viernes, 4 de junio de 2010

El desierto de todos (narración)

En aquél tiempo las historias del abuelo me resultaban pesadas. Yo era joven. También un necio. Eran historia de las dos guerras e historias de viajes. Historia de viejo, de demasiado viejo para mi. ¿Qué podría importarme, a los 8 años, las historias de un viejo? De un viejo alcohólico y fumador empedernido de cinco atados de cigarrillos negros por día. Nunca tuve una buena imagen de él. Mi madre tampoco lo quería. Mi padre, alcohólico y fumador de otros cinco atados diarios, tampoco.

Nadir Zaltron era mi abuelo paterno. A pesar de su primer nombre árabe, era italiano. Bueno, mi nombre es Omar, y soy argentino (creo, ahora no estoy tan seguro). Solía contarme alguna historia de sus viajes, pero no era bueno para eso. Se colgaba en medio de la historia, como si buscara cuales palabras decirme y cuales callar, lo cual me impedía encontrar atractivo en su relato. En uno de esos cuelgues fue que le dije, como para dejar de escucharlo o para que él entienda mi poco interés en su historia, que mejor la escribiera en un libro para que yo la leyera cuando sea grande. Fue en el año de 1966. Justo el año de su muerte. De la suya y la de mi abuelo materno, Francesco Papagno.

Hace unos días escucho decir a mi madre al teléfono que, acomodando viejas cajas en su casa, encontró algo parecido a un libro o un cuaderno envuelto con mucho esmero. Ella reconoció la letra del abuelo Nadir y se sorprendió de que en su envoltura decía: para que Omarcito lo lea de grande. No es raro que en casa de mi vieja aparezcan cosas perdidas. Hace 57 años que vive allí y es, lógicamente, depósito de cosas de las cuales desconocemos su existencia. A diferencia de mi, que llevo 32 mudanzas a cuesta, por lo cual aprendí a guardar lo mínimo indispensable. Solo mis libros y poco de mi ropa –que siempre es poca- me acompañan siempre.

Por supuesto, conociendo a mi madre, lo primero que hice fue prohibirle que lo abriera. Por suerte, o por conocer muy bien mi carácter, se abstuvo de hacerlo. Al otro día fui a su casa a buscar el hallazgo. Por supuesto no escatimó críticas hacia esa visita, ya que no iba a su casa hace 4 meses: -“¡Claro! algo del abuelo vale más que tu madre.”- me esputo sin que yo le diera bola. Se que me quiere y yo también la quiero, pero la intriga del hallazgo hizo, esta vez, que le diera menos importancia que siempre a sus palabras demandantes. Me fui de casa siendo joven, una mierda de autosuficiencia me gobernaba en aquellos días. Si bien gané muchas cosas, también descubro hoy, en mi adultez, que perdí algunas otras también importantes. “C'est la vie” pensé y tampoco me detuve mucho en ello. Lo importante era el hallazgo que mi madre había hecho. No quise abrirlo delante de ella, aunque ella moría por ver de qué se trataba. Yo también. Tampoco podía recoger el hallazgo e irme sin más porque, quizás, sus reclamos me crearían alguna culpa, ya que mi urgente salida hubiera sonado a desplante. También pensé “una mancha más que le hace al tigre”, pero decidí quedarme y tomar unos mates con ella. Hablamos de sus achaques, de mi familia, del trabajo, de la inseguridad y de todas esas cosas que uno habla cuando no tiene mucho que compartir. Por suerte ella sabe que yo solo tomo mate con yerba misionera, y que, como ella toma con yerbas correntinas, es poco el tren que puedo seguirle en la cebada. Así que no quedé mal –al menos muy mal- cuando a los 20 minutos comencé a despedirme de ella.

Salí de la casa donde nací (si, yo nací en mi casa, en la misma habitación de mis padres, donde aun duerme mi madre cada noche) con alguna palpitación en mi pecho. Es que el abuelo, que casi ni recordaba, me había dejado algo, de lo cual yo no tenía registro alguno. Me subí al auto, y manejé hasta casa con cierta irresponsabilidad. Creo que respeté solo quince de los sesenta y tres semáforos del camino, pero llegué. Fui directo a mi oficina. Tomé un cuchillo y desenvolví el paquete. Era un cuaderno, uno manuscrito. Lo primero que entendí fue de donde había sacado esta mierda de letra manuscrita que tengo ¡de mi abuelo! Carajo, esto iba a ser como descifrar jeroglíficos egipcios, o como interpretar –una vez más- los papiros griegos de la Cueva 7 de Qumran. El libro del P. O’Callagham me había desvelado tantas noches cuando trabajé sobre esos escritos, que una sensación de ahogo me invadió instantáneamente. Me había prometido, ya hace unos años, no volver a quemar mis pestañas en escritos cuasi indescifrables que después de nada me servían, más que para aumentar mi ego intelectual. Pero esto lo había escrito el abuelo. Lo había escrito para mi. Así que me puse a trabajar. Gracias a Dios hoy existen las computadoras, no como cuando era estudiante de arqueología bíblica, y todo pasaba por el lápiz y el papel.

