sábado, 22 de octubre de 2011

El último Desierto

El trabajo de enfermera era una carga. Fue su única alternativa a la hora de sobrevivir en medio del caos y la violencia. Aquello que empezó como una revuelta popular, terminó transformado en un baño de sangre; primero por el ejército nacional, luego por un ejército extranjero que, aprovechando el caos imperante en la nación, saldó en esta invasión aquella que había padecido hacía casi 200 años atrás por éstos. Y es que para ser enfermera en aquella guerra, solo era necesario ser mujer y valiente. Y Ada Carnelucci tenía ambas virtudes. Es verdad que nació mujer y esa es una virtud en sí misma, pero la virtud de la valentía la adquirió ya de grande, sin saber ella si le llegó como virtud, o por la necesidad de sobrevivir. Hoy entiendo que sobrevivir es en sí misma una virtud. Esto lo narra un sobreviviente que nunca hubiera podido tener la primera virtud de Ada, y que no se animó a luchar por la segunda, por uno que confundió la abundancia de libros con un paraíso, olvidando que las posibilidades eternas no se deben confundir con la experiencia.

El trabajo de enfermera era una carga. Ada Carnelucci desangraba en su oficio más penas que sus heridos en batalla. Su idea de mujer adulta no era esta realidad que vivía. Tampoco la que yo había albergado de joven hacia mis años presentes. No estábamos preparados para estos cambios. Nadie lo está. Ella y yo, a pesar de no conocernos de niños, ni siquiera aún, teníamos ideas parecidas para el futuro. Ambos creíamos que el futuro era previsible. Que los cambios eran aquellos que emergían de elecciones libres en la vida. Ilusos entre una multitud de ilusos. Fuimos entrenados en un mundo sin presiones, solo aquellas familiares que terminarían en la adultez. La realidad era otra, siempre otra, tan diferente como las ilusiones de aquellos que, desposeídos de toda marginalidad, creyeron que los días serían como lo habían pensado.

La realidad es otra. Totalmente otra. Esta impone cambios relacionados con la supervivencia. Algo a lo cual ni soñábamos estar expuestos. Cambios en direcciones tan dispares a las pensadas que no hubiéramos podido imaginar. Nadie supo explicarnos, o tal vez no supimos entender, que si uno no cambia para sobrevivir, entonces no vive.

La biografía de Ada Carnelucci la descubrí hace pocos días, ya al final de los míos. Podría ser perfectamente mi autobiografía. Salvo que ella era mujer y yo un hombre, las experiencias de la vida fueron tan similares que este libro me resulta familiar, tanto como la imagen que refleja el espejo en el cual me miro. Tampoco nos igualaba la virtud de la valentía que sí ella tenía, porque yo la descubrí como tal hace poco tiempo, no en los infinitos desiertos a los cuales fui llevado por la sabiduría para intentar cambiarme, para intentar modificar las cosas que me destruían, sino en el último de ellos. Una vez más los desiertos eran remedios y no enfermedad ¿Cómo entenderlo de joven? Para mi fue imposible, para Ada Carnelucci un ejercicio que le posibilitó sobrevivir en medio de la no vida en la plenitud de sus días, mientras yo me refugiaba en bibliotecas de libros escapados de una fantasía inservible. No se las deseo ya a nadie –las bibliotecas infinitas-, cuando antes eran lo que creía mi éxito. Tan deshumanizado vivía que no podía darme cuenta de eso. En cambio Ada, tal vez por ser mujer, tal vez por ser valiente, lo entendió de inmediato y, por eso, su vida fue mucho mejor que la mía. El precio de su vida es incalculable, el mío ínfimo. De ella se cuentan historias que llenarían infinitos libros. De mi un solo reglón dice que fui lector y bibliotecario. Yo sabía más que ella, tenía más educación que ella, pero ella vivía. Ella cambió a cada paso aceptando aquellos que la perfeccionaban. Yo solo supe acariciar por años mi máquina de escribir, mis libros perfectamente acomodados en los estantes. Ella millares de heridas que no eran suyas, pero lamiéndose las propias e intentando no detenerse.

¿Porqué digo que su biografía podría ser mi autobiografía? Por que hace muy poco descubrí lo que tendría que haber sido y cambié para serlo. Ya no más trincheras para esconderme, ni escudos para defenderme de mi mismo, de lo que yo debía aceptar y modificar. Un cambio que me debía para ser feliz, a pesar del tiempo perdido en no serlo.

