Era el último cigarrillo de la noche. Lo había jurado. No había porqué seguir suicidándome más. Cerré el libro de Hesse que releía por enésima vez en mi vida y no me ayudaba identificarme con el nuevamente.
Bebí lo que quedaba de ginebra en mi vaso, mientras terminaba de escuchar el tango Soledad por quinta vez, y me dispuse a ir a dormir. La noche se cortaba por su espesura. No era una noche más, tenía sabor a última. Mientras mi reloj marcaba las 1,05am, no se porque encendí el televisor de mi habitación. Lo encendí al azar e imprevistamente –no había escuchado publicidad alguna en esos días- estaban proyectando la Hora del Lobo. Esa película de Bergman donde los dibujos escalofriantes del personaje tomaron vida y lo asesinaron. Solo su mujer, que lo amaba profundamente, pudo verlos y trataba de explicarle al inspector de policía que esos dibujos eran reales para ella porque lo amaba a él.
Y me colgué pensando en la profundidad de algunos amores enfermos. Me descubrí descubriendo los míos. No soy dibujante, pero muchas cosas inexistentes me acorralaban anoche y recordaba lo último que había leído del Lobo Estepario. El diálogo que mantuviera con la camarera del salón bailable:
-¿Me permite? pregunté y me senté junto a ella.
-Naturalmente que te permito- dijo- ¿Quién eres tu que no te conozco?-
-Gracias- dije – me es imposible ir a casa, no puedo, no puedo, quiero quedarme aquí, si usted es tan amable. No, no puedo volver a casa-
-Quédate aquí- me dijo con una voz que me hizo bien- ¿Por qué es por lo que no puedes volver a tu casa?-
-No puedo. En casa me espera algo… no puedo, no puedo; es demasiado terrible- dije
-Entonces déjalo estar y quédate aquí…….- dijo ella (decía el diálogo algo más que no recuerdo…)
-Quizá, amigo, pudiera decirte yo lo que en tu casa te espera y de lo cual tienes tanto miedo. Pero tu lo sabes también, no tenemos necesidad de hablar de ello ¿no es eso? ¡Pamplinas! O uno se ahorca, bueno, entonces se ahorca uno desde luego, será porque tenga un motivo. O vive uno, y entonces no tiene más que ocuparse que de la vida. No hay nada más sencillo- dijo ella.
-¡Oh!- exclamé – Si eso fuera tan sencillo… Yo me he ocupado bastante de mi vida y no ha servido de nada. Ahorcarse es tal vez difícil, no lo sé. Pero vivir es mucho, muchísimo más difícil-
El Lobo Estepario, desde su dolor hablaba con razón y yo dormí igual.
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