viernes, 4 de junio de 2010

El alma de Laura (narración)

Hace no más de tres años, recibí la última noticia que tengo sobre Laura Singer. Fue por medio de unas líneas de nuestro común amigo Jorge Ferrero, quien me escribió por algún otro motivo desde el exterior (nunca recuerdo por donde anda Jorge). Perdí esa carta –en realidad no conservo cartas de nadie- y no recuerdo cual fue la causa de la misma, pero si tengo presente la mención que hacía sobre Laura. Ambos, Jorge y yo, compartimos el amor por Laura cuando éramos niños. Los tres éramos alumnos en el Conservatorio de Música Istonium en nuestros años primigenios de sumergirnos en los sonidos, en un principio obligados por nuestros padres, después por nosotros mismos, porque era nuestro mundo y porque nos hacia bien encontrarnos a los tres en él. Comenzamos a estudiar el mismo año, como así también terminamos el Profesorado Superior juntos, varios años después. Los tiempos eran otros, la vida era otra. Ellos venían de familias de músicos, yo no; sin embargo nos sentíamos familia cuando estábamos juntos, ya sea porque tocáramos, paseáramos o simplemente nos riéramos de las cosas lógicas de la edad –nos conocimos a los 7 y terminamos el profesorado a los 14-. Pero también había competencia entre Jorge y yo por Laura, y ella lo sabía, lo usaba, lo gozaba, aunque imagino que sin saberlo al principio. A ninguno de los dos nos importaba demasiado saber que Laura disfrutara en secreto nuestra competencia, porque cada uno pensaba que ella se quedaría finalmente con uno. Pero no fue así.

En Diciembre de 1972, cuando terminamos el profesorado, los padres de Laura emigraron con toda la familia a Europa. Hacía unos pocos meses que éramos novios oficiales Laura y yo. Jorge ya vislumbraba ser una persona que no podría jamás estar en un lugar fijo. Siempre conversaba sobre sus planes futuros de viajar, viajar y viajar. En cambio Laura y yo soñábamos alrededor de otros misterios por descubrir que nos parecían más profundos, más etéreos. Ella se fue con su familia, y Jorge comenzó a viajar cuatro años después con apenas 18 años. A él lo volví a ver en Buenos Aires cuando regresaba a visitar a sus padres, a ella no volví a verla. Por supuesto en un primer tiempo las cartas eran continuas, cada mes. Luego fueron más espaciadas, hasta que pasado el primer año dejamos de escribirnos. Nada trágico. Vivíamos cada uno su edad con alegría y con los descubrimientos lógicos de cada etapa juvenil. Al año conocí a Mónica, y ya ni siquiera sentí la necesidad de contestar sus últimas dos cartas. Era la vida, así de simple. Sabía que no había seguido con la música. Que sus padres progresaban económicamente y que no había planes de regreso. Tampoco Jorge siguió con la música, en cambio yo si.

La carta que recibí de Jorge hace unos tres años, mencionaba que Laura era una escritora prolífica, que vivía en Estados Unidos. Que escribía poesía con cierto éxito editorial, y que había leído una entrevista que le hicieran, pero no producto de uno de sus libros, sino de un descubrimiento que había hecho sobre los Plaucaras, aborígenes amazónicos que vivían desconectados del mundo y que comenzaron a ser conocidos cuando llegaron a ellos desforestando la selva. Me intrigó y sorprendió tanto saber eso de Laura, que comencé a buscar información sobre ella por Internet e incluso en algunas librerías de Buenos Aires. Así descubrí la siguiente historia hace pocos días.

Laura no solo escribía poesía, sino que también tenía un doctorado en Antropología Cultural de la Sorbona, y que sus investigaciones la habían llevado a vivir en diferentes lugares del mundo, en lugares inhóspitos, incivilizados. Que había permanecido soltera para dedicarse a esta vocación y que los libros de poesía eran un pretexto para financiar sus investigaciones de diferentes grupos étnicos desconocidos, casi no estudiados. Así llegó a los Plaucaras, una étnica diferente a las conocidas. Tenían conocimiento extraordinario en artes curativas y en el uso de drogas alucinógenas. No educaban a sus hijos más que en los secretos de sus artes. No había cacería, ni siembra. Se comía lo que se recogía. Lo importante eran las prácticas curativas y los alucinógenos. Mi mente no podía ubicar a Laura en ese medio y, mucho menos, que su vida termine diluida entre ellos. Aún hoy la recuerdo como la última vez que la ví a los 14 años. Delgada, esbelta, sonriente, un tanto triste en nuestra despedida. Recuerdo haberle regalado ese día un libro de Paul Eluard, y sonrío pensando que, tal vez, eso la llevó a la poesía. Pero no encuentro un punto de contacto entre aquella Laura y la que desapareció en la selva amazónica.