Leer su biografía me compungía el espíritu. Me hacía sentir ridículo, inexistente. Pero creo que de haberla leído en el pasado, no hubiera estado preparado para entenderla. Hubiera creído, en el pasado, que su vida no era mejor que la mía. Pero el último desierto fue decisivo para mi. En realidad espero que no haya sido el último que me toque vivir, pues lo que aprendí de el, es que la vida es otra cosa. Aprendí que el cambio no endurece, humaniza. Que no cambiar deshumaniza. Que no animarse a cambiar agota la existencia. Un aprendizaje duro, para alguien que creía que toda sabiduría estaba en las páginas de mis libros apilados en interminables estantes.

Antes del último desierto vivía aferrado a un personaje que, seguramente, había adoptado de alguna de mis lecturas. No se de cual, porque ese personaje hoy me es tan ajeno, tan lejano, que no puedo descubrir como llegó a mi. O tal vez no lo intento para no sentirme culpable del tiempo perdido. Creo en esta última hipótesis. La verdad ya no creo lo que creía y, por eso, no quiero iniciar esta búsqueda de saber porque fui lo que fui. Siempre me identifiqué más con los amigos de Job que con él. Siempre pensé que el desierto de Job era inservible, y que las críticas de sus amigos tenían más fuerza que los argumentos de su defensa. Nunca quise ser Job. No me permití jamás ver que, en el peor de los desiertos, emerge una nueva persona, la que debe ser, no porque antes haya sido mala, sino porque no cambiar nos transforma en lo que no debemos ser, y eso es destructivo para la vida. Mi argumento de pensar que los desiertos están creados por nuestros errores, me ayudó a no internarme en ellos, a evadirlos por creer que no los necesitaba. Entonces los cambios no se producían y mi inutilidad me era ignorada. Los libros, solo los libros, eran para mi el escape. Adoptar historias y posturas de otros que, como escudos prestados, me anestesiaban de la verdad. Hoy reconozco esa mentira. El último desierto fue decisivo para cambiar.

En medio de la invasión de junio pasado, durante el ataque final, quemaron mi biblioteca. Solo pude salvar mi vida y, vaya a saber uno porqué digna fatalidad, solo recuperé de las cenizas la parte final de la biografía de Ada Carnelucci, y eso fue lo único que leí en este tiempo. Me sentí absolutamente frustrado cuando solo eso recuperé, hoy entiendo que debería haberlo leído cuando llegó a mis manos hace un año atrás, cuando se cumplía el sexto año de iniciada la revuelta interna de mi país, cuando hacía dos que Ada había sido asesinada por el ejercito nacional.

La tapa del libro, aunque oscurecida por las llamas, dejaba leer con claridad el título de la obra: “Ada Carnelucci, una kamikaze de la vida”. El kamikaze siempre creí que era yo. Que mi cualidad de no querer cambiar, que defender mis posturas a rajatabla me convertían en el. No entendí el porqué del título, ya que en la lectura del texto que sobrevivió al fuego, solo emergían datos biográficos de una mujer capaz de cambiar constantemente. Entendía que eso la hizo necesariamente humana, pero no podía aplicarle ese adjetivo, porque un kamikaze, según mi idiotez propia de un cobarde que no se anima a cambiar, era quien era capaz de morir por defender lo que creía, aunque supiera que estaba equivocado. Solo lo entendía en el epílogo de la obra escrito por su autor (desconozco su nombre, las llamas lo devoraron). Las palabras final, en la hoja final decían:

“Solo los kamikaze cambian, los kamikaze que no quieren morir, y apuntan sus aviones-bombas hacia el verdadero enemigo, aquellas cosas perversas que los invitan a no cambiar. Los otros kamikaze, que realmente no lo son, se suicidan en su propia estupidez humana”.

