lunes, 21 de junio de 2010

Los Límites de la Eternidad (narración)

21 de Junio de 1995.

El sueño fue muy profundo. No estoy acostumbrado a esta experiencia de amanecer como, si en vez de haber descansado, hubiera hecho un largo viaje durante la noche. Pero esta vez algo de eso sucedió. Aún no tengo la claridad de hablarlo abiertamente con nadie, no se sí alguien lo entendería, ni sí podría ser coherente mi explicación. Por eso escribiré lo que vaya recordando, aquellas imágenes y sensaciones que pueda poner en palabras, si es que las palabras existen para definir lo inexpresable. Entiendo por vez primera al apóstol cuando decía, después de haber sido arrebatado al cielo que “…oyó palabras inefables que no les es dado a los hombres expresar”. Algo de eso me sucedió, cosas que vi y cosas que –creo- escuché pero que no se como expresar, aunque yo no he sido arrebatado a ningún paraíso. Si ese hubiera sido ese el lugar donde fui no hubiera querido regresar, como quise huir constantemente de este donde fui llevado, no se porque fuerza extraña. Si por mi mismo o por algo que desconozco.

Nada fue diferente durante el día previo. Nada había leído, ni nada me había pasado que pudiera estimular a mi mente para generar este suceso. No hubo noticias diferentes a la de todos los días. Mi trabajo fue normal, con el mismo clima gris de la oficina. Nada en el correo que siempre busco con ansiedad, esperando recibir alguna noticia de mis hijos. Recalenté la comida del día anterior que a su vez era del día anterior y cené solo como la noche anterior, y como la noche anterior cuando cené por primera vez este plato recalentado que ahora pongo sobre mi mesa por tercera vez consecutiva. Lo único nuevo de esa noche fue el vino que tomé, el cual me regalaron mis compañeros de la oficina la semana pasada por cumplir 30 años ininterrumpidos en el mismo trabajo. Solo tomé dos vasos, ni siquiera era un buen vino. Un día gris, un trabajo gris, una cena gris, mi casa gris. Nada que presupusiera lo que me estaba por suceder. Bueno, sí algo diferente sucedió fue cuando mi vecina del 4º C me saludó con simpatía. Eso es raro si pienso en el odio que profeso por su histérico e insoportable perro y que ella conoce muy bien. En tres oportunidades he golpeado la pared cerca de las tres de la mañana, desvelado por los histriónicos ladridos de ese horrible chihuahua que tiene por mascota. Es verdad que ella vive sola como yo y que es muy atractiva, pero la sola presencia de ese inmundo ratón con ojos saltones, ha declinado en mi cualquier posibilidad de acercarme a ella para platicar siquiera. Pero que ella me saludara al llegar anoche a casa, no pudo tener ninguna incidencia en lo que me sucedió al dormirme (hablo de dormirme aunque no se si realmente fue eso lo que hice).

Me acosté en mi cama deshecha como lo hago cada noche -con excepción de los viernes, cuando Aurora viene a asear mi departamento- no sin antes sacudir las cenizas del último cigarrillo que fume la noche anterior. Puse el despertador a las 6,30am e intenté conciliar el sueño… lo que sucedió después es lo que intentaré escribir, no sin antes insistir en que no se si fue un sueño, un viaje, una visión o una pesadilla.

Pensaba en lo monótono de mis días cuando todo se puso negro. Oscuro, profundamente oscuro, como si flotara en una inmensidad más allá del espacio y el tiempo. Comenzaron a sucederse imágenes difusas, como rodeado de gases de colores, algo parecido a las primeras imágenes que el Hubble comenzó a enviar a la tierra el año pasado. Pero yo sabía que no era el espacio exterior, sino que tenía plena conciencia de que las cosas que me sucedían pasaban dentro mío. No se si en mi mente o en mi cuerpo, pero sí que era en mi interior.

El ritmo era lento, pausado. Nada sucedía aprisa. Es difícil explicarlo, pero tampoco era una cámara lenta, sino más bien parecido a los movimientos continuos y circulares del tai chi chuan. Nunca se detenían y era como si después de una forma de movimiento comenzara otra ininterrumpidamente. No me sentía tranquilo. Era una exploración hacia un mundo que desconocía y que –intuía- que no quería conocer. Creo que en realidad nadie quiere conocerse a si mismo de esta forma, desde su propia oscuridad, desde sus propias nebulosas que, aunque irradiaban colores bellos, eran profundamente desconocidas y perturbadoras.

