viernes, 4 de junio de 2010

Los treinta hombres perdidos (narración)

Los documentos que llegaron a mi oficina hace dos años, no tienen detalles de su procedencia. Solo algunos giros idiomáticos me hicieron pensar que fueron escritos en Leipzig a fines del siglo 19, tal vez por un judío de la diáspora. Inmediatamente me comuniqué con Gerard Von Brotzman quien solía ayudarme en mi oficio de traductor de textos antiguos, cuando quedé sin trabajo en la cancillería, despedido por mi postura frente a la expropiación por parte de mi gobierno a las tierra de mi viejo amigo Sibelius Frenken.

Gerard Von Brotzman era un verdadero erudito en toda clase de idiomas arcaicos y, por ende, dominaba mucho los no tan antiguos como el del documento que recibí, escrito –tardé en darme cuenta- en bielorruso anterior. Su padre había servido con cierto status de consejero en el gobierno de Slovenia –creo- donde tuvieron que huir cuando descubrieron su pasada raíz judía. Eran tiempos convulsionados, donde el simple color de ojos despertaban dudas separatistas en los hombres. Fue su padre quien lo introdujo en las ciencias de las lenguas antiguas. El lo hacía por snobismo, en cambio Gerard lo hizo por vocación, una vocación que lo sumió en búsquedas no solo intelectuales, sino profundamente existenciales. Encarnaba cada texto investigado, como si éste hubiera sido escrito para adquirir revelaciones escondidas del resto de los mortales. Por eso recurrí a él. Yo sabía que, si había algo oculto en el documento que recibí, Gerard daría en el punto, y yo me ahorraría muchas noches de desvelo.

El documento solo constaba de treinta páginas, con innumerables palabras borradas o corregidas. Daba cuenta de un descubrimiento que, según su introducción, debería permanecer sellado para que no sucedieran cosas calamitosas en la humanidad. Eso me sorprendió, pues nunca me interesaron estas cuestiones. Tal vez me sorprendió que esta vez si me interesara, pues parecía que su contenido era serio. Su título era Трыццаць чалавек страціў. –podríamos traducirlo del bielorruso anterior como: Treinta Hombres Perdidos- e inferí que cada página escrita era la descripción de uno de estos hombres, del resto se encargaría Gerard Von Brotzman.

Después de hacerle llegar los documentos por correo, estuve un año sin saber nada de él. Le envié una epístola indagando sobre su silencio. Nunca respondió. Dejé pasar otro año, y dos cartas más que tampoco respondió. Entonces decidí trasladarme a su ciudad, utilizando un pequeño ahorro de ese último año. No era fácil trasladarse al pequeño pueblo en la montaña donde vivía y, ni siquiera sabía si habría de encontrarlo, ni al pueblo ni a él. Igualmente emprendí la empresa de su búsqueda, no sin antes alojar en mi cintura el fiel .44 rusian que había pertenecido a mi difunto padre.

Seis días tardé en llegar. Cuatro días en tren y dos días a caballo. Cuando llegué al lugar comprendí la elección de Gerard. El lugar era el refugio perfecto para ejercer su vocación. El lugar en sí mismo, era tan arcaico como los textos que solía traducir. Era un lugar tan distinto a todo lo que yo conocía, que ni siquiera podía datar, a primera vista, la antigüedad de sus construcciones. Me llamó aún más la atención que el lugar careciera de iglesia, pues Gerard solía decir que no existía nada en el mundo que lo alejaría de ejercer su fe. Era lo único que no me dejaba ver en ese lugar, un pueblo perfecto para él. Más me sorprendió aun descubrir que cuando pregunté por él en la única taberna del pueblo, todos lo llamaron con su apodo local : “el viejo”. -¿Gerard, el viejo?- pensé. Si solo tenía dos años más que yo y su apariencia siempre fue la de un hombre sano, pulcro, de barba trabajada prolijamente… bien, solo pensé en ello un momento y salí a su búsqueda en la dirección que me dijeran los parroquianos. Según ellos, me resultaría fácil encontrar su casa, si seguía el único sendero que conducía a ella. Y de hecho así fue, aunque en nada se parecía a la casa en la cual imaginaba viviendo a Gerard. Grité su nombre desde la primera puerta y salió un bravo perro a mi encuentro, justo un perro que creo era lo único animal que sabía odiaba Gerard ¿podría haber cambiado tanto? Esperaba desasnarme de esto inmediatamente. Cuando el perro se cansó de ladrarme, volví a insistir gritando su nombre. Está vez el perro no ladró. Con algo de temor por la respuesta del perro, abrí la puerta y atravesé el jardín –absolutamente abandonado- y llegué hasta la puerta principal que estaba entre abierta. Golpee fuertemente la misma y tampoco hubo respuesta. Así que me dispuse a entrar sin más. Sabía que eso no ofendería a mi viejo amigo.

********

Recuerdo perfectamente el día. Era 25 de Abril, cuando el santoral recuerda al mártir San Segundo. No es que sea adepto a los santos ya que soy protestante, pero lo recuerdo perfectamente por ser el día del natalicio de mi estimado amigo mallorquí Tercero Literalis –nunca supe si ese era su verdadero nombre-. Lo que jamás pensé fue que al abrir la puerta encontraría un desorden similar al que ví en casa de Tercero cuando lo visité por recomendación de nuestro mutuo amigo Aníbalus Alejandrus, quien estaba preocupado por la salud emocional de Tercero que había perdido al gran amor de su vida. Pero el desorden era aun mayor en casa de Gerard que en casa de Tercero. El hedor del lugar era nauseabundo. Hasta había estiércol seco de su perro. Aun mayor fue mi sorpresa cuando distinguí la figura de Gerard detrás de un arrumbado escritorio lleno de papeles y telas de arañas. Estaba irreconocible. Entendí porque los parroquianos lo apodaban “el viejo”. Su apariencia en nada condescendía con la del hombre que conocí. Estaba flaquísimo, despeinado y con una larga y desprolija barba. Lo llamé por su nombre y levantó la vista mirándome, pero sin parecer reconocerme. Bajó su vista y siguió inmerso en lo que estaba haciendo. Me acerqué, apoyé mi mano derecha en su hombro, y ví que ni aún así dejaba de escribir, con una letra que ya no era la suya, algo que entendí inmediatamente que eran comentarios sobre el documento Трыццаць чалавек страціў que yo le había hecho llegar para su traducción hacía unos años atrás.

Atiné a preguntarle que estaba haciendo. Su única respuesta fue: -“No me detengas”- y agregó con una voz que yo desconocía en él –“La humanidad está en juego”-. Como no dijo nada más, comencé a leer algunas de las muchas carillas que llevaba escritas. Tantas como para publicar dos volúmenes de una obra mucho mayor. Simplemente supe, al leer la primera de ellas, el descubrimiento que Gerard había hecho. El documento decía claramente donde estaban los Treinta Hombres Perdidos, sus nombres y sus incidencias en los sucesos que habrían de acontecer al final de los tiempos. Me alarmé. Me asusté. Eran datos muy precisos y creíbles. No quise leer más.

Ahora vivo encerrado en mi nueva casa en las montañas. Alejado del mundo, casi sin contacto con los hombres. En el documento figuraban los nombres de los Treinta Hombres Perdidos. El nombre del hombre 28 era Gerard Von Brotzman. El del 29 era mi nombre. No quise leer el 30…

No hay comentarios:

Publicar un comentario