El tiempo de los malevos fue cosa difícil. Cuando el barrio de Valentín Alsina dejaba de ser el “más allá la inundación” que luego inmortalizó el tango Sur, la vida no era sencilla. Eran tiempos de justicia por mano propia y de venganzas que nadie impedía. Los hombres terminaban sus disputas haciendo alarde de fiereza que siempre terminaba en sangre. Argelio Gómez era de esa estirpe. Nunca se le conoció un trabajo fijo. Nunca un gesto de paz. Siempre estaba dispuesto a comenzar o terminar un pleito midiendo su hombría por medio del derramamiento de la sangre de su oponente o de la suya.
El malevo Argelio Gómez, de pasado desconocido, era puntero del partido conservador. Era quien resolvía –muchas veces con una sola mirada- a quien debían votar en las elecciones. Nadie lo contradecía. Su nuevo Smith & Wesson .38 largo era muy convincente a la hora del ingresar al cuarto oscuro.
Dicen por ahí, que la traición de un amor juvenil lo convirtió en el hombre frío y despiadado que fue. Una traición que repetiría años después Guirnalda Arévalo del barrio de Nueva Pompeya cuando, recién celebradas las fraudulentas elecciones de 1938, en la cuales el papel de Argelio fue fundamental en el barrio de Valentín Alsina, vio el malevo a su amor traicionándolo con uno de los hermanos Arizabal. Esto fue en el bar del tano Carmelo ubicado al lado de la tanguería de Saenz y Ventana, junto al Club Unidos de Pompeya. Pero de mucho antes, Argelio Gómez no tuvo medidas en su crueldad, expresada sobre todo con los partidarios radicales, grupo al cual pertenecía Agustín Arizabal, quien habíale arrebatado el amor de Guirnalda Arévalo.
Con la asunción a la presidencia del radical Roberto Marcelino Ortíz, las cosas para el partido conservador eran más que difíciles en aquellos días. Pero a Argelio Gómez poco le importaba quien gobernase. Para él su S&W .38 largo era la ley, por lo cual no dudo en tramar una venganza que dejara bien parada su dignidad de malevo ante la traición de Guirnalda y Agustín. Era un caluroso Marzo de 1938, a pocos días de la asunción del nuevo gobierno nacional, cuando llevó a cabo el simple plan de asesinar a Agustín Arizabal traicioneramente. Aunque esta vez, para dejar en claro su crueldad, no utilizó su revolver sino el cuchillo de plata que le había obsequiado en 1934 por los favores recibidos, el célebre líder conservador y otrora gobernador de Buenos Aires, Manuel Fresco. Nunca había usado ese cuchillo más que para intimidar a sus oponentes, ya que solía decir que no había sangre digna para que lo ensuciara. Pero esta vez quería dejar bien en claro su odio por Agustín Arizabal, así que lo esperó la medianoche del Sábado 19 de Marzo en la esquina de la tanguería de Sáenz y Ventana. En realidad su estrategia era que el asesinato no pasara desapercibido, sino que todos entendieran la lección de que a Argelio Gómez no se lo traicionaba. El acontecimiento no se hizo esperar y, en cuestión de segundos, estaba resuelto. Yacía desangrándose en la vereda Agustín Arizabal con una profunda punzada en su abdomen. Sangre que enseguida comenzó a lamer el perro del tano Carmelo, presuroso antes de la llegada de la policía.
El plan subsiguiente de Argelio no era esconderse. Era demasiado guapo para ese huir, pero no tuvo en cuenta a los cuatro hermanos de Agustín Arizabal que eran tan malevos como él. El tano Carmelo fue quien le advirtió el peligro que lo acechaba. Entonces Argelio Gómez decidió guardarse unos días. Pero cometió un terrible error, ya que buscó refugio en un conventillo de la Boca, donde los italianos anarquistas tenían su reinado. Estos, profundamente anticonservadores, no dudaron en pasar el dato de su paradero a los hermanos Arizabal, quienes se habían juramentado en vengar la muerte de su hermano Agustín. A los dos días del asesinato ya tenían resulto el plan para ajusticiar al malevo Argelio Gómez. La estrategia era sencilla, habían acordado con Guirnalda Arévalo que ella iría en su búsqueda, con el fin de sacarlo de su aguantadero y exponerlo en la misma vereda del conventillo donde se guarnecía. Eso iba a ser fácil para Guirnalda. Su belleza seductora lo haría sucumbir a la primera invitación que hiciera a Argelio. Así fue. El malevo creía, como todo necio cree, que el amor violento sirve.