Supe que antes de desaparecer tuvo un contacto con misioneros, a los cuales les reveló que había comenzado a escribir un libro sobre los secretos de los Plaucaras. No puedo imaginar que esto haya sido la causa de su desaparición, ya que los Plaucaras desconocen la escritura y, difícilmente, pudieran imaginar lo que ella hacia. Pero ayer por la tarde el cartero me entregó un paquete que yo no esperaba. Me sorprendió ver que el remitente era Laura y que la fecha del correo era 14 de Septiembre del 2008 ¡un año y medio se demoró en llegar a mis manos esta entrega! Sorprendido, muy sorprendido estaba. Ni idea como ella sabría mi dirección, ni idea del contenido del paquete, ni idea porque tanta demora y que habría ocurrido con ella desde que entregara el paquete en el correo amazónico, hasta que yo lo recibiera en el día de ayer. Rompí la envoltura ya gastada del paquete y descubrí un cuaderno especial, manuscrito por Laura. Su letra era inconfundible, bella, escrita aun en medio de la selva. Fui a mi oficina y comencé a leer. Aun ahora, 24 horas después sigo aquí, sin dormir y releyendo una y otra vez el misterioso cuaderno.

Cuando lo vi, inmediatamente pensé que era el manuscrito del cual hicieran referencia los misioneros. Pensé que Laura quería contarme los secretos de los Plaucaras, que como último recurso me lo enviaría para que yo lo preserve o para salvar su vida. Pero no contenía esos secretos, contenía otros, los míos. En un breve primer párrafo de la primera hoja, ella dice que los alucinógenos le permitían ver cosas importantes de personas que ama. No dice más al respecto, como cualquier primer párrafo de Borges, que simplemente es un trampolín para introducirnos a su historia.

Estoy perplejo. Dice cosas de mi mismo que nadie sabe, incluso muchas que he olvidado. Me desnuda de una forma que nadie ha hecho, ni siquiera yo mismo. Pero no termina allí, sino que habla de mi futuro. Profecías de mis años por venir, sobre que me sucederá, que haré, donde iré, de mis futuras alegrías, de mis futuras tristezas, todo con detalles, muchos de ellos lógicos de aceptar, otros realmente insospechados. Hasta data la fecha de mi futura muerte. Solo llama mi atención que recurrentemente escribe: -“Omar, puedo decirte todo esto porque aun te amo”- y realmente es lo que menos puedo creer de todo lo escrito por Laura, ya que éramos adolescente cuando nos separamos y pasaron casi 40 años. No me llamaba tanto la atención ni siquiera la data sobre mi muerte, porque ese día sé, hace mucho, que tiene fecha, y nunca me importó conocerla, pero que Laura aún me amara o que yo significara algo importante para ella, era impensable en mi baja autoestima de siempre.

Otra sorpresa fue encontrar en el interior del cuaderno, un pequeño e improvisado sobre con un polvo grisáceo en su interior. En el frente del mismo decía: “Omar, por si quieres saber de mi….” Lo probé y fue un viaje al alma de Laura. A su sentir, a su historia desconocida para mi, a sus vivencias. Nada ví de su final o de su futuro, solo sentimientos profundos. Descubrí su dolor por nuestra separación que yo casi no recordaba. Su ira al enterarse por medio de Jorge mi nueva relación con Mónica. Su furia por mi falta de respuesta a sus dos últimas cartas. Todas cosas de ella misma, que ni ella misma tenía claras. Entonces también descubrí que ella me envió el cuaderno no para protegerme de mi futuro, sino para decirme, de alguna forma –y gozarse en ello- de que yo también iba a morir un día.

Entendí que las profecías me eran comunicadas por Laura para vengarse de Mónica y de mis silencios. Comprendí cuanto mal hacemos a otros sin darnos cuenta. Entonces fui al piano e improvisé una melodía para ella. Una melodía que jamás escuchará y que no figuraba en el cuaderno de las profecías.

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