A estas imágenes como del espacio exterior, comenzó a sumársele otra que parecía como seres caminando en un desierto de sal –yo había conocido los desiertos de sal en Bolivia, pero este era diferente-. Era raro, ni se como explicarlo, estaba yo en dos lugares y que era el mismo lugar simultáneamente. No se cuanto tardó en aparecer el primer sonido que fue algo así como el canto de una ballena. Luego sumose una única voz femenina, con una melodía que me resultaba familiar. Creo identificarla con algo que tuve en mente escribir cuando –siendo un joven músico- dirigía el coro de la capilla ortodoxa eslovaca, pero que sabía una perdida de tiempo pues era imposible encontrar una mujer que cantase en esa afinación. Ese sonido entibiaba mi pecho. Si bien yo no sentía mi cuerpo, la sensación de tibieza que percibí producto de esa voz, me tranquilizó profundamente. Luego se sumaron otros sonidos, pero no identificables con normales instrumentos tradicionales, sino con aquellos electroacústicos con los que me involucré a fines de los 70’. Todo fue cálido a partir de allí.

Cuando la imagen de los hombres caminando en un desierto de sal desapareció –no entendí su significado- emergió una imagen fantástica: un inmenso mar, cristalino como nunca hubiera visto en este mundo, se introdujo por mis ojos. No puedo explicarlo mejor, pero eso fue lo que sucedió. Era como que al verlo lo absorbía por mis ojos abiertos, como lágrimas que volvían a sus orígenes. Así lo percibí. No sentí que inundaba mi interior, sino que ingresaba por mis ojos. Nada más. También sentí que regresaban a donde pertenecían esas aguas cristalinas, ese mar inmenso. Sentí que recuperaba mi mar, un océano infinito (no encuentro un significado a esto que escribo, solo cuento lo que experimenté anoche).

Luego, en un pequeño punto de claridad, convergieron momentos de mi historia. Algunas cosas que recordaba y otras que no. Ahí recuperé la inquietud que sentí antes de aquella voz femenina que me hubiera tranquilizado al principio. Lo cierto es que en esa convergencia de mis historias no había ni juicio ni condena, pero me inquietaba saber que todo aquello no estaba en el olvido, sino que podía ver cada parte de mi historia como un presente constante. No como si esas cosas sucedieran nuevamente, sino como si nunca dejarían de suceder. Era como entender que el tiempo es constante, pero no el tiempo presente, sino el tiempo en sí. El pasado, el presente y el futuro, al menos en mi interior manifiesto anoche.

Entonces desde mis entrañas y desde mi boca, comenzó a brotar un color dorado lleno de transparencias que dirigía su camino hacia el punto de luz donde convergían mis historias (insisto en no entender lo que sucedía, ni como explicarlo. Solo detallo las imágenes que experimenté). Y lo que salía de mis entrañas y de mi boca era absorbido por ese punto de luz. Algo así como si todo lo que pudiera salir de mis entrañas o de mi boca, fueran ecos de mi historia y que eran devorados por ella. Como si desde mis entrañas y desde mi boca la historia se formara. Ahora que lo pienso, puede ser que eso quisiera decir en ese instante lo que me sucedía. No lo sé con claridad. Se que lo escrito tampoco es claro ¿Cómo poner en palabras lo inexpresable de esta experiencia? Tal vez haría bien en dejar de escribir y olvidar lo sucedido. Esto sería sencillo si todo hubiera terminado allí. Si no hubiera ocurrido el movimiento siguiente, la imagen siguiente, el sonido siguiente, la percepción siguiente.

