Cuando escuches esta historia, tal vez pienses que ya la conoces. Es natural, es una historia sobre hombres profanos, y tu eres uno de ellos si fuiste llamado a leer este texto. En sí mismo no arrojará luz a tu vida, en realidad, tal vez sume desconcierto. Pero soy yo el que no debo dejar de narrártela, a pesar de que seas tu quien pague el precio de su lectura. A mi no me cuesta escribirla. Es natural que tú la leas, tanto como que yo la escriba. Fuiste llamado para lo primero, yo para lo segundo. Aunque en este momento no hay diferencias entre nosotros, sí las habrá después, pues yo seguiré caminado, mientras tú quedes encarcelado en el texto que nunca dejarás de leer. Yo lo escribiré una sola vez. Tú lo leerás infinita cantidad de veces. Una eterna cantidad de veces, aunque ni aún así lo sabrás de memoria, ni comprenderás en toda su dimensión.
La historia se remonta a un lugar sin tiempos, a hombres sin tiempo y, aún así no es leyenda, ciencia ficción o un simple relato inventado por mi. Es una realidad. Yo, también desde infinitos tiempos en el pasado, vengo escribiendo esta historia, la escribo en este presente también infinito, y no dejaré de hacerlo en el futuro sin límite. Esta historia que harás tuya, nunca dejará de ser. No creo que estés preparado para leerla. Nunca lo estoy para escribirla y, a pesar de las infinitas veces que lo hice, nunca recuerdo como empezarla y tampoco su fin.
Todos los hombres están comprendidos en la inmensa muchedumbre de la cual haré referencia. Varones y mujeres, niños y ancianos, esclavos y libertos. Nadie excede ni antecede al texto, como tampoco nadie puede saciarse o no calmar su sed ante el. No temas. Aunque creerás fue escrito para ti, no te pertenece una sola de sus palabras, ninguna de ellas hace referencia explícita a tu persona. Ni mencionaré libros antiguos o nuevos que se hayan escrito, Tampoco haré referencia a libros o textos que pudieran aparecer en el futuro. Todo lo que aparecerá escrito en el futuro, fuera de este texto, será simple polvo. Nada. Y cuando termines de leerlo, volverás a comenzar desde la primera palabra, en forma tan infinita, como infinita es la latencia del sonido que conoces, pero que nunca llegas a escuchar.
Así comienza la historia…….. (debes leerlo, siempre, con voz histriónica de maestra jardinera)
Había una vez un lobito, que había perdido su manada. Aullaba y aullaba, noche y día. Día y noche. Pero nadie lo escuchaba. Ya agotadas sus fuerzas, se preguntó –“¿para qué seguir aullando si nadie me escucha?”- -“¿para qué seguir perdido si nadie me encuentra?- Entonces decidió subir a la cima de una montaña y aullar por última vez. Cuando llegó a lo alto, a lo más alto que cualquier lobito había llegado, se sentó a descansar parra recuperar fuerzas y aullar con todo su aliento lobuno. Pero se quedó dormido y soñó este sueño:
“Era Abril, el tiempo de la cosecha de la miel en el valle donde había nacido el lobito. En los manantiales, como aún no había llegado el invierno, todavía fluían sus aguas con todo vigor. Quedaban muchas flores que poblaban de colores el lugar, y alguna que otra mariposa sobrevolaba en el aire sereno de las mañanas de sol. Incluso, como el verano había sido muy lindo, podían encontrarse frutos en los árboles. Rojas manzanas, naranjas naranjas, negros higos y toda clase de frutos sabrosos. De esos que usaban hace mucho tiempo las abuelas para hacer tortas ricas. Algunas vacas lechera alimentaban a sus terneros con una sonrisa en la boca. Ambos sonreían, las vacas y los terneros. Hasta el toro que siempre parecía enojado, movía la cola de un lado para el otro contento como un perrito.
