viernes, 4 de junio de 2010

Tres secretos para las tormentas (narración)

Así como me ven, soy sobreviviente de un Huracán. De uno de verdad. Por lo menos una vez al año lo verán en algún programa del Discovery Channel. Fue en Agosto de 1992. Las voladuras de techos, los árboles arrancados que ven en televisión, no se comparan jamás con haber estado allí. Si bien en casa solo arrancó las ventanas y produjo una catarata de agua por la escalera que iba de las habitaciones hasta el living, lo que uno guarda grabado es su propia fragilidad ante tanta potencia de la naturaleza.

Otra vez, mientras navegaba, nos sorprendió una gran tormenta que nuevamente hizo patente esta fragilidad a la cual pertenecemos. Ni contarles de un terrible accidente de automóvil que pasé en 1982; o de la vez que asaltaron la fábrica de un tío y me tomaron de rehén en 1971, donde un .38 special era puesto amartillado en mi cabeza. Todos recuerdos de la fragilidad de la que antes hablé.
Tengo amigos colombianos que sobrevivieron al más devastador terremoto de la historia de ese bello país, y que siempre evidenciaban el mismo sentir de esa fragilidad al contar aquella historia.

Pero ninguno de estos hechos son más peligrosos que mis tormentas personales. Esas que nacen de mi propia naturaleza. Huracanes propios, gestados desde mis debilidades, desde mis errores, de este ser kamikaze sin querer morir. Creador de tormentas que podría evitar cuando las anticipo, pero en las cuales me sumerjo igual de puro huevón.

Hoy estoy en una tormenta muy propia, que amaina de a ratos para retomar su dureza. Una tormenta con claras puertas de escape, por las cuales me niego a pasar, no porque me guste estar en la tormenta, sino por la estupidez de querer saber que pasa en ella, de vencerla, de sentir que puedo, que da felicidad superarla, que hay un final feliz en cada una de ellas. Otra huevada.

Pero esta tormenta, a mis años, es especial. Verdaderamente especial. No es una tormenta de vientos huracanados, sino de un terremoto que derriba estructuras que eran firmes. Un terremoto que he creado al pedo, dicen mis amigos que saben de terremotos. Pero acá estamos, sin procurar atajar lo que se rompe y cae. Sin intentar evitarlo.

Me doy cuanta también que ocasiono las tormentas, las mías, no para vencerlas, sino para vencerme. Me es fácil realizar cambios personales en medio de la tormenta, más que en medio de una paz concienzuda. Esto es un defecto, no una virtud, porque nunca estoy solo en mis tormentas. En ellas me venzo, pero en mi victoria otros mueren. Son aquellos que, como los techos de las casa de Agosto de 1992, no estaban preparados para semejantes vientos.

Todo esto me recuerda una historia que quiero contarles: En una selva en Indonesia, en alguna de sus 17.508 islas, donde habitan más de 237 millones de personas, en su frontera con el territorio indio de las Islas de Andaman y Nicobar, vivía un hombre que poseía un libro con antiguas anotaciones de un antepasado de su familia. Imam Kiki Samudra era el nombre de quien había hecho estas anotaciones a finales del siglo XIX. Más exactamente entre mayo de 1887 y abril de 1893. El libro, a saber, era un preciado bien que se entregaba al primer hijo varón –descendiente de Imam Kiki Samudra- cuando cumplía la mayoría de edad. El fin de este traspaso, era que ninguno de sus descendientes cometiera los mismos errores que él había cometido antes de escribirlo. Pero nadie tenía acceso a su contenido, solo aquél en quien depositaban su guardia.

A principios del siglo XX, Imam Kiki Samudra fue muy reconocido por su sabiduría. Por su forma de vida llena de paz. Siempre era consultado para dirimir todo tipo de problemas o pleitos. El problema era que él se negaba a revelar ciertos secretos que sabía, porque quería que estos fueran solo heredados por sus descendientes varones, algo muy propio de los musulmanes indonesios.

Incluso, son increíbles las historias que se cuentan sobre el equilibrio que había logrado en la convivencia con sus tres mujeres. El podía convivir con ellas en total armonía, a pesar de que cada una venía de diferentes tribus y ni siquiera profesaban la misma religión. Atma, la primera de sus mujeres, era de origen incierto. Poco se sabía de su vida y personalidad ya que permanecía voluntariamente casi sin contactos con el resto de la tribu. Se decía de ella que, a los 17 años, abandonó la orden católica Ordo Clericorum Regularium Matris Dei para ir a vivir con Imam Kiki Samudra. Jaya era la más bella y popular. Toda la tribu la amaba. Era hija del primer reverendo protestante que había llegado a esas tierras. Ella servía a los necesitados con una entrega apasionada, pero a su vez, participaba de cuanta fiesta popular fuera realizada en el pueblo. Era la más pública de sus tres esposas. Luego estaba Megawati quien, a pesar de los tiempos que corrían, donde todo pertenecía a los hombres, fue capaz de desarrollarse en diferentes artes, ser creativa, líder nata, aunque excesiva y frecuentemente áspera en el trato con sus semejantes. Ella no profesaba fe ninguna, era egoísta y decían, era quien menos correspondía a su marido.

Todo esto es una evidencia de la sabiduría de este hombre. Pero había mucho más que contaban. Como cuando una vez el gobernante de una de las islas cercanas llegó donde Imam para pedirle consejo, y que luego de consultarlo, volvió a su isla y liberó a los esclavos.

Imam Kiki Samudra tenía conocimiento más que el resto de los mortales, y ese conocimiento quiso que fuera su herencia para las generaciones de su familia que lo sucedieran, y por eso escribió las anotaciones de la que hice mención.

Tuve el privilegio de conocer en uno de mis viajes a Kiki Syahnakri quien en ese entonces poseía el libro. Este era descendiente directo del creador de aquellas anotaciones y a quien se las habían entregado, siguiendo la tradición familiar, al cumplir su mayoría de edad, para que guarde celosamente su contenido.

Kiki Syahnakri era un personaje muy diferente a su sabio antepasado. Kiki era pro occidental. Solía ponerse ridícula ropa moderna, no porque le gustara, sino para llamar la atención, como una forma de mostrarse diferente de la imagen del indonesio medio de esos años. Incluso recuerdo que escuchaba tangos.

Kiki Syahnakri era profano por naturaleza. A pesar de ser musulmán, bebía alcohol sin problemas, aunque el problema era que cuando bebía no dudaba en relatar el contenido de las anotaciones secretas heredadas de su antepasado. Tuve la suerte de tomar una botella de ron con él. Tuve la revelación de escuchar palabra por palabra, como los musulmanes aun recitan sus historias, todo el contenido de aquellas anotaciones.

No se si fue por el ron que, a pesar que no soy musulmán, me afectó tanto como a él, que solo recuerdo tres de las anotaciones que me comentó y las cuales me han servido en cada una de mis tormentas.

1- El círculo es una estupidez inventada por los hombres. Quien evite el círculo, evitará cometer los mismos errores.

2- Los sabios, en su sabiduría, pelean por crear lo inexistente y son devorados por la necedad.

3- Los labios de la mujer despiadada, para ser vencidos, no deben ser besados.

Creo que los tres me han servido en mis tormentas. El 1 y el 2 me sirven en mi actual tormenta; pero nunca olvido el 3.

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