Le hizo llegar el recado con una cita para el Martes 22 a las 21hs. Argelio no dudó. Era la oportunidad soñada de todo malevo que siente a su hembra venir al pié, implorando su regreso. Necio e iluso él, ni siquiera cargó con su revolver, solo el cuchillo de plata en su cintura que brillaba en la noche. Fue puntual, como todo malevo es por aquello de saberse intocable. Por aquello de saber que solo las mujeres llegan tarde. Bajó por la deteriorada escalera de madera y fue por el pasillo directo a la vereda sin tomar recaudos. No se sorprendió cuando notó la ausencia de Guirnalda, al fin ella era una mujer impuntual como todas. Encendió un cigarrillo Condal, miró su reloj Titus Geneve que venía de obsequio dentro de la cajetilla de aquellos cigarrillos y, sin más, esperó por ella. Pero Guirnalda no llegó a la cita. Un niño se acercó a él y le dijo que una muchacha, a la cual describió con las características de Guirnalda Arévalo, lo estaba esperando en la esquina. No lo dudó un instante y fue. Resulta increíble tanta necedad en un malevo como Argelio, pero ¿quien no es necio cuando está cegado por el dudoso equilibrio entre el amor y la venganza? El estaba cegado, no tengo dudas. Había sido el mejor en su oficio de malevo y ajustador de cuentas para el partido conservador en el barrio Valentín Alsina, pero al fin no era más que un varón inmerso en la debilidad del amor. Un hombre como yo, que he sucumbido mil veces en el mismo lugar.
Los abismos perpetuos del desamor y la traición, enarbolan en todos los hombres la misma bandera. Nadie, ni malevo ni pacificador, es ajeno a desbarrancarse en estos abismos. Sea por el amor de Argelio por Guirnalda o por cualquiera de los míos. Todos somos llevados por la nariz hasta la esquina de nuestra emboscada para morir traicioneramente, cuando nos cita el desamor. Nada fuera del género humano había en Argelio y Guirnalda, ni en Agustín Arizabal y ella, ni entre mis abismos y yo. Pero no importan nuestras analogías, sino la suerte de Argelio Gómez en este relato.
Al llegar a la esquina fue sorprendido por los cuatro Arizabal que lo esperaban. Antes de poder llegar con su mano al puñal de plata que llevaba en la cintura, un certero puntazo le atravesó el corazón, e inmediatamente, los otros tres puñales de los restantes Arizabal sintieron la tibieza de la sangre maleva de Argelio Gómez. Cayó al piso desangrándose mientras con sus ojos buscaba el rostro de Guirnalda quien, lógicamente, no acudió a la cita.
La oficialidad radical cubrió la venganza, y pasaron horas hasta que el servicio fúnebre municipal recogió el cuerpo de la vereda ensangrentada. Algunos dicen que Argelio llegó a decir el nombre de su amada. Otros que solo profirió un soez insulto a sus asesinos. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que su último cigarrillo se apagó inmerso en el fluyo de su sangre.
Dos días después fue enterrado en el cementerio municipal del partido 4 de Junio (hoy Lanús). Se sabe que el tano Carmelo pidió –al cerrar el féretro- que le dejasen en su cintura el cuchillo de plata que –únicamente- había utilizado para asesinar a Agustín Arizabal. Algunos dicen que los sepultureros abrieron el cajón antes de enterrarlo y tomaron para sí el preciado cuchillo. Que lo sortearon a suerte entre ellos y que, Washington Taberna, un mulato uruguayo fue quien se lo adjudicó para entregarlo en un empeño poco tiempo después.
También el decir popular cuenta que Guirnalda Arévalo terminó sus días hundida en el alcohol que le fiaba el tano Carmelo, y alternando en la tanquería de Saenz y Ventana de Nueva Pompeya, donde hasta el día de su cierre, se narraba en noches de humo, gomina y tangos, la suerte del malevo.
Yo sigo creyendo que el error de Argelio Gómez fue haber tropezado con el abismo perpetuo del desamor y la traición. Algo que ni el más malevo sabe manejar, porque nadie nos ha enseñado eso.
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