Como el lugar estaba muy… muy lejos del pueblo, no había hombres ni mujeres ni niños en el lugar. Bueno, no había muchos, había uno, un niño. Estaba vestido con un pantalón azul y una camisa roja con lunares blancos. Tenía sandalias de tela y un sombrerito de paja que le quedaba muy risueño ¡hasta le quedaba cómica la flor que llevaba en su boca! El niño se acercó hasta el lobito, que aún estaba dormido, y con mucha suavidad lo tocó con el palo que llevaba en su mano para defenderse de los lobos grandes. ¡El lobito estaba tan dormido que no se daba ni cuenta! Entonces se agachó y le gritó en el oído al lobito:
-“¡Ey lobito dormilón! ¡Despertaaaaate! Este de un salto, muy sobresaltado, se paró en sus cuatro patas. Tenía mucho miedo del palo ahuyenta lobos grandes que el niño llevaba en su mano. Pero inmediatamente el niño sacó el último trozo de pan que quedaba en el bolsillo de su pantalón azul, y se lo dio al lobito. Luego el niño lo acarició con mucha ternura y le dijo: -“No me tengas miedo lobito, soy un niño como tu. También me he perdido y extraño a mi mamá como tú extrañas a la tuya. ¿Qué te parece si vamos juntos a buscarlas? El lobito se puso tan contento que ni le importó su hambre ni el pedacito de pan que el niño le convidaba. Inmediatamente comenzaron a caminar hacia el sur, hasta cerquita del arroyo. Pronto se dieron cuenta que ese no era el camino correcto. Entonces caminaron juntos hacia el oeste, hasta la roca grande. Como antes, no tardaron en darse cuenta que equivocaban otra vez el camino. Aunque el hecho de caminar juntos los divertía. Estaban aprendiendo a caminar juntos y eso siempre es divertido ¡Tener un compañero cuando estoy perdido! Aunque mi compañero sea tan diferente a mi, como diferentes eran este lobito y el niño. Entonces decidieron caminar hacia el sur, hasta donde estaba el más recontrarequetesuperviejísimo árbol del valle. Pero justo cuando estaban llegando cerca de este recontrarequetesuperviejísimo árbol, el lobito recordó que su madre le había recomendado que nunca llegase cerca del recontrarequetesuperviejísimo árbol porque allí nomás, cerquita de el, estaba el pueblo de los hombres con palos ahuyenta lobos. No supo que hacer el lobito mientras veía a su nuevo amiguito seguir caminando entusiasmado. El niño, al darse cuenta del titubeo del lobito, lo animó a no perder el ritmo. Pero cuando vio que no quería avanzar le preguntó: -“¿Por qué te detienes justo ahora que reconozco el camino a mi casa?”-. El lobito, sin ánimo de ofenderlo, le dijo –“Porque mi mamá me dijo que allí viven los hombre con palos ahuyenta lobos”- -“Claro”- le dijo el niño –“mi padre es uno de ellos, el mejor de los papás del mundo”- Se miraron a los ojos y se hizo un profundo silencio. Pero entonces el niño volvió a hablar y dijo –“Que lindo ¡hemos encontrado a nuestras familias! Si para allá queda mi casa, la tuya debe quedar para el otro lado. Acá cerquita”- Se pusieron muy contentos por el descubrimiento, Saltaron de alegría un ratito largo. Hasta que se cansaron. Entonces se dieron un abrazo y cada uno fue por donde sabía que estaba su felicidad. Por supuesto comieron cada uno la mitad del pedacito de pan que tenía el niño, el que le había ofrecido al lobito cuando lo encontró y que este por el susto olvidó comer. Lo comieron todo, sin dejar una miguita. No sea cosa que al llegar muertos de hambre a casa, sus papás se enojaran con sus hijos perdidos. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado”.
¿Terminaste? ¿Lo leíste? ¿Cambiaste? ¿No? Entonces debes comenzar nuevamente, hasta que logres volver a disfrutar como un niño el cuento de la voz histriónica de su maestra jardinera
Dedicado a Soraya Furfaro, la mejor contadora de cuentos infantiles.
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