora tus silencios
que no le pertenecen
arrancando arpegios-pasos
que desangran a jirones

Latencia que no llega nunca
el sonido sepultado
cargado ahora de estiércol
desbordado de tu boca
de tus ojos inexistentes

Entre árboles arraigados
descansa toda esperanza
paciente viento patagónico
en su naturaleza constante
de yo y mi sin palabras
al cantar el ahogo

Suicidado en medio-soledad-muerte
claudico inexorable ausencia
este agujero de pecho
esta cuchilla enterrada
narra la no historia
de no saber que pasa

Julia Salcedo envuelta en su círculo (narración)

La señora Julia Salcedo era ante todo eso, una señora. Directora de escuela, madre de tres hijos varones, ya todos profesionales. Viuda de un primer matrimonio y cerca de serlo de su segundo. Su postura ante las cosas de la vida le otorgaba cierto halo de sabiduría, casi místico según comentarios que escuché. Es verdad que algunos le temían, pero era un temor infundado. Lo que pasa es que Julia trasciende el promedio de las mujeres de su edad. A pesar de que sus años dejaban ver algunas mellas en su rostro, ella igual resplandecía. Era inquieta en el buen sentido. Aun estudiaba arte, filosofía y, cuando creía que el alumno valía la pena, le daba algunas clases de piano. Era una virtuosa sobre el instrumento, pero nunca le interesó ser concertista a pesar de que tenía un inapreciable don natural. Es verdad que su virtuosismo mayor consistió siempre en su atractiva sabiduría. Esta le había deparado, incluso, la tentadora oferta de ser postulada para el cargo de Secretaria de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires, pero –lógicamente- su sabiduría no se lo permitió. No hubiera podido ser feliz en medio de las patrañas de la política y, ya tenía su propio estigma secreto de no haber sido feliz con su primer esposo, ni con su actual cuasi difunto.

Tal vez la única asignatura pendiente que ella reconocía en sí misma, fue aquél trunco amor juvenil que no supo enfrentar. Que paralizó con un no rotundo, ante el insistente amor del otrora juvenil Ariel Slorsky. Era como que la pregunta de si hubiera logrado ser feliz con él, nunca la hubiera abandonado. Siempre pesaban hipótesis en su corazón sobre la idea de cómo hubiera sido su vida con él. Pensaba como hubieran sido sus hijos si él fuera el padre. Donde hubieran vivido. Si ella igualmente hubiera llegado a ser directora de la misma escuela por 35 años. Siempre estuvo al tanto de la vida de Ariel. Sabía que él nunca se había casado, pues era pública la cuestión de que no lo había hecho por fidelidad a un amor juvenil, solía explicar Ariel sin ruborizarse por eso, y ella sabía –perfectamente- a quien hacía referencia.

Era imposible no estar informada sobre la vida de Ariel Slorsky, pues era un reconocido filósofo y ella era una apasionada de la filosofía. Ariel alcanzó su punto de reconocimiento más alto dentro del campo de la filosofía en la década del 40’, cuando escribiera Los Círculos -en la Antigua Filosofía y Religión Pre-Copta- (basado en descubrimientos de papiros de la comunidad copto-elefantina del norte de Africa realizados en 1911 por el arqueólogo inglés Sir Charles Ramsay). Aunque ella nunca se animó a leer ese libro, pues intuía que a partir de su lectura encontraría respuesta a su cuestionado estigma, siempre conservó aquél volumen de la primera edición en su biblioteca, por demás poblada de cuanto libro de filosofía hubiérase publicado en español, inglés y francés, los tres idiomas en los cuales había sido instruida, logrado en dos de ellos el título de Traductora Pública.

Tampoco había vuelto a encontrarse con Ariel desde aquella última negación, desde el último no rotundo que ella había catapultado con voz segura, pero con temblor de su corazón. Igualmente él intentó no alejarse, vivir cerca de ella, de su casa, en su barrio. De hecho, compró la casa en cuya vereda Julia emitió su último no, a la quinta declaración de amor que él le hiciera. Nunca hubo rencor en el corazón de Ariel. Si un profundo dolor evidenciado en una cara que nunca dibujaba una sonrisa. Parecía no conmoverlo ni los fuertes e interminables aplausos que coronaban cada una de sus disertaciones en tantas universidades del mundo donde era invitado a dar conferencias sobre Los Círculos. Esta era una obra tan genial, tan inmensamente erudita que, a pesar de sus quince ediciones, nunca debió ser ampliada. Era tan unánime el reconocimiento de esta obra en los círculos académicos, que el sentía la obligación ante tanta admiración que le profesaban, de terminar cada disertación con las mismas palabras en inglés: -“We are unworthy servants; we have only our duty” (Luke 17.10). Así era Ariel Slorsky, o lo que quedaba de él. Las migajas de una vida sin amor. Una vida sin amor donde día a día resonaban, pretéritamente, los cinco no de Julia.

