Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia. Sea que llegue solo a mis tobillos o que deba estirar mi cuello para no ahogarme, he aprendido que si no los cruzo con serenidad, me sepulta su fuerza. Mis primeros ríos me revolcaron duramente, pero fui aprendiendo a mirar, a esperar, a palpar y a percibir al río. Desgraciadamente lo aprendí solo, pues ni de una orilla ni de la otra, hay mensajes seguros de donde pisar el lecho y dar el siguiente paso. Hay buena voluntad de ambas orillas, pero al río lo cruza uno mismo. Solo, como solitario es el río.
Recuerdo el Río de Oro en el Impenetrable chaqueño. Su cautivamente magia llena de mansedumbre invitaba a atravesarlo sin demasiada precaución. Cuanta belleza y quietud aun atesora mi memoria sobre el paisaje salvaje de aquél lugar. Un momento a solas de descanso en mi estadía con los Tobas y me abrazó una necesidad casi imperiosa de atravesarlo. Era calmo, sus colores trasmitían paz al igual que los sonidos de tantos pájaros desconocidos para mi ¿Cómo no cruzarlo si la invitación era cautivante? ¿Cómo no despojarme de mis atuendos transpirados para sentir su frescor? No caminé ni un metro en su interior y comencé a hundirme en su fondo de lodazal. Un fondo que no se veía, o que no sabía como era pero que esperaba por mi. La mano ruda de Lagrenqo me salvó de ese río. El era toba. El conocía el río. Luego del rescate mirándome sonrió, dijo no se que cosa y ni quise preguntar.
No olvido cruzar el Quemquemtreu montado en la India, la pura sangre de Daniel ahora devenida en nuestro transporte para llegar a la casa atravesando el río ¡Cuanta seguridad nos daba su musculoso cuerpo y sus pasos firmes en medio de la corriente! Pero un día decidió no cruzarlo y lo que era nuestra seguridad se transformó en nuestra incógnita. Estábamos tan acostumbrados a cruzar ese río sobre su fuerza que nunca supimos hacerlo con la nuestra. Pero estos dos recuerdos son de ríos palpables, geográficos, bebibles. Hay otros diferentes. Ríos que dejan secuelas, como el de la traición, el desamor, la enfermedad o la muerte. Yo he atravesado varias veces a cada uno de ellos, con excepción del río de la muerte, a quien aún no crucé y que es –a su vez- el que menos me importa, ni ahora que falta poco.
Siendo niño la lectura de un libro, cuyo título no recuerdo, fijó en mi imaginación desde aquél entonces cierta intriga por los ríos. Mi madre sostenía que nunca leí ese libro, que fue en realidad un sueño que tuve. Se lo he discutido varias veces, pero tal vez tenía razón ya que no volví a ver ese texto, y cuando pregunto a personas con gran conocimiento literario, todos dicen desconocer la historia. Lo cierto es que, más allá de que haya sido un libro impreso o un sueño de mi niñez, la historia quedó fijada en todo mi ser a lo largo de esta vasta vida que se acerca a su fin.
La historia del libro -o de mi sueño-, narraba un episodio de la vida de Lykaios, quien siendo un efebo fue obligado a participar del rito de paso en las fiestas arcaicas de las Liceas. Se hallaba Lykaios en su tercer año de espera –sabemos a ciencia cierta que para romper las consecuencias del rito de paso, deben cumplirse nueve años sin comer carne humana- cuando en su vagar bajo el encanto de la luna llena y perseguido por los hombres que habitaban al pie del Monte Liceo, llegó a la orilla del río Caico, aquél donde el hijo de Hermes fue arrojado cuando era conocido como río Astraeus.
A Lykaios no lo perseguían por los efectos del rito de paso, sino porque fue el único efebo que se animó a pasar por el recinto prohibido donde ninguna sombra era jamás proyectada. Lykaios atravesó el recinto prohibido dejando sus pisadas sobre las cenizas de los sacrificios celebrados cada nueve años a Zeus Liceo –el texto no aclaraba si Lykaios había cometido este sacrilegio antes de probar la carne humana mezclada con la de lobo o después, ya mutado en un efebo lobezno-. Nadie perseguía al joven por los efectos del rito, sino por lo sacrílego de su acto. Merecía morir. El clan, que se reunía al pié de la montaña cada nueve años para celebrar el rito, lo había decretado.
El río Caico brillaba en su hermosura. Era amado tanto por la gente de Elea, como por la gente de Pitane. Es que ambas aldeas debían al Caico la calidad de sus tierras fértiles. Aunque Elea obtenía su estabilidad económica del puerto de Pérgamo, reconocía que gracias al río Caico podía disfrutar de una vegetación tan bella. Lógicamente en nada de esto pensaba Lykaios al llegar a su orilla. El estaba agotado –a pesar de lo que dicen las fábulas, ningún hombre lobo puede correr demasiado rápido ni lejos, al menos los que nacen en el rito de paso- y el río era su salvación, ya que nadie del clan que se reunía al pié de la montaña sabía nadar. Pero tampoco Lykaios, quien sabía que podía perecer en el intento, pues si los dioses no habían ayudado al hijo de Hermes, menos lo harían con un simple joven lobo que había cometido el sacrilegio de cruzar el recinto prohibido (en realidad no se cuanto de lo que digo formaba parte del texto leído en mi niñez –o de mi sueño- y cuanto es producto de las investigaciones que a lo largo de mi vida hice). Lo cierto es que Lykaios estaba tocando la orilla de las aguas con las puntas de sus patas delanteras, sin saber si los lobos podían nadar.