Ahora soy un kamikaze verdadero, no un títere de intereses que me destruyen. Ahora estoy dispuesto a cambiar. A arriesgar mi vida para ser feliz, dirigiendo mis arsenales directo a los límites de mi cobardía.

martes, 23 de agosto de 2011

El camino de una moneda

Un hombre llamado Fausto, que caminó por horizontes solo para creer que nunca llegaba y que empeñó su fuerza en discernir lo escrito y lo aleatorio de su propia historia, me contó lo siguiente:

“La historia de los libros impresos no es tan antigua como el Sol, ni la Luna tan antigua como yo. No sé donde el rastro perdura en el universo transitado por mis pasos, pero los recuerdos son pocos y confusos por el tiempo, la edad –la mía, la de los hombres, la del infinito- que nunca ha dejado de pasar, y no creo que el problema sea cronos ni el movimiento del universo, tampoco las rayuelas que no jugué, sino el deseo de encontrar lo que busco sin saber que es, empresa donde sigo invirtiendo mi vida.

Este sitio no era así cuando estuve aquí la última vez, ni la otra o la primera, siempre fue diferente. Nada nuevo es decirte que uno nunca regresa al mismo lugar de nada. Ni a igual estado de uno. Aunque el lugar y el sujeto no perciban sus cambios, todo es diferente. Igual universo no existe. No importa. No es un juego de palabras porque los juegos de palabras no me sirven ni como juegos ni como palabras. Uno juega con lo que ayuda a pasar el rato sin pensar demasiado y las palabras nunca lograron eso en mí. Tampoco los que jugué solo ni los que intentaron enseñarme los ciegos. El “Buen día” primigenio que escuché, lo llevo grabado patéticamente en el presente desde al pasado donde fue dicho.

No sé cuál fue la primera moneda que el hombre usó. Yo soy de antes de la moneda y recuerdo mi asombro la primera vez cuando depositaron una en mi mano como pago de un consejo. Debería haberla conservado por el valor intangible que hoy tendría la moneda, no el consejo que sigue siendo el mismo e intangible también. Desde esos tiempos el valor de las cosas fue reflejado por ellas, o tal vez ellas comenzaron a ser el valor de las cosas. Pero todos lo hemos pagado caro, los hombres y las monedas. Nosotros por haber perdido el don de dar sin esperar recompensas materiales y las monedas por perderse siempre en el camino. Los hombres también. Nunca he recuperado una moneda entregada en el camino, ni a un hombre tampoco. Lo que entrego se va. Lo entrego por algo que creo más importante. No lo pierdo, lo entrego. Solo cuando lo extraño está perdido. Solo lo extraño cuando lo recuerdo. Ya poco recuerdo.

Ni las monedas ni yo somos inalterables al paso del tiempo. He durado más que ellas, porque a ellas las afectan el tiempo y la depreciación. A mi solo el tiempo y mucho menos que a las monedas. Pero aun así también soy moneda.

Con los Fenicios, los Celtas y los Aztecas he diferido en la importancia que deberíamos dar al uso de las monedas en nuestras transacciones diarias (también he discutido con ellos cosas importantes). Siempre quise hacerles entender que estaban a tiempo para no grabar en la genética humana el pago con monedas como algo incuestionable. Ellos no entendían de genética y concibieron siempre el futuro a muy corto plazo. Ellos no están ahora, solo yo y las monedas cargando la historia, la de ellos, la moneda, la mía y de la humanidad. Aun si no hubiese entregado mi vida a la búsqueda sincera no sé de qué, igualmente la humanidad hoy pagaría esta consecuencia, porque la moneda al igual que yo fuimos creados sin alma.

La moneda carece de alma porque carece de pertenencia. Nadie conserva una moneda per se. Nadie tiene una moneda que no quiera cambiar por algo que considere mejor. La moneda no es amigo. Viaja sin detenerse mucho en ninguna mano, perdiendo el rumbo, padeciendo un viaje desconocido que nadie puede narrar. Por eso ha visto cosas sagradas que olvidó y regresado a lugares que no recuerda. Fue cobijada nuevamente por la misma mano y no se dio cuenta. Y fue entregada nuevamente por la misma mano y tampoco lo percibió. Hablo de la moneda. De los hombres. De mi…

Aunque también con los Mogoles he diferido en varias cuestiones, ellos no sopesaron el tema de las monedas. Las cabezas rodando de mis adversarios fue toda la paga que dieron a mis consejos.

No sé si la forma de las monedas emerge del sol o la luna, o de los ojos cóncavos de los muertos que abandoné por meses en antiguos campos de batalla. La cuestión es que las monedas se pierden como ellos. Como yo. Yo soy moneda.

