martes, 27 de julio de 2010

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad (narración)

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia. Sea que llegue solo a mis tobillos o que deba estirar mi cuello para no ahogarme, he aprendido que si no los cruzo con serenidad, me sepulta su fuerza. Mis primeros ríos me revolcaron duramente, pero fui aprendiendo a mirar, a esperar, a palpar y a percibir al río. Desgraciadamente lo aprendí solo, pues ni de una orilla ni de la otra, hay mensajes seguros de donde pisar el lecho y dar el siguiente paso. Hay buena voluntad de ambas orillas, pero al río lo cruza uno mismo. Solo, como solitario es el río.

Recuerdo el Río de Oro en el Impenetrable chaqueño. Su cautivamente magia llena de mansedumbre invitaba a atravesarlo sin demasiada precaución. Cuanta belleza y quietud aun atesora mi memoria sobre el paisaje salvaje de aquél lugar. Un momento a solas de descanso en mi estadía con los Tobas y me abrazó una necesidad casi imperiosa de atravesarlo. Era calmo, sus colores trasmitían paz al igual que los sonidos de tantos pájaros desconocidos para mi ¿Cómo no cruzarlo si la invitación era cautivante? ¿Cómo no despojarme de mis atuendos transpirados para sentir su frescor? No caminé ni un metro en su interior y comencé a hundirme en su fondo de lodazal. Un fondo que no se veía, o que no sabía como era pero que esperaba por mi. La mano ruda de Lagrenqo me salvó de ese río. El era toba. El conocía el río. Luego del rescate mirándome sonrió, dijo no se que cosa y ni quise preguntar.

No olvido cruzar el Quemquemtreu montado en la India, la pura sangre de Daniel ahora devenida en nuestro transporte para llegar a la casa atravesando el río ¡Cuanta seguridad nos daba su musculoso cuerpo y sus pasos firmes en medio de la corriente! Pero un día decidió no cruzarlo y lo que era nuestra seguridad se transformó en nuestra incógnita. Estábamos tan acostumbrados a cruzar ese río sobre su fuerza que nunca supimos hacerlo con la nuestra. Pero estos dos recuerdos son de ríos palpables, geográficos, bebibles. Hay otros diferentes. Ríos que dejan secuelas, como el de la traición, el desamor, la enfermedad o la muerte. Yo he atravesado varias veces a cada uno de ellos, con excepción del río de la muerte, a quien aún no crucé y que es –a su vez- el que menos me importa, ni ahora que falta poco.

Siendo niño la lectura de un libro, cuyo título no recuerdo, fijó en mi imaginación desde aquél entonces cierta intriga por los ríos. Mi madre sostenía que nunca leí ese libro, que fue en realidad un sueño que tuve. Se lo he discutido varias veces, pero tal vez tenía razón ya que no volví a ver ese texto, y cuando pregunto a personas con gran conocimiento literario, todos dicen desconocer la historia. Lo cierto es que, más allá de que haya sido un libro impreso o un sueño de mi niñez, la historia quedó fijada en todo mi ser a lo largo de esta vasta vida que se acerca a su fin.

La historia del libro -o de mi sueño-, narraba un episodio de la vida de Lykaios, quien siendo un efebo fue obligado a participar del rito de paso en las fiestas arcaicas de las Liceas. Se hallaba Lykaios en su tercer año de espera –sabemos a ciencia cierta que para romper las consecuencias del rito de paso, deben cumplirse nueve años sin comer carne humana- cuando en su vagar bajo el encanto de la luna llena y perseguido por los hombres que habitaban al pie del Monte Liceo, llegó a la orilla del río Caico, aquél donde el hijo de Hermes fue arrojado cuando era conocido como río Astraeus.
A Lykaios no lo perseguían por los efectos del rito de paso, sino porque fue el único efebo que se animó a pasar por el recinto prohibido donde ninguna sombra era jamás proyectada. Lykaios atravesó el recinto prohibido dejando sus pisadas sobre las cenizas de los sacrificios celebrados cada nueve años a Zeus Liceo –el texto no aclaraba si Lykaios había cometido este sacrilegio antes de probar la carne humana mezclada con la de lobo o después, ya mutado en un efebo lobezno-. Nadie perseguía al joven por los efectos del rito, sino por lo sacrílego de su acto. Merecía morir. El clan, que se reunía al pié de la montaña cada nueve años para celebrar el rito, lo había decretado.