Si bien no me veía a mi mismo, ahora sentía mi cuerpo plenamente. Entonces percibí en mi mano izquierda la sensación de tocar una piel amada. No porque lo hubiera hecho en el pasado, sino por todo lo que me transmitió el contacto. Lo que sentí fue más fuerte que lo que vi o escuché antes de ese instante. Como si hubiera tocado los pies de Dios. Pero no lo se, no se que fue, solo lo que sentí y que no puedo describir con palabras humanas. Estaba yo dentro mío, rodeado de imágenes y sonidos incomprensibles y sintiendo en mi mano el tacto de algo sublime, maravilloso, que se me ocurre llamar amor, aunque mi concepto de amor es muy inferior a lo que sentí a través de mi piel. Entonces el océano cristalino que había sido absorbido por mis ojos al principio, comenzó a brotar como si derramara en él mi alma. Lo sentía correr por mi pecho, tan tibio como el perdón que te libera de los pesados yugos de tu propia historia. Algo impensado estaba sucediendo. El mar que mis ojos habían absorbido, se formaba nuevamente ante mi. Un mar cristalino, un océano inmenso. Hasta donde podían ver mis ojos, todo era paz.

Seguidamente escuché una voz. Solo dijo mi nombre. ¿Vos de hombre o mujer? No lo se. Pero sonó tan inmensa como el espacio en el cual viajaba. No existían los límites de nada. Todo era inmensidad. Eterna inmensidad. Dijo mi nombre y sonó eterno, pleno de esa eternidad hacia atrás y hacia delante, desde un eterno pasado hacia un eterno futuro. Fue una sensación muy fuerte la cual sacudió mi ser. Esto me permitió entender que todo ser participa en la estructura del ser, pero que solo el hombre es inmediatamente conciente de esta estructura. Comprendí porque el mito y la poesía intentan superar esta limitación de nuestra función cognoscitiva ¡el hombre es el objeto más difícil de cuantos acomete el proceso cognoscitivo! La yoidad es, en última instancia, una verdad trágica emergente de una autoconciencia deformada por el ego-yo. Descubrí que no tenía límites. Yo no tenía límites. No era un accidente o una casualidad, soy desde la eternidad hacia atrás y soy de la eternidad hacia delante. Creo que la voz que dijo mi nombre lo dice eternamente y, por eso, eternamente existo. La palabra siempre tomó una dimensión impensada como realidad existente, más allá de lo ontológico. Nada sonaba sobrenatural porque lo natural sobrepasaba mi idea de lo supranatural. Lo ontológico era corporizado en aquella voz que pronunció mi nombre. Mi nombre eterno que no era Omar.

Entonces sentí un abrigo, un cobijo que erradicaba mis ansiedades. Y descubrí que existía de siempre más allá de mi ignorancia, de mi falta de percepción del mismo. Eso sobrepasó mi entendimiento. Era paz. Insisto, como si tocase los pies de Dios. No quería cambiar nada de lo que sucedía, pero a su vez sentí que ahora podía cambiar todo lo que me sucedía. Yo no estaba solo. Nunca lo había estado.

Antes de que sonara el despertador, los aullidos histéricos del perro de mi vecina me devolvieron al mundo de siempre, aunque ya no lo percibo igual. Si bien ya es mediodía y no fui a trabajar, supongo que hoy besaré a mi vecina, le compraré comida a su perrito, le daré un abrazo a mis compañeros de trabajo y luego me iré caminando tranquilo. Lejos, muy lejos, donde siempre quise ir.

3 comentarios:

  1. Vaya relato, hermano, alguna parte del final la asocio con su conocimiento sobre la predestinación, debo suponer mucho datos como surreales, sobre la vecina exactamente jejejeje.
    De similitudes diré que también odio a un perro pequeño de esos lanudos de ojos saltones, un día veré si el perro de la abuelita de mi esposa, sabe volar ajajajja, (mentira)

    Un placer dejar un poco de seso empeñado en su visión, hermano.

    Saludos desde Perú.

    ResponderEliminar
  2. ja ja ja No puedo eludir mi Calvinismo en los relatos. ¡Ni mi odio por esas cosas que algunos llaman perros y que nada tienen que ver con nuestros amados y fieles amigos!!!!

    ResponderEliminar
  3. Cierto, cierto, mil veces cierto! Más tienen de ratas que de canes. jajajaja. Vaya que vemos cierto ángulo del mundo de manera similar, hermano.
    Saludos!

    ResponderEliminar