miércoles, 16 de junio de 2010

Construcción en el desierto (narración)

No se cuanto de cierto hay en lo que habré de contar, pues la fiebre de esos días no me deja ver con claridad cuanto de visión y cuanto de realidad fueron estos sucesos. Tampoco se sí Elías Sandoval existe o si fue producto de mis alucinaciones. Pero lo cierto, irreductiblemente cierto, es que algo sucedió en estos días. La historia es algo así:

“Era Febrero de 1387 en la Ciudad de Dyeb en Egipto a 80km de Luxor, dueña de grandes misterios, tal como lo es su templo de 237 AC. Yacía yo descansando del agobiante calor de la tarde bajo la sombra de un níspero, a la espera de reencontrarme con un mercader moro que proveía a esta ciudad de aceites españoles. Si bien el aceite proveniente del Cairo era de excelente calidad, el oliva español era el preferido por la gente adinerada de Dyeb. Ese era mi negocio, proveer a los deseos de la gente adinerada de Dyeb. Lo que pidieran yo lo satisfacía, desde comestibles extranjeros, a exóticos perfumes, libros, armas o lo que una pequeña fortuna pudiera pagar. Yo también era un acaudalado en la ciudad y sabía darme los gustos en vida. El mayor de ellos era engrosar mi biblioteca con raros libros de mística cristiana-gnóstica que solía proveerme por medio de Mohamed. A pesar de que él era un mudalí, solía obtenerlos de sus conciudadanos mozárabes sin que eso pese a su fe; tal vez por la costumbre ya adquirida de verse como un sospechoso ante los árabes y los beréberes. Esto es, sin dudas, un vestigio que incluso a mi me hace sospechar de que Elías Sandoval, ahora llamado Mohamed Eljihas por su conversión al Islam, sea realmente quien dice ser. Tampoco es importante. Lo cierto es que luego de entregarme el esperado cargamento de aceite español, Mohamed Eljihas me invitó esta vez a ingresar a su jaima para fumar juntos en el narguile. Yo amo este tipo de ceremonia beduina, donde el arte de hospedar se celebra como un impostergable acto de la cultura del desierto. Por más que yo fuera copto, que él fuera mudalí y que me trajera literatura de los mozárabes, bajo el techo de su jaima y frente al narguile desaparecían las diferencias entre los hombres.

Esperaba yo que Mohamed aprovechase la intimidad de su tienda para develarme el nuevo libro que habría de adquirirle. Su tardanza me hizo sospechar. Lo veía excesivamente distendido, fuera de lo acostumbrado. Intuí que intentaba ablandarme con la ansiedad para lograr así un buen precio por el libro conseguido. Sus estrategias de excelente vendedor eran bien conocidas en la ciudad. Todos sabíamos que quintuplicaba sus ganancias apelando a la ansiedad del comprador y, aunque ese nunca fue mi caso, la ansiedad comenzaba a realizar su trabajo en mi. ¡Llevábamos dos horas de fumar el narguile y nada decía sobre el libro! Entonces tomé la iniciativa preguntándole cual libro habíame conseguido esta vez. El fijo su mirada en el techo de su jaima, aspiró el humo del tabaco que emanaba de la boquilla y dijo muy pausadamente:

-“Nada amigo. Esta vez nada traje para usted.”-
-“¿Nada?”- pregunté entre mi desazón e irritabilidad contenida.
-“Así es, querido amigo. Nada traje para usted, porque nada busqué para usted de esos libros que suele venerar en su biblioteca. Esta vez lo invito a mi jaima y comparto mi narguile porque quiero contarle una historia.”- me dijo sin inmutarse y desde una sorprendente cara de paz.
Me dijo –“Quiero contarle una historia secreta. Una visión que tuve en el desierto cuando, perdido uno de mis camellos que cargaba en mejor aceite para Dyeb, me extravié por espacio de tres días al salir solo en su búsqueda.”- Quería yo entonces sacar mi daga, réplica del cuchillo de Gebel el-Arak que el mismo Mohamed habíame vendido cuando nos conocimos, y cortarle su cuello. No me dio tiempo. Exhaló una profunda bocanada de humo del tabaco embebido en un sabor a manzanas que solía fumar Mohamed, y comenzó a narrarme la siguiente historia:

-“Estaba yo exhausto en la fría noche del desierto, ya sin esperanzas de encontrar al camello con el valioso cargamento, y con la sola idea de lograr sobrevivir, cuando me sobrevino un éxtasis al invocar a Alah, sea su nombre honrado, donde se me reveló la siguiente visión:

Vi en pleno desierto una construcción altísima. Era una casa sobre otra y otra y otra, que llegaba en su altura hasta las nubes del cielo. Cada ventana de cada piso era adornada con flores de distinto color según el piso ascendía. Veía en ellas extraños hombres que se asomaban y proferían palabras poéticas. Cada una de arriba continuando a la otra de abajo. Era como un poema sin fin que los hombres, varones y mujeres, formaban con palabras que desnudaban sus almas y la mía. Parecían inconexas, pero juntas formaban una historia. Una única historia. La construcción en el desierto de cada uno y de todos.