El río Caico brillaba en su hermosura. Era amado tanto por la gente de Elea, como por la gente de Pitane. Es que ambas aldeas debían al Caico la calidad de sus tierras fértiles. Aunque Elea obtenía su estabilidad económica del puerto de Pérgamo, reconocía que gracias al río Caico podía disfrutar de una vegetación tan bella. Lógicamente en nada de esto pensaba Lykaios al llegar a su orilla. El estaba agotado –a pesar de lo que dicen las fábulas, ningún hombre lobo puede correr demasiado rápido ni lejos, al menos los que nacen en el rito de paso- y el río era su salvación, ya que nadie del clan que se reunía al pié de la montaña sabía nadar. Pero tampoco Lykaios, quien sabía que podía perecer en el intento, pues si los dioses no habían ayudado al hijo de Hermes, menos lo harían con un simple joven lobo que había cometido el sacrilegio de cruzar el recinto prohibido (en realidad no se cuanto de lo que digo formaba parte del texto leído en mi niñez –o de mi sueño- y cuanto es producto de las investigaciones que a lo largo de mi vida hice). Lo cierto es que Lykaios estaba tocando la orilla de las aguas con las puntas de sus patas delanteras, sin saber si los lobos podían nadar.

-“Los ríos son peligrosos”- solía decir mi abuelo materno, quien fue marinero toda su vida. El prefería el mar. Recuerdo de niño verlo perderse nadando en la distancia hasta desaparecer su cabeza del horizonte para, luego de cierta angustia por la espera en las playas de Necochea, verlo regresar brazada tras brazada hasta la orilla. Creo que fue en aquellas vacaciones cuando leí –o soñé- la historia de Lykaios. No lo sé. Tal vez no fue un acierto callar la historia, hasta que en mi adolescencia se la conté a mi madre. El problema es no recordar el nombre del libro ni la circunstancia en la que lo leí, o si fue un sueño, recordar el momento de despertarme del mismo, el lugar, la circunstancia. Nada recuerdo, pero cuando pienso en las imágenes que generó en mi ese texto –o sueño- es como que aun puedo palparlas.

Lo cierto era que Lykaios estaba de pie a orillas del río Caico -¿o era yo? tampoco lo se- y al darse vuelta vio las luces de las antorchas que la horda llevaba en alto ya próxima a alcanzarlo. Su única alternativa era cruzar el río. Uno que él nunca había cruzado. Pero uno en esas circunstancias no piensa con cordura, tal como tantas veces lo hice yo al cruzar ríos que desconocía. Pero él era un joven lobo y sabía que nadie ayuda a un lobo solitario a cruzar sus ríos, tanto como sabía que solo en la otra orilla estaría a salvo. Podía morir en el intento de cruzarlo, pero moriría seguro si caía en manos de la horda de justicieros que se acercaban. Lykaios carecía de la serenidad suficiente para tomar una decisión sabía. Entonces se internó en la corriente del río.

Lykaios recordó, en ese momento, la necedad cometida cuando rehusó sumarse como efebo a las filas del ejército. Era la edad estipulada para todo adolescente. Era ir al ejército o enfrentar el rito de paso y cargar su destino de lobo por nueve años. Creyó que sería más fácil ser lobo por un tiempo que militar peleando por una causa que no era la suya. Era un joven con ideales. Algunos dicen que ser adulto es la pérdida de los ideales y, tal vez por eso, Lykaios se rehusaba a serlo. ¿Quién no cree a esa edad que los ideales se cumplen? Pero los adolescentes no saben que el mundo estalla cuando quieren cambiarlo, porque los adultos no permiten que nada cambie. El eligió el rito de paso pensando que pasados los nueve años, seguiría siendo el mismo. Al sentir la corriente del Caicos pensó, por vez primera, que estaba equivocado. Así son las corrientes de los ríos, nos hacen frustrar nuestros más adolescentes ideales. Todos, el del amor, la valentía, la dignidad.

Tan solo avanzó una par de metros y lo arrastró raudamente la corriente. Se desesperó. Maldijo su elección y su destino. Gritó el nombre de su madre e invocó a Zeus, a quien había blasfemado al cruzar el recinto prohibido y dejar sus pisadas marcadas en las cenizas de los sacrificios. Supo en un instante que nada ni nadie lo rescataría y que su elección fue en realidad la sepultura de sus ideales. En su mente una secuencia de imágenes se sucedían unas tras otras. En un principio precipitadamente. Luego con cada vez mayor lentitud. Sintió en un instante que volvía a ser un humano. También la mano de Dafne –su amada abandonada por sus ideales- acariciándole el rostro. Eso le dio serenidad y dejó de luchar contra el río. Entonces vio el rostro de aquél hijo de Hermes quien –sonriéndole- le dijo que podía vencer al río. Era cuestión de serenidad, de saber que se puede llegar a la otra orilla, de entender que el río no cambia, que el río nos cambia a nosotros y que morimos en nuestra desesperación y flotamos en nuestra serenidad.

