En el género humano, la exclusión es un hecho cotidiano desde que el hombre es hombre. Hoy nada ha cambiado esto. Somos exclusivistas y excluyentes. Por más que hablemos de progresismo, humanismo o postmodernidad, siempre buscamos estar con pares y, muchas veces, hasta por ahí nomás.
Pero la rama más terrible de la exclusión ya no es solo la colectiva. La más terrible y despiadada, es aquella que se genera desde uno mismo, excluyendo desde uno mismo al otro que me ama. Es terrible porque no lo excluye porque sea diferente, sino porque no estamos dispuestos a estar desnudos frente a ese otro. Permitir que me vea tal cual soy, desprovisto de trincheras y escudos que me dibujan una falsa personalidad. Una identidad para no ser. La gente no se banca el amor. Exponer sus debilidades ante el. Tiene miedo. Se paraliza ante el amor verdadero. Cree que el precio es demasiado grande. Creen que, de seguro, fracasarán. O, peor aún, que es una mentira imposible de sostener. Y así transitan la vida, frustrados, casi visceralmente alejados de darse cualquier posibilidad de ser felices. Yo lo sé. He sido así. Un hombre lleno de escudos y con trincheras provistas a cada paso. Jamás dispuesto a pasar el límite. Alguna vez, cuando lo hice, el terror me hizo retroceder. Era un necio.
Pensé irremediable ese destino, como intransitable un camino diferente. Estaba acostumbrado a sobrevivir de este lado y, cuando recibía una invitación para cambiar, el pánico me dejaba tieso. Me descubría catatónico ante una insinuación de amor que no podía dar por tierra, que no podía repeler…. en uno de esos días de batallas internas me encontré con mi padre. Es la única vez que no lo recuerdo en estado de ebriedad. Todos decían que en su lucidez era insuperable. Que uno podía hablar con él de cualquier cosa, y encontrar respuestas. Esa no era mi experiencia. Más bien, mi experiencia era todo lo contrario.
Su rostro era diferente ese día, algo parecido a lo que contaban aquellos que habían tenido trato con él en sus momentos de sobriedad. Entró en mi habitación –estaba yo acostado- y sin mediar palabras se sentó en mi cama y comenzó a rascarme la espalda como cuando era un niño. Mi madre entró en ese momento y, ante la inesperada escena, se retiró de mi cuarto. Ellos no se hablaban hacía ya tiempo. Yo tampoco le hablaba hacía 8 años. Pero él sí habló esa noche. Habló mientras yo seguía mirando para otro lado, no se si por sorpresa, o porque quería no romper ese regalo que estaba recibiendo. Tal vez porque me sentía más seguro en mi trinchera.
No sé que pasó esa noche, pero algo se rompió…. un escudo o tal vez mi soberbia, o mis miedos.
Primero me contó un cuento infantil. No entendía porqué lo hacía, pero lo escuché. Hoy sé que lavaba las afrentas de la distancia. Del tiempo que había perdido, del tiempo de no querer ser papá. El necesitaba encontrarme como hijo, para descubrirse, tal vez, como padre. Aún no sé porqué solo lo hizo conmigo. No sé porque no lo hizo con mis dos hermanos, o incluso con mi vieja. Nunca tendré esa respuesta, tampoco me pesa.
Después del cuento, dejó de rascarme la espalda y comenzó a acariciarme la cabeza. Nunca había sentido esa dulzura. Eso me pudo, me aflojó el alma. Ya no me pregunté que le pasaba, sino que me permití disfrutar el momento. Pero ahí comenzó a hablar. Ya no solo a contar un cuento y hablar, sino a hablarme a mi. Me contó que ese día estaba decidido a cruzar un límite autoimpuesto en el dolor de su pasado. Yo tenía 21 años y poco perdón para él en mi vida. Realmente hacía pocos meses que había comenzado a experimentar el perdón hacia mi mismo. A no echarle la culpa a los demás. A hacerme cargo de mis errores. A cruzar del otro lado y ser diferente. A dejar mis otros dioses como el rencor, la música o el reviente escénico de la vida que me había autoimpuesto. Y mi viejo me decía que venía esa noche para ayudarme a cruzar este otro límite. El de nuestra distancia. No sé todo lo que dijo, solo sé que pensé en él en términos de papá por primera vez desde los 9 años. Que toda mi dureza hacia él quedaba en el pasado, pero no sepultada en el pasado, sino inexistente. Hacía poco que yo era un hombre nuevo, y pude sentir que me acariciaba la cabeza un papá nuevo también. Yo no hablé. Nada le dije. Solo lo perdoné a él como me había perdonado a mi mismo pocos meses atrás.
Fue la madrugada del 7 de Julio de 1979. Al levantarme –era un sábado- recibí un telegrama de Italia, diciéndome que había muerto mi viejo. Justo a la misma hora que yo lo perdonaba y me reconciliaba con él.
Aquel día, hermano, aquel siete de julio, yo tenía un día de nacido, y nacia también una historia muy similar, 28 años despues, mi padre me dio el primer abrazo seguido de un te quiero, y cruzamos el límite.
ResponderEliminarUn abrazo, gracias por compartir esta experiencia.
Cuantas cosas nos unen hermano y no nos conocemos personalmente.
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