No se si era algún efecto emanado de la visión o si era un don que tuve en ese momento, pero escuché cada palabra, a pesar de la distancia elevada de la cual nacía la siguiente, con total claridad. Eran muchas palabras, eran muchos poemas y eran solo una palabra, solo un poema. Desconocía cada cosa que iba a decirse y luego de dicha, me pertenecía, yo era su autor. Eran palabras desde el alma de ellos que se transformaban –o lo eran de antes- en palabras de mi alma. Cada una de ellas me desvestían del peso de mi vida, y me vestían con luces resplandecientes. Sentía que me elevaba con ellas, que crecía con ellas. No eran mías y eran yo mismo. Algo difícil de explicar.

El poema terminaba en el último hombre de la última ventana, y volvía a comenzar en el primer hombre de la primera ventana. No cambiaban los hombres, no cambiaban las ventanas, no cambiaban las flores, pero cada poema era distinto y el mismo. Solo puedo definirlo como un poema infinito dicho por infinitos hombres, en infinitas ventanas con infinitas flores de infinitos colores. Yo sentía una paz desconocida. Algo me estaba pasando. No puedo expresar todo lo escuchado, en realidad, no puedo expresar nada de lo escuchado, ni transmitir las sensaciones experimentadas durante la visión. Solo ronda en mi mente, y aún resuena en mi oído, una única estrofa susurrada por una mujer extraña desde alguna de sus ventanas:

Los mares no resplandecen en el desierto
Más que como un espejismo inexistente
La construcción se troca en un abismo
Cuando se elevan innecesariamente
Las heridas de los hombres

Yo no buscaba un mar, solo sobrevivir esa noche. Pero entendí, en los dos primeros versos, que no debo esperar del desierto lo inexistente. Lo que el desierto no tiene para darme. Que comprar o vender mis propios espejismos solo corrompe el mundo. El mío y el de los demás.

Luego entendí en los tres últimos versos, que algo que se piensa para ser elevado puede resultar en un abismo, cuando se descarnan los hombres donde no hay justicia.

Pero la visión siguió. En realidad creo que fue una segunda visión dentro de la primera. Vi esta vez una construcción que no se elevaba hasta el cielo, sino que se hundía en la arena del desierto. Era similar a la primera, pero de ella no emergían poemas sino quejidos, insultos, blasfemias y traiciones. Ellos eran los reflejos de las heridas hechas públicas que fueron desencriptadas por la poesía. No se porque efecto de la visión (la visiones tienen cosas antinaturales e inexplicables) a pesar de que la construcción se hundía en la arena, podía ver yo cada uno de sus pisos, de sus ventanas, de sus hombres, de sus flores. No solo verlo podía, también escuchar cada palabra como cuando en la primera visión la construcción se elevaba hasta las nubes. Al igual que la primera vez, no puedo expresar todo lo escuchado, en realidad, no puedo expresar nada de lo escuchado, ni transmitir las sensaciones experimentadas durante la visión. Solo ronda en mi mente, y aún resuena en mi oído, una única estrofa susurrada por un hombre extraño desde alguna de sus ventanas:

Las heridas de los hombres
Cuando se elevan innecesariamente
La construcción se troca en un abismo
Más que como un espejismo inexistente
Los mares no resplandecen en el desierto

Es la misma frase que recuerdo oída desde arriba, y que ahora proviene desde el abismo al cual descendía la construcción. Eran las mismas palabras pero ahora inversas. Eran las mismas palabras pero que ahora sonaban como quejidos, insultos, blasfemias y traiciones. Eran las mismas voces y no lo eran. Algo que no puedo explicar había cambiado. No eran los hombres quienes cambiaron ni las voces. Intento creer que solo era el lugar cambiado desde el cual las decían. No lo se.

Esta vez entendí por los tres primeros versos, que antes fueron los últimos, que los hombres tienen heridas que cuando se exponen innecesariamente en la poesía hunden lo construido en el peor abismo de sus miserias. Y entendí también por los dos últimos versos, que antes habían sido los primeros, que los mares son espejismos inexistentes que resplandecen en los desiertos, ya sea por la angustia del desierto o por la soledad que nos dilapida la vida.

Amanecí con vida en la mañana, cuando me despertó el paso del camello perdido que se acercaba a mi. Ya no me importaba la mercancía, ni la vida del camello y, tal vez, tampoco la mía”.

Mohamed terminó así su relato. Cuando exhaló su última y profunda bocanada de humo del tabaco embebido en un sabor a manzanas que solía fumar, tome mi cuchillo y se lo hundí en su garganta. A mi tampoco me interesaba su vida.

Luego me atacó la fiebre. Cuando sobreviví a ella, me contaron que durante mi enfermedad vino Mohamed a visitarme trayéndome un libro, y que se fue porque no pudo negociar el precio por mi estado febril. Otros me dicen que mi cuchillo, réplica del cuchillo de Gebel el-Arak que el mismo Mohamed habíame vendido cuando nos conocimos, estaba manchado de sangre y que nadie supo donde estaba Mohamed. Otros creen que nunca existió.

Dedicado a Aníbal Alexandrescu, quien suele disfrutar mis narraciones viajando en ellas.

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