Despertó en la otra orilla con Dafne sentada a su lado, acariciándole el rostro. Vio que realmente ya no era un lobo, que no tenía que esperar nueve años para cambiar y que, a pesar de ser ahora un adulto, sus ideales aún tenían vida. Descubrió lo sanador de atravesar un río. Entendió la necedad de la desesperación. Le fue revelado que las blasfemias no te llevan al río, sino que este te libera de lo que no es realmente sagrado. Besó a Dafne y caminó erguido nuevamente abandonando sus falsas creencias. Regresando a ser hombre. Tal como yo lo he aprehendido.

Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia.

jueves, 1 de julio de 2010

El cuchillo de plata, los abismos del desamor y la traición del malevo Argelio Gómez (narración)

El tiempo de los malevos fue cosa difícil. Cuando el barrio de Valentín Alsina dejaba de ser el “más allá la inundación” que luego inmortalizó el tango Sur, la vida no era sencilla. Eran tiempos de justicia por mano propia y de venganzas que nadie impedía. Los hombres terminaban sus disputas haciendo alarde de fiereza que siempre terminaba en sangre. Argelio Gómez era de esa estirpe. Nunca se le conoció un trabajo fijo. Nunca un gesto de paz. Siempre estaba dispuesto a comenzar o terminar un pleito midiendo su hombría por medio del derramamiento de la sangre de su oponente o de la suya.

El malevo Argelio Gómez, de pasado desconocido, era puntero del partido conservador. Era quien resolvía –muchas veces con una sola mirada- a quien debían votar en las elecciones. Nadie lo contradecía. Su nuevo Smith & Wesson .38 largo era muy convincente a la hora del ingresar al cuarto oscuro.

Dicen por ahí, que la traición de un amor juvenil lo convirtió en el hombre frío y despiadado que fue. Una traición que repetiría años después Guirnalda Arévalo del barrio de Nueva Pompeya cuando, recién celebradas las fraudulentas elecciones de 1938, en la cuales el papel de Argelio fue fundamental en el barrio de Valentín Alsina, vio el malevo a su amor traicionándolo con uno de los hermanos Arizabal. Esto fue en el bar del tano Carmelo ubicado al lado de la tanguería de Saenz y Ventana, junto al Club Unidos de Pompeya. Pero de mucho antes, Argelio Gómez no tuvo medidas en su crueldad, expresada sobre todo con los partidarios radicales, grupo al cual pertenecía Agustín Arizabal, quien habíale arrebatado el amor de Guirnalda Arévalo.

Con la asunción a la presidencia del radical Roberto Marcelino Ortíz, las cosas para el partido conservador eran más que difíciles en aquellos días. Pero a Argelio Gómez poco le importaba quien gobernase. Para él su S&W .38 largo era la ley, por lo cual no dudo en tramar una venganza que dejara bien parada su dignidad de malevo ante la traición de Guirnalda y Agustín. Era un caluroso Marzo de 1938, a pocos días de la asunción del nuevo gobierno nacional, cuando llevó a cabo el simple plan de asesinar a Agustín Arizabal traicioneramente. Aunque esta vez, para dejar en claro su crueldad, no utilizó su revolver sino el cuchillo de plata que le había obsequiado en 1934 por los favores recibidos, el célebre líder conservador y otrora gobernador de Buenos Aires, Manuel Fresco. Nunca había usado ese cuchillo más que para intimidar a sus oponentes, ya que solía decir que no había sangre digna para que lo ensuciara. Pero esta vez quería dejar bien en claro su odio por Agustín Arizabal, así que lo esperó la medianoche del Sábado 19 de Marzo en la esquina de la tanguería de Sáenz y Ventana. En realidad su estrategia era que el asesinato no pasara desapercibido, sino que todos entendieran la lección de que a Argelio Gómez no se lo traicionaba. El acontecimiento no se hizo esperar y, en cuestión de segundos, estaba resuelto. Yacía desangrándose en la vereda Agustín Arizabal con una profunda punzada en su abdomen. Sangre que enseguida comenzó a lamer el perro del tano Carmelo, presuroso antes de la llegada de la policía.

