Siempre te recuerdo. A veces pasa algún tiempo, pero recurrentemente siempre… siempre, tu imagen aparece en mis días. Pero lo de hoy fue un flash. Viajaba en el tren de Constitución a Quilmes y, como siempre lo hago, iba sentado en la puerta con mis pies en los escalones, no porque el tren estuviera lleno, sino por esa cosa adolescente que conservo a mis cincuenta y pico, que no “queda” con un profesor de teología, pero que me importa un rábano. Iba pensando en nada y de esa misma nada emergió nuestra canción. Hacia años, si años que no la recordaba y décadas que no la cantaba. En un instante dejé de ver el paisaje que tanto disfruto desde la puerta del tren, y apareció tu rostro y tu voz entonando aquella canción que nos identificaba, que hicimos nuestra.
Estabas como suelo recordarte, cara de niña que dejaba de serlo, ojos amados y expresivos, tu cabellera castaña y lacia, los aros de siempre, tu vestido de hilo marrón y toda la frescura que emanabas.
En el tren sentí como cuando me tomabas del brazo y caminábamos por el medio de la calle cantándola a viva voz. Recuerdo que nadie osaba ponerse delante nuestro cuando transitábamos unidos cantándola en las calles del centro de Buenos Aires. Nunca nosotros solos, éramos miles, siempre miles que la cantábamos. No era moda, era convicción de jóvenes que soñábamos. Cantábamos muchas otras, pero esa era la nuestra.
Recordé especialmente una ocasión en que, mientras la cantábamos, te observé de una forma especial ¡Como brillabas ese día! Vos no te diste cuenta que yo había dejado de cantar solo para mirarte. Fue aquél día que, yo con mis 16 y vos con tus 18, conocimos juntos por primera vez las caricias sin secretos, nuestros cuerpos por primera vez desnudos y el deseo de prolongarnos hasta el amanecer ¿te acordás? ¿será por eso que ese día estabas especialmente bella para mi…? Aquél descubrimiento mutuo y primerizo para ambos, que disfrutamos tantas veces más en los tres meses que nos permitieron estar juntos.
Recordé cuando te conocí en aquél BaRock de 1974. Amigos en común nos presentaron y nos dimos un beso cuando Color Humano tocaba “Larga vida al Sol” ¿te acordás? Ese día no pasó mucho más que eso entre nosotros, hasta que nos reencontramos en Diciembre del 75’. Mes de nuestra revolución solíamos decir para reírnos o besarnos.
Luego nos cubrió la oscuridad. Solo tres meses juntos. El tiempo se tornó destructivo… nada más supe de vos.
Cuando llegué a la estación de Quilmes, junto a cientos de personas que bajaban del tren, cierta mezcla de inquietud, emoción y nostalgia me invadieron. Pensaba en vos y en nuestra canción que trajo tu imagen a mi mente. Sentí en medio de ese mar de gente, la inmensa soledad de tu ausencia. De tu desgarradora ausencia…
Recordé cuando hace unos años, hablando a los jóvenes estudiantes en Princeton, te imaginaba sentada en primera fila junto a mi esposa, disfrutando tanto como ella, esta oportunidad que me daba la historia de hablar de tu historia, nuestra historia, la de tantos argentinos que como vos, fueron acallados brutalmente porque solo cantaban ideales, utópicos ideales. Por supuesto que nada le dije a mi esposa de lo que sentí por vos en ese momento, ni que te imaginaba sentada a su lado. Algo de pudor debo haber sentido o, tal vez, miedo de no ser comprendido en toda su dimensión. Pero ese día sentí pensando en vos, lo mismo que hoy en ese mar de gente en la Estación de Quilmes. Esa emoción de saber que disfrutarías escucharme….
Nuestra canción era solo eso. Una canción. No era ni un arma, ni una declaración de guerra. ¡Nos reíamos cuando la cantábamos porque hasta nos resultaba sonsa! ¿A que mente idiota se le podría ocurrir que dos adolescentes que se amaban, hicieran de esa consigna el lev motiv de sus vidas? Para nosotros era una canción de amor porque la aprendimos juntos. Porque la cantábamos juntos. Porque nos reíamos cantándola. Porque íbamos del brazo cantándola. Porque amábamos sentirnos juntos en un proceso de cambios que creíamos imparables.
No se donde estás. Sé que no estás. Sé que no tengo forma de contarte lo que hoy me pasó….. pero igual te cuento: me detuve en medio de esa marea humana en el hall de la Estación y canté en tu honor, en honor de nuestro amor adolescente, aquella canción. Nuestra canción.
♫ Con los huesos de Aramburu, ♪ con los huesos de Aramburu, ♫ vamo’ hace’ una escalera, ♪ vamo’ hace’ una escalera, ♫ pa’ que baje desde el cielo, ♪ nuestra Evita montonera ♫
Y emocionados y riéndonos, nos fuimos caminando juntos por la peatonal, del brazo y, como antes, nadie osó ponerse delante nuestro.
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