Los Círculos no fue solo un libro de filosofía y religión, ni fue solamente el descubrimiento de creencias perdidas de un pueblo ya inexistente. Fue, en realidad, la revelación de los aconteceres de la vida, que abarcan las relaciones felices y las otras. Era la manifestación concreta del fracaso o de la victoria en una relación de pares. Una revelación que denostaba por tierra tanta psicología que intentó enmarcar las relaciones humanas en devenires vivenciales, culturales, emergentes de cada experiencia humana, guardada en el pasado inconciente de cada persona. Nada podía ser interpretado de la misma manera, si se daba crédito de veracidad a lo expuesto en Los Círculos. A saber, éstos enseñaban que dentro de cada Círculo hay una pertenencia eterna que los enmarca en ellos. Que nada es casualidad en las relaciones humanas, sino producto de un diseño eterno. Sin confundir este concepto con la idea Calvinista de la Predestinación, como intentaron algunos detractores de la obra de Ariel Slorsky; porque el concepto Calvinista de la Predestinación no es en realidad un concepto de circunstancias de la vida, sino que tiene que ver con la Elección para salvación. Esto estaba tan claro para Ariel y sus seguidores, que jamás se vieron inmersos en alguna discusión con sus detractores, ya que éstos partían de preceptos equivocados que no valían la pena refutar. Es que cuando uno sabe de qué habla, la discusión con quienes no saben es estéril, y Ariel no quería participar de nada estéril. La esterilidad del amor de Julia había sido suficiente para él.

Ariel Slorsky había expuesto en Los Círculos, mejor dicho había revelado en Los Círculos, que para que una relación fuera feliz, debía estar enmarcada en un círculo invisible prefijado eternamente. Que fuera de ese círculo solo había infelicidad. Que crear un círculo era imposible. Que meterse en un círculo no diseñado para uno, era un destino de fracaso. Que salirse del círculo al cual se pertenecía era perder la felicidad para la cual estaba preparada la persona. Dicho así de simple suena a fatalismo, como la errónea interpretación que de los Círculos hicieran los ya mencionados detractores de la obra de Ariel Slorsky. Si bien he leído el libro varias veces, estoy lejos de poder explicar todo lo que de este emana. Carezco de la claridad de Slorsky y de su altura erudita para manejar esos conceptos filosóficos y religiosos. Ni mis PhD. of Psychology and Philosophy alcanzados hace 25 años parecen servirme. Incluso cada vez que lo leo –y quiero mencionar que lo he leído un número infinito de veces- encuentro un escalón más para crecer en el entendimiento de la realidad de los Círculos y entender mi infelicidad. Es un libro tan único, que nadie ha podido escribir comentarios sobre el mismo. Uno solo puede leerlo y sacar sus propias conclusiones, conclusiones que van modificándose tras cada nueva lectura. Cuando a Slorsky se lo trataba de iluminado, respondía con un no categórico, pero yo creo que algo de eso hay en él.

Cuando para mi Doctorado en Filosofía presenté la Tesis: Ascendencias Filosóficas de los Tahumaras Mexicanos, me sentí un genio. Luego de leer Los Círculos de Slorsky, jamás volví a leer mi tesis. Lo mismo me ha sucedido con mi Tesis sobre Cristología Gnóstica que escribí para mi Doctorado en Teología. Insisto, creo que en Slorsky hay algo de iluminado e, intuyo, que Julia Salcedo murió creyendo lo mismo que yo.

Ella estaba sobre el final de sus días, cuidando el final de los días de su segundo esposo. El se hallaba postrado en su lecho de muerte, y ella lo acompañaba sentada a su lado todo el tiempo que podía. Que su edad avanzada le permitía. Fue en esos días que, uno nunca sabrá si por aburrimiento, curiosidad, o por saberse en el final de su propia existencia, fue a su biblioteca y buscó el libro de Slorsky. Con el mismo temblor que sintió en su corazón cuando le esputó su último no a Ariel, comenzó a leer. Lo hizo lentamente. Ella devoraba los libros de filosofía, pero en este caso se veía impedida de hacerlo ante cada descubrimiento emergente de sus páginas. Era mucho para ella (es mucho para cualquiera) descubrir la propia estupidez que impidío la felicidad para la cual estaba preparado. Descubrió Los Círculos en medio de una profunda congoja. Entendió que sus cinco no dichos a Ariel, fueron puertas para escapar del Círculo diseñado para ellos, como así también descubrió porqué no le pertenecían los círculos de sus dos esposos y, por ende, porque no había sido feliz con ellos. Entendió que, a pesar de la eternidad de estos círculos, eran frágiles. Que la necedad es la puerta por la cual se sale de ellos. Allí se descubrió necia, una necia, y no sabia como todos y ella misma creyeron que era Julia. Entendió que su rechazo al círculo que estaba diseñado para ella y Ariel, había sido roto por su necedad y que ya era irreversible. Que su estigma secreto era un aguijón que ella misma se había clavado. Aquél círculo del cual escapó, dejando dentro de el a Ariel solo, era su lugar. Nadie es feliz fuera de su lugar en el mundo y ella había decidido estar fuera. Comprenderlo así, dicho en el libro de Ariel, fue como un rayo fulminante. Descubrir que el círculo de Ariel y el de ella era su propio círculo le cortó la respiración. Se sintió ahogada. No le importó que su segundo esposo yaciera a su lado postrado en cama.

Julia Salcedo murió sentada al lado de su segundo esposo, mientras cuidaba a un muerto que no le pertenecía.

Cuando Ariel Slorsky supo del deceso de su única amada, escribió un libro de poemas. Murió 15 días después. Los dueños editoriales de todo lo que escribiera Slorsky, según un contrato firmado, con el cual nunca estuvo demasiado de acuerdo, publicaron sus escritos “Julia, envuelta en su círculo”. Nunca fue éxito editorial.