El plan subsiguiente de Argelio no era esconderse. Era demasiado guapo para ese huir, pero no tuvo en cuenta a los cuatro hermanos de Agustín Arizabal que eran tan malevos como él. El tano Carmelo fue quien le advirtió el peligro que lo acechaba. Entonces Argelio Gómez decidió guardarse unos días. Pero cometió un terrible error, ya que buscó refugio en un conventillo de la Boca, donde los italianos anarquistas tenían su reinado. Estos, profundamente anticonservadores, no dudaron en pasar el dato de su paradero a los hermanos Arizabal, quienes se habían juramentado en vengar la muerte de su hermano Agustín. A los dos días del asesinato ya tenían resulto el plan para ajusticiar al malevo Argelio Gómez. La estrategia era sencilla, habían acordado con Guirnalda Arévalo que ella iría en su búsqueda, con el fin de sacarlo de su aguantadero y exponerlo en la misma vereda del conventillo donde se guarnecía. Eso iba a ser fácil para Guirnalda. Su belleza seductora lo haría sucumbir a la primera invitación que hiciera a Argelio. Así fue. El malevo creía, como todo necio cree, que el amor violento sirve.

Le hizo llegar el recado con una cita para el Martes 22 a las 21hs. Argelio no dudó. Era la oportunidad soñada de todo malevo que siente a su hembra venir al pié, implorando su regreso. Necio e iluso él, ni siquiera cargó con su revolver, solo el cuchillo de plata en su cintura que brillaba en la noche. Fue puntual, como todo malevo es por aquello de saberse intocable. Por aquello de saber que solo las mujeres llegan tarde. Bajó por la deteriorada escalera de madera y fue por el pasillo directo a la vereda sin tomar recaudos. No se sorprendió cuando notó la ausencia de Guirnalda, al fin ella era una mujer impuntual como todas. Encendió un cigarrillo Condal, miró su reloj Titus Geneve que venía de obsequio dentro de la cajetilla de aquellos cigarrillos y, sin más, esperó por ella. Pero Guirnalda no llegó a la cita. Un niño se acercó a él y le dijo que una muchacha, a la cual describió con las características de Guirnalda Arévalo, lo estaba esperando en la esquina. No lo dudó un instante y fue. Resulta increíble tanta necedad en un malevo como Argelio, pero ¿quien no es necio cuando está cegado por el dudoso equilibrio entre el amor y la venganza? El estaba cegado, no tengo dudas. Había sido el mejor en su oficio de malevo y ajustador de cuentas para el partido conservador en el barrio Valentín Alsina, pero al fin no era más que un varón inmerso en la debilidad del amor. Un hombre como yo, que he sucumbido mil veces en el mismo lugar.

Los abismos perpetuos del desamor y la traición, enarbolan en todos los hombres la misma bandera. Nadie, ni malevo ni pacificador, es ajeno a desbarrancarse en estos abismos. Sea por el amor de Argelio por Guirnalda o por cualquiera de los míos. Todos somos llevados por la nariz hasta la esquina de nuestra emboscada para morir traicioneramente, cuando nos cita el desamor. Nada fuera del género humano había en Argelio y Guirnalda, ni en Agustín Arizabal y ella, ni entre mis abismos y yo. Pero no importan nuestras analogías, sino la suerte de Argelio Gómez en este relato.

Al llegar a la esquina fue sorprendido por los cuatro Arizabal que lo esperaban. Antes de poder llegar con su mano al puñal de plata que llevaba en la cintura, un certero puntazo le atravesó el corazón, e inmediatamente, los otros tres puñales de los restantes Arizabal sintieron la tibieza de la sangre maleva de Argelio Gómez. Cayó al piso desangrándose mientras con sus ojos buscaba el rostro de Guirnalda quien, lógicamente, no acudió a la cita.

La oficialidad radical cubrió la venganza, y pasaron horas hasta que el servicio fúnebre municipal recogió el cuerpo de la vereda ensangrentada. Algunos dicen que Argelio llegó a decir el nombre de su amada. Otros que solo profirió un soez insulto a sus asesinos. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que su último cigarrillo se apagó inmerso en el fluyo de su sangre.

Dos días después fue enterrado en el cementerio municipal del partido 4 de Junio (hoy Lanús). Se sabe que el tano Carmelo pidió –al cerrar el féretro- que le dejasen en su cintura el cuchillo de plata que –únicamente- había utilizado para asesinar a Agustín Arizabal. Algunos dicen que los sepultureros abrieron el cajón antes de enterrarlo y tomaron para sí el preciado cuchillo. Que lo sortearon a suerte entre ellos y que, Washington Taberna, un mulato uruguayo fue quien se lo adjudicó para entregarlo en un empeño poco tiempo después.

También el decir popular cuenta que Guirnalda Arévalo terminó sus días hundida en el alcohol que le fiaba el tano Carmelo, y alternando en la tanquería de Saenz y Ventana de Nueva Pompeya, donde hasta el día de su cierre, se narraba en noches de humo, gomina y tangos, la suerte del malevo.

Yo sigo creyendo que el error de Argelio Gómez fue haber tropezado con el abismo perpetuo del desamor y la traición. Algo que ni el más malevo sabe manejar, porque nadie nos ha enseñado eso.