-“Los ríos son peligrosos”- solía decir mi abuelo materno, quien fue marinero toda su vida. El prefería el mar. Recuerdo de niño verlo perderse nadando en la distancia hasta desaparecer su cabeza del horizonte para, luego de cierta angustia por la espera en las playas de Necochea, verlo regresar brazada tras brazada hasta la orilla. Creo que fue en aquellas vacaciones cuando leí –o soñé- la historia de Lykaios. No lo sé. Tal vez no fue un acierto callar la historia, hasta que en mi adolescencia se la conté a mi madre. El problema es no recordar el nombre del libro ni la circunstancia en la que lo leí, o si fue un sueño, recordar el momento de despertarme del mismo, el lugar, la circunstancia. Nada recuerdo, pero cuando pienso en las imágenes que generó en mi ese texto –o sueño- es como que aun puedo palparlas.
Lo cierto era que Lykaios estaba de pie a orillas del río Caico -¿o era yo? tampoco lo se- y al darse vuelta vio las luces de las antorchas que la horda llevaba en alto ya próxima a alcanzarlo. Su única alternativa era cruzar el río. Uno que él nunca había cruzado. Pero uno en esas circunstancias no piensa con cordura, tal como tantas veces lo hice yo al cruzar ríos que desconocía. Pero él era un joven lobo y sabía que nadie ayuda a un lobo solitario a cruzar sus ríos, tanto como sabía que solo en la otra orilla estaría a salvo. Podía morir en el intento de cruzarlo, pero moriría seguro si caía en manos de la horda de justicieros que se acercaban. Lykaios carecía de la serenidad suficiente para tomar una decisión sabía. Entonces se internó en la corriente del río.
Lykaios recordó, en ese momento, la necedad cometida cuando rehusó sumarse como efebo a las filas del ejército. Era la edad estipulada para todo adolescente. Era ir al ejército o enfrentar el rito de paso y cargar su destino de lobo por nueve años. Creyó que sería más fácil ser lobo por un tiempo que militar peleando por una causa que no era la suya. Era un joven con ideales. Algunos dicen que ser adulto es la pérdida de los ideales y, tal vez por eso, Lykaios se rehusaba a serlo. ¿Quién no cree a esa edad que los ideales se cumplen? Pero los adolescentes no saben que el mundo estalla cuando quieren cambiarlo, porque los adultos no permiten que nada cambie. El eligió el rito de paso pensando que pasados los nueve años, seguiría siendo el mismo. Al sentir la corriente del Caicos pensó, por vez primera, que estaba equivocado. Así son las corrientes de los ríos, nos hacen frustrar nuestros más adolescentes ideales. Todos, el del amor, la valentía, la dignidad.
Tan solo avanzó una par de metros y lo arrastró raudamente la corriente. Se desesperó. Maldijo su elección y su destino. Gritó el nombre de su madre e invocó a Zeus, a quien había blasfemado al cruzar el recinto prohibido y dejar sus pisadas marcadas en las cenizas de los sacrificios. Supo en un instante que nada ni nadie lo rescataría y que su elección fue en realidad la sepultura de sus ideales. En su mente una secuencia de imágenes se sucedían unas tras otras. En un principio precipitadamente. Luego con cada vez mayor lentitud. Sintió en un instante que volvía a ser un humano. También la mano de Dafne –su amada abandonada por sus ideales- acariciándole el rostro. Eso le dio serenidad y dejó de luchar contra el río. Entonces vio el rostro de aquél hijo de Hermes quien –sonriéndole- le dijo que podía vencer al río. Era cuestión de serenidad, de saber que se puede llegar a la otra orilla, de entender que el río no cambia, que el río nos cambia a nosotros y que morimos en nuestra desesperación y flotamos en nuestra serenidad.
Despertó en la otra orilla con Dafne sentada a su lado, acariciándole el rostro. Vio que realmente ya no era un lobo, que no tenía que esperar nueve años para cambiar y que, a pesar de ser ahora un adulto, sus ideales aún tenían vida. Descubrió lo sanador de atravesar un río. Entendió la necedad de la desesperación. Le fue revelado que las blasfemias no te llevan al río, sino que este te libera de lo que no es realmente sagrado. Besó a Dafne y caminó erguido nuevamente abandonando sus falsas creencias. Regresando a ser hombre. Tal como yo lo he aprehendido.
Los ríos se cruzan con inmensa serenidad. Esa es mi experiencia.
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