En algún lugar del camino que había transitado con anterioridad encontré un hombre con respuestas. El me dijo que las monedas eran voluntad de Dios para que los hombres conociesen sus corazones con sus miserias y grandezas. No encontré satisfacción en la respuesta, pero no puedo obviar la cuestión de que esas palabras perduraron siglos en mi mente. Intenté discutirlas con otros hombres, pero no hubo sabio alguno dispuesto a escuchar una verdad sobre lo intangible del camino de las monedas. La interlocución duraba lo que un suspiro infinito y terminaba en el segundo eterno de iniciarla. Solo entendí algo: que las monedas y el tiempo no pertenecen a este orden donde las cosas se explican, ni la inexistente alma, ni yo.

El periplo de las monedas a través de las manos es insoslayable. Ella no recuerda la primera e ignora la última. Fueron de tantos colores, tamaños, durezas que todas fueron una. Como los inmemoriables escritos de los sabios, donde todo surge y se desgrana como una larga historia. La mía y la de las monedas.

Hubo tiempos donde el suelo besó a alguna de ellas. Donde fui besado y abandonado por las mismas infinitas bocas-manos que poseyeron a la moneda. El camino de la moneda es indescifrable, un laberinto creándose siempre a sí mismo, donde las manos que pierden la moneda se repiten infinitamente. Son las mismas pero de otros hombres que, al igual que la moneda, son los mismos.

No quiero aburrirte con mi propia historia, lo que quiero contarte es sobre el hallazgo de una moneda parlante. Fue hace mucho, pero carece de valor el tiempo. Sí fue importante su locución que no pude interrumpir con preguntas. Las monedas no escuchan. Ella narró aletargadamente su historia, desde su nacimiento por el fuego que la fundió hasta nuestro encuentro. Me dijo:

“El dolor del fuego es inenarrable. Es verdad que no quedan impurezas y que el molde nos acoge y da la forma deseada. Pero el dolor del fuego es inenarrable, tanto que jamás lo he dejado de padecer. Ser puro duele. Tener la forma necesaria también, tanto como el interminable camino realizado.

Las manos son todas iguales, las que te entregan y las que te reciben. Al principio, en las primeras transacciones percibes alguna diferencia, pero éstas se desvanecen pronto. Todas las manos son iguales, todos los hombres que las poseen también. Todo camino es desconocido, imprevisto, fuera de mi voluntad y sin recompensa más que yo misma entregada en otra mano.

Fui forjada por fuego a orillas del Tigris, y por las manos que me poseyeron hasta hoy. Fui pago de amores, pertrechos de guerra, alimento y sangre, entregada en un juego y valorada solo instantes. Mordida por dientes putrefactos y oculta en testículos hediondos. Valorada solo por lo recibido en mi entrega, no la mía que nunca quise, sino la que hicieron de mi. Nunca por mi deseo.

Las manos de los mercaderes son, acaso, las que más calidez me brindaron, tal vez porque sabía que al llegar a ellas no debía esperar ser guardada como un tesoro, sino que al igual que las vísceras de tus muertos, estaba yo para ser olvidada. Desconocer el próximo instante del viaje me resulta extraño y agradable. Cálido, aunque no lo desee. La incertidumbre que casi cubrió en su totalidad mi peregrinaje me ha amurallado de dolor las espaldas. ¿Preso de un destino escrito o de azar? no lo sé, ni tengo a quien preguntárselo. Nadie escucha hablar a una moneda, ni las monedas escuchamos a nadie. Poco recordamos, y únicamente, sobre manos que nos poseyeron y nos entregaron. Pero poco.

Confunde, siempre, las transacciones rápidas y simultáneas. Un solo día es, a veces, la marca indeleble y la confusión atemorizante que cargo por siglos. No logro acostumbrarme a la rápida entrega de mí a otras manos. Preferiría ser contenida en el cofre de un tesoro de palacio aunque nadie me mire, aunque deba permanecer en absoluta oscuridad y que la vida allí transcurra monótona porque nadie te toca, ni te daña, ni te conoce. Ser moneda de un único cofre por siglos, en la seguridad de las riquezas de un reino que, aunque sea arrasado, sus riquezas serán, entonces, pertenencia de la seguridad de otro reino, permaneciendo así inalterable y fría en una perfecta oscuridad-escudo. Tal vez este deseo lo aprehendí de los hombres.