El cuaderno era el típico tapa dura, papel araña azul. El mismo que, según recuerdo, era de uso obligatorio en las escuelas de aquellos días, cuando aún era profano usar birome en el aula. Cuando mi madre me peinaba con limón para que mi cabello luciera duro y brillante. Acorde con la corbata de elástico, también de uso obligatorio, junto a las medias tres cuartos y los zapatos de cuero marrón, en toda escuela del estado. Mi escuela estaba a diez cuadras de casa. Conservaba en sus fondos un molino de los tiempos en que, la hoy Ciudad de Lanús, era un terreno despoblado. Un lugar de trabajadores y sus fábricas industriales. Cuando estaba en 6º grado, los curas se quedaron con la escuela, así que mi madre decidió cambiarme a otra y, un mes después, como la nueva no le gustaba, insistir con una tercera. Mis mudanzas están en mi mochila desde esos remotos tiempos. Eso plasmó en mi ser no sentir miedo a los cambios, es más, sentirme desafiado en cada uno de ellos, aun hoy a mis 52 años de vida.

Cuando abrí el cuaderno que el abuelo había escrito para mi, sus primeras líneas me emocionaron. Me trajeron un recuerdo de mi niñez que jamás, siquiera, había pasado por mi cabeza. Decía en su encabezado: “Querido Omarcito. Hoy viernes 23 de abril de 1966 comienzo a contarte la historia que quise decirte esta tarde, y que vos, tal vez sabiamente, me sugeriste que la escribiera para ser leída cuando seas más grande.” tan solo con eso párrafo comencé a valorar el amor de mi abuelo. Pero lo que siguió en su escrito fue mucho más fuerte, inesperado, viniendo de alguien que jamás me había importado demasiado.

El cuaderno contiene información para mi. No creo necesario que todos la conozcan, mucho menos cuando considero a las mismas algo que mi abuelo quería que yo heredase de él. El texto es mío. Pero hay cosas que, tal vez, les sirvan a otros, esas a las cuales si haré mención.

El abuelo me cuenta una experiencia vivida en el desierto de Egipto, en Mayo de 1926. Yo recordé, inmediatamente, aquella foto en blanco y negro donde él aparecía montado en un dromedario. En realidad también recordé mi terquedad, al decirle que ese no era él. Terquedad de un niño aventado por las falacias que solía escuchar sobre su abuelo. El alcohol lo había excluido del amor familiar y, lógicamente, yo no era la excepción.

Me cuenta que en el desierto se conoció a si mismo. Que donde no hay nada, donde nada de que asirse, solo queda la esperanza y que ese era su legado para mi. Dice también que cuando estás en el desierto aprendes a sobrevivir a los días inmensamente calurosos, hasta la locura, y en las noches frías que lo continúan, también frías hasta la locura. Así es el desierto, así es la arena que no conserva el calor del día para la noche, ni el fresco de la noche para el día. Si sobrevives a una, pensarás que no puedes sobrevivir a la otra. Pero pronto descubrirás que el círculo de supervivencia eres tú mismo, no el desierto donde estés. Entenderás que el día pasa y la noche también. Que tú no eres ni el día ni la noche. Que ambas son circunstancias que no están bajo tu control. Que tu ser es ser bajo cualquier circunstancia. Tampoco olvides que si encuentras tu norte y lo sigues, aún en la más despiadada tormenta de arena, llegarás al Mediterráneo, y que este estará azul y transparente. Tanto o más de lo que piensas. Lleva solo lo necesario. No te cargues de pesos que te hundan. Ni propios ni ajenos. Nadie te rescata del desierto, porque allí se va solo. Parece cruel, pero es necesario. Cuando llegues al Mediterráneo harás fiesta con otros sobrevivientes que entiendan tu camino. Pero en el desierto solo está uno, para conocerse a sí mismo. Para saber sus propias flaquezas y virtudes.

El texto prosigue con relatos de sus días en el desierto. Datos demasiados personales del abuelo que, imagino, le daría cierto pudor si yo los publicase. Su historia cargada de otras, de las de otros, que encontró en el desierto. Sus historias con mujeres que amó hasta el ahogo, de amores correspondidos y no. Su lucha titánica por atreverse a dejar aquellas cosas de él que lo dañaban. Sus triunfos y sus fracasos detrás de cada intento. Aquél amor lejano, de otro desierto, que devastó su vida. Aquella sed de musas que se reían en su cara, abandonándolo al olvido que las poseía. Las rupturas de aquellas creencias que había enarbolado equivocadamente y que lo engañaban. Hay tanto que contó el abuelo. Pero son cosas que me quiso contar a mi, y yo haré el honor de cuidar su dignidad.

Pero también su texto me dejó clavado un puñal. En sí, fue la última frase escrita de su puño y letra, que aún, tres días después de leerla, no me deja conciliar el sueño, y hasta me ahoga: “Omarcito. Escribí este libro para que lo leas cuando seas grande. Espero que ya no sea tarde cuando lo encuentres”

A mis años, realmente no lo se.

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