lunes, 14 de junio de 2010

Los Iluminados (narración)

-“¡Tienes que cambiar tus hábitos alimenticios! ¡Sino te vas a morir joven como tu tío!”- dijo mi madre. –“¿Cambiar ahora mis hábitos alimenticios? ¡Si fuiste tu la que me los pasó! ¡carne! ¡carne! carne de vaca, carne de pollo, carne de cerdo, carne de hombres, carne de dioses, ¡siempre carne!”- y esa era mi verdad, así me había educado, así me había preparado para ocupar el cargo que hoy ocupo. Por algo tengo esta inteligencia superior que me caracteriza y diferencia de los demás. Por eso puedo saber todo lo que se, mucho más que el resto de quienes me rodean. Por eso mi liderazgo nunca es discutido. Por eso poseo esta tierra, porque soy el único que la merece.

Soy Don Adalberto Ruiz de Piñeiro, soberano de estas tierras. Merecedor de honras humanas y divinas. Conocedor de secretos que ha nadie revelo, porque nadie puede entender. He tenido revelaciones sublimes sobre mi misión en esta vida y en la futura. Revelaciones sobre mi deidad insoslayable, sobre mi pureza indiscutible. Y a quien osa discutirla, el cadalso lo hace entrar en razones. Tal vez sea hora que mi propia madre lo pruebe para entrar en razones y dejar así de discutir conmigo. Sirvió para acallarla un tiempo, cuando mandé a ejecutar a mi nodriza porque no estaba suficientemente caliente el agua de mi tina. Pero con el tiempo, volvieron las discusiones. Tal vez es hora de hacer algo directamente con ella. El Dios Supremo habrá de guiarme, como siempre lo ha hecho.

Recuerdo la monumental fiesta que hicimos en la catedral que construí con parte de mis ganancias, cuando envié el primer cargamento de esclavos a América. ¿Cómo no iba a estar contento todo el clero brindándome pleistecia si yo, Adalberto Ruiz de Piñero, compartía algo de mi gloria con ellos. Ni el obispo de estas tierras lucía con el mismo esplendor que yo tenía ese día. Aun lo recuerdo. Era Abril de 1664. En el mismo tiempo que eran publicadas las Odas a mi nombre que habían compuesto los músicos de la corte, con el genio de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz.

Mientras vivió, Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz fue el más grande genio de la música de este siglo. Fue una picardía haber tenido que mandarlo a ejecutar por las rarezas en que lo envolvió esa loca y enferma niña que conoció en el Perú. ¿Cómo puede ser que un genio de su naturaleza que había escrito semejante obra musical en mi honor, abrace desde su música las enseñanzas de una loca? Y encima intentar convencerme para estrenar una obra que enaltezca esas enseñanzas tan alejadas de la verdad de la santa iglesia? Hubiera querido convencerlo o tener piedad de él, pero no hubiera sido digno del honor de mi nombre.

Angela Carranza se llama esta niña que aun permanece encarcelada en el Perú. Creo que nacida en un lugar llamado Córdova del Tucumán, que es parte del Reino de mi amada Santa España en las tierras descubiertas del otro lado del Océano. A ciencia cierta no tengo gran conocimiento de sus enseñanzas, solo lo que el Obispo me alertó al respecto. ¿Cómo puede abrazarse las enseñanzas de una mujer que escribe cosas prohibidas? De hecho ¿Cómo puede tolerarse a una mujer que escribe? ¿Cómo puede aceptarse que una simple mujer intente discutir teología con los doctores de la iglesia? ¿Cómo puede siquiera accederse a la idea de que ella tenía visiones donde Nuestro Señor Jesucristo se le aparecía tratándola como una iluminada? Ahí recuerdo el nombre de la secta que infiltró con sus enseñanzas en la Iglesia del Perú, Los Iluminados se hacían llamar. Ellos no decían estar en contra de la iglesia, sino contra las santas enseñanzas que por siglos había sido su Magisterio.

La fundadora de esta secta Isabel de la Cruz, había tenido su proceso inquisitorial (1524-1529) y desde entonces la Santa Iglesia no admitió en sus filas a quienes siguieran estas enseñanzas perversas. De esta infausta mujer me dijeron que desde niña, Isabel sentía una unión especial con Dios, abandonando el hogar paterno para dedicarse a la meditación y que, posteriormente se adhirió a la Orden de los Terciarios Franciscanos. Los Alumbrados predicaban la absoluta entrega al amor de Dios, criticando con esas posturas al clero y a los gobernantes establecidos por Dios.

Un siglo después aparece en Perú otra enferma seguidora de estas diabólicas enseñanzas en la persona de Angela Carranza. Vaya uno a saber por cuales brujerías llegó a saber leer y escribir. Nunca me leyeron algo de ella, pero recuerdo una visión que me contaron y que de por si misma habla del oscurantismo en el cual se hallaba envuelta. Dicen que escribió un diálogo con Cristo, donde Nuestro Señor le dijera: -“Tú eres mi espejo y yo tu espejo, y tú el lunar de mi cara y yo el lunar de tu cara…. tú estás injerta conmigo y, como estamos injertos, mis palabras salen por tu boca”. Dios, que solo le habla a los hombres santos y a los elegidos como yo, jamás podría decir palabra alguna a una mujer, pequeña y bruja mujer nacida en tierra irredentas.

Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, conoció a Angela Carranza cuando lo comisioné al Perú para que allí ejecutara la obra que había hecho en mi honor. Honor fue lo que no me brindó cuando se convirtió a esta secta, bajo la diabólica influencia de esta obtusa mujerzuela. Sostenía Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz que él mismo había sido iluminado por el conocimiento de Dios a través de las palabras que Angela Carranza le dijera ¿Quién podría creerlo? ¡Un genio de su talla envuelto en una mentira por una mujer! Debe ser una bella mujer, cautivadora de hombres, para lograr que el fuera subyugado por esa mentira bajo sus encantos. No tuve otra posibilidad que mandarlo a ejecutar y, como antes dije, recuerdo perfectamente ese momento. El día de su ejecución.

Yo quería dar un ejemplo más de mi autoridad incuestionable, así que ordené, no solo que la ejecución fuera pública, sino que la misma sea la más cruel que podía realizarse. Sin embargo fue sorprendente el rostro de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, cuando escuchó la sentencia que el inquisidor dictara a viva voz. No se inmutó. Es más, la tranquilidad de su rostro evidenciaba que no había sorpresa en él. Parecía, más bien, que lo tomaba como un premio. Así había quedado de trastornado por la influencia de aquella mujer.

Había sido decretado que pasara, previamente a la ejecución, por tres días de tortura pública en la Plaza Mayor del pueblo. Yo le pedí al inquisidor que, de retractarse Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, se le perdonara la vida y solo se le impusiera el destierro. Pero no se retractó. Ante cada pregunta que el inquisidor le hacía, Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz respondía con una cita bíblica en latín o con frases ocultas tras un idioma desconocido. Lo peor era que yo desconozco el latín y ni siquiera leo en mi propia lengua, y tampoco me animaba a que el traductor oficial me revelase las palabras que Don Julián decía.

Tres días después de la ejecución, el traductor y el escribiente de la corte pidieron mi audiencia. Me entregaron las Actas de la Indagatoria, Tortura y Ejecución de Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Si bien todos en la corte saben que no se leer, ellos dejaron las actas en mi mesa como para que yo las leyera cuando quisiera, e hicieron un gesto de reverencia para solicitarme permiso de retirarse. Dejé que se fueran sin más. No podía mostrarme débil ante ellos ni ante nadie.

Pasaron otros dos días y nunca di la orden de que archiven las Actas y tampoco nadie se animó ha sugerírmelo. Algo, muy dentro de mi consagrado y magnífico espíritu real me decía que conociera el contenido de las mismas. Al tercer día, cuando ya el Inquisidor había partido de mis tierras, llamé al traductor. El era una de las pocas personas que yo respetaba, ya que no solo me demostraba respecto y sumisión, sino también porque era uno de esos hombres sabios en leyes y escrituras. Estando a solas con él, inquirí sobre el contenido de las Actas, como así también sobre ese oscuro y desconocido idioma en el cual Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz desplegaba frases que hacían brillar su rostro. Cuando el traductor tomó las Actas, le prohibí que las leyera. Le ordené que respondiera a mis preguntas en base a lo que recordaba de las palabras del difunto.

De lo primero que quise desasnarme fue de lo dicho en aquél oscuro idioma desconocido. Me dijo que era una lengua hablada por los bárbaros que habitaban nuestro Reino en las Américas. Una lengua que carece de escritura, una lengua salvaje. Cuando le pregunté porque la usaba en algunas frases Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, el traductor bajó su rostro y noté que era algo que no quería decirme. Se lo ordené y accedió, no sin antes solicitarme piedad por lo que iba a decirme. Yo estaba tan intrigado por saber de que se trataba, que accedí a perdonarle la vida ante cualquier cosa que me dijere. Entonces conocí las profundidades de la locura que había colapsado en la cabeza del reo. En cada una de esas oscuras palabras, se aseveraba que Dios amaba a los pobres más que a los nobles. Que amaba más a los bárbaros de las Américas que a nosotros, los españoles que las estábamos cristianizando. Una locura absoluta, propia de una mente dislocada por las fantasías que lo habían perturbado. Pero había más. También dijo que Dios castigaría los crímenes que yo hacía ¿crímenes yo? Si lo que yo hacia era mandato divino. En medio de tanta palabrería profana e inmunda, también proclamó que la Santa Inquisición era diabólica. Un arma del mal para imponer la oscuridad. Sentí el deseo sangriento de matar, una vez más, al reo muerto hace unos días. De haber entendido estas cosas cuando fueron dichas por Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz, lo hubiera hecho desollar vivo como a aquellos protestantes que quisieron traer su enseñanza a España. Ya era tarde. No importaba, el reo estaba pudriéndose bajo tierra, y su alma –seguramente- ardiendo en el infierno de los réprobos. Pero había más, todavía más blasfemias por decir. El traductor me aseguró que Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz había juzgado mi alma como la de un demonio. Que yo era un perverso asesino de los hombres santos y de la verdad ¡Pero si yo era La Verdad! Me sujetaba a la empuñadura de mi espada con ganas de blandirla ante el traductor y no permitirle seguir hablando. Pero una cosa sabía, yo podía romper una promesa que había hecho, porque mis promesas son siempre La Verdad.

Cuando hubo terminado de hablar, llame a mi fiel guardia personal y les ordené que cortarán la lengua del traductor. Le perdonaba la vida. Según mi promesa lo dejaría seguir viviendo, pero jamás permitiría que osara contarle a algún mortal, las cosas que yo había escuchado de su boca.

Se que aun hoy continua el proceso de la Inquisición sobre esta diabólica mujer Angela Carranza. Espero que sufra aun más de lo que hice sufrir a Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Que tenga en vida un peor infierno del que debe estar padeciendo en este momento Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz. Ella merecía sufrir. Las mujeres nacieron para sufrir. Pero este tipo de mujeres nacieron para morir en la peor de las muertes.

Siento una plena satisfacción cuando mis tropas gritan unánimes ¡Dios salve a su elegido el Rey! y me río del dolor que habrá sufrido Don Julián González Raimundo de Juan Ortiz al ser estacado por el culo, a pesar de su cuerpo entumecido por tres días consecutivos de torturas. Nunca jamás nadie volvió a hablar de él. Las Actas fueron quemadas para no guardar registro de sus heréticas palabras. Su obra musical fue prohibida, incluso aquella Oda que había compuesto en mi honor.

Por supuesto, inmediatamente ordené que Don Alberto Ginastera Alvarez de Aragón, el más importante músico actualmente de mi corte, compusiera una nueva y más sublime Oda en mi Honor, pero esta vez yo la titulé con el nombre Oda al Elegido Don Adalberto Ruiz de Piñeiro Dueño, Señor, Soberano de estas tierras.

(Angela Carranza es la única persona real de este cuento. El 21 de Diciembre de 1688 Angela Carranza fue secuestrada de su casa en Lima, Perú, e iniciado el proceso inquisidor que terminó el 20 de Diciembre de 1695. Encerrada en las cárceles de la inquisición, entablaron contra ella un proceso que duró por espacio de seis años, resultando condenada a “salir en auto de fe público en forma de penitente, con la vela verde, soga a la garganta, y a estar encerrada en un monasterio por espacio de cuatro años”. La ejecución de esta sentencia tuvo lugar el 20 de diciembre de 1693, como consta de una relación publicada en Lima por la Imprenta Real el año 1695. A pesar de haber renegado de sus visiones y escritos, nadie la recuerda como una cobarde. El nombre de esta mujer se conserva aún en todos los pueblos del Perú. También fue destruida toda evidencia de sus letras. Estos escritos llegaron a componer más de 7.500 hojas, en forma de diario, hasta el mes de diciembre de 1688)

Gracias a Liliana Colace, amiga, escritora, directora de teatro y actriz, que me introdujo en la vida de Angela Carranza, y que me aportó mucha documentación para conocer su historia.

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