Ser una vulgar moneda de cambio me mantiene en una sensación de naufragio constante, de posible pérdida, de no tener mañana, aunque ellas se suceden desde que fui creada –algunos sostienen que de antes, no lo sé- y nunca cada día fue el último y siempre fue el final. Cada día de primer peregrinaje, de exilio, con el sello de Caín en la frente para que los hombres no me dañen, no es nunca una bendición. Sé que el rostro del Eterno brilla y hasta creo que encendió el fuego bajo el molde donde fui formada para que tuviese el diseño necesario en el uso al cual fui destinada. Pero nunca ha sido una bendición para mi, yo lo he sido para los hombres. También su maldición, su carga, sus prestidigitados designios de infortunio, develando sus miserias, evidenciando sus indignidades. Cada hombre ha derramado por mi las bajezas propias que los oscurecen. Nadie, ninguno de ellos, mostró misericordia para obtenerme, ni para dejarme. Nos aman y nos olvidan según sus necesidades y nos desprecian y nos valoran si obtienen de nosotras lo que ambicionan. Esto me ha demostrado –realmente- que las monedas poseemos el sello de Dios que nos conserva. Algo inalterable, más allá de nuestro deterioro externo por el uso de los hombres. Por eso la sensación de naufragio perdura como el inenarrable dolor del fuego que jamás he dejado de padecer.

Lo único que creo es que la pureza del fuego es un presagio de lo tormentoso de nuestro camino. Camino de ambición de los hombres, del destino del pasado y del ahondamiento de nuestra vacuidad.”

Cuando terminó de decir esta frase la entregué a cambio de algo frívolo que quise tener. Pasó hace demasiado. Hablo de siglos. Ya poco recuerdo.

No te aburro más, debo seguir caminando. Yo soy moneda. Moneda perdida, igual que muchos, con el inalterable sello de Dios”.

Cuando Fausto se fue y me descubrí solo, tomé la única moneda de mi bolsillo, la besé y arrojé al mar pidiendo un deseo. El mismo para mi y para ella.

sábado, 30 de abril de 2011

Un mundo equivocado

-“Viví en un mundo equivocado y no me di cuenta hasta que fue tarde”-. Eso fue lo último que dijo. Luego siguió un silencio de palabras hasta su muerte tres años más tarde, aunque mantuvo un diálogo incesante consigo mismo evidenciado en sus gestos de amargura, en su cabello que se emblanquecía apagado, en sus arrugas profundas, en sus ojos secos.
Aquello por lo cual luchó y se sostuvo hasta ese día, se había desvanecido en un instante infinito. Siempre siguió desvaneciéndose su sueño como en un abismo interminable, como una puñalada certera y profunda que no amainaba su fuerza. El suicidio de sus ideales fue también el suyo. El final no esperado de un hombre que lucho con convicciones que creyó ciertas.

Américo Bottaro, el anarquista, como lo conocían en el barrio, siempre creyó que la dignidad del hombre se daba en la educación, el buen trabajo y en la lucha por el bien de los demás. Por estás convicciones, innumerables veces estuvo preso, innumerables represiones soportó en innumerables marchas y en innumerables oportunidades abandonó el amor para seguir su camino de combate. Desde que llegó de su Génova natal y hasta morir en el oscuro conventillo de la Boca, siempre fue un anarquista crónico, inexpugnable, deseoso de tener la valentía de poner bombas (algo a lo que nunca se animó) como lo hizo alguno de sus amigos muriendo en la acción. Pero nunca se sintió un cobarde, siempre manifestó que su lugar en la trinchera era la ideología, el hacer pedagogía para las generaciones nuevas. Aun así siempre llevaba su La Lira, 7,65mm Browning en la cintura, con cierto deseo de que el destino lo provoque a usarla.

En la única borrachera que le conocen recuerdan su confesión, la cual siempre negó estando lúcido, del dolor que le producía haber reconocido y abandonado inmediatamente a su único hijo concebido en San Pedro, Buenos Aires, en un desliz de inmigrante recién llegado. Por esta confesión, tal vez algo agrandada por el paseo de boca en boca, es que yo intuyo que su anarquismo era más un escudo para ocultarse, que una convicción política; como sucede con tantos que luchan contra lo que realmente envidian… pero esto que digo me suena más a psicología barata que a un certero diagnóstico. El asunto fue que este suceso que se empeño en negar, fue lo que ocasionó el suicidio de sus ideales y el silencio perpetuo que prosiguió hasta el día de su muerte tres años después.

Hay datos que avalan mi diagnóstico de bar. Las frases en latín y griego antiguo que utilizaba constantemente en defensa de sus ideales, y la discusión cargada de argumentos teológicos que utilizó en su franca y verborrágica pelea con el sacerdote de la parroquia de su barrio. No era común que alguien utilizara esas herramientas en el fragor apologético del anarquismo. Tal vez esto hablaba de su pasado, de su desconocida y por él silenciada, juventud en Génova. Cuentan que cuando era obrero del frigorífico La Negra de Avellaneda, creado en 1880 y que en las décadas sucesivas tendría una fuerte influencia en las luchas obreras, en la revuelta de 1910 recibió un certero golpe en la cabeza propinado por el bastón de un policía, y que entonces estuvo dos días sin conocimiento delirando extensos párrafos en latín que el sacerdote del hospital reconoció como fragmentos de las Cartas de San Jerónimo. Américo Bottaro también negó, una vez lúcido, que esto pudiera haber sucedido. No hay más datos que estos, pero unidos al acontecimiento que causó su posterior mudez, me alcanzan para comprender su reacción.

Don Américo Bottaro, el anarquista, estaba en un momento de luchas encarnizadas y comenzando a plantearse la urgente necesidad de hacer algo más que solo pedagogía para las generaciones nuevas y tomar algún tipo de acción directa. Así lo dice el diario de Francesco Pellegrino, conocido por todos como su único amigo de extrema confianza. Yo lo creo, porque alguien con el carácter y las convicciones de Américo Bottaro debía terminar sus días como un sacrificio a sus ideales.

El mismo día que inició su silencio de palabras pasó caminando por la parroquia de su acérrimo enemigo y llamó su atención el ambiente festivo del lugar. Como buen provocador, preguntó a un feligrés que estaba a punto de ingresar al templo, si había algo que festejar –“Claro”- exclamó éste –“Tenemos nuevo Arzobispo en Buenos Aires y es nacido en San Pedro”- Américo Bottaro no pudo escuchar más, como si un golpe de martillo lo hubiera dejado aturdido. Inmediatamente le pidió el diario al canillita de la esquina y tan solo ver el titular en la tapa transfiguró su cara con una mueca de dolor que jamás pudo borrar. El perfecto parecido de la foto del nuevo Arzobispo no dejaba lugar a dudas. El legado de lo que siempre quiso ser de joven lo había entregado en su sangre.

Entró en la habitación del conventillo que compartía con Francesco Pellegrino, se sentó en la cama y dijo sus últimas palabras -“Viví en un mundo equivocado y no me di cuenta hasta que fue tarde”-.

El mundo equivocado era el suyo, el otro era el certero. Su hijo, fray José María Bottaro, franciscano, había sido ordenado Arzobispo de Buenos Aires por Pío XI.

El fantasma de Alicia

Hacia mediados de 1962 el frío y la lluvia habían transformado a Buenos Aires en algo así como un mal sueño de Alicia. Sumar a la inclemencia del tiempo su postración en una silla de ruedas la acorralaba, despiadadamente, dentro de las paredes de su pequeño departamento de la calle Sáenz Peña. Acortadas las visitas de quienes regularmente estaban con ella, la sumió en cierto abandono de su imagen, de sus fuerzas, hasta incluso de su arte. Alicia se pegaba más a su almohada que a las ganas de vivir que siempre había tenido a pesar de su trágica vida. Incluso la habilidad de sus manos para la pintura no eran ya un consuelo en su soledad. Escuchar ladrar al perro del 4ºC era, en esos días, el único indicio de que el mundo seguía en movimiento. Una etapa difícil, sin dudas.

Además, ese Junio le recordaba la muerte de las dos personas que más había amado, Juan Carlos su padre, y Adolfo Salvatierra su novio de toda la vida, sus únicos dos hombres, como solía decir.

En esos mismos días de Junio había tenido la inmensa alegría de pensar que, con la instalación de una línea telefónica en su departamento, podría volver a conectarse con el mundo. Solo sumo angustia el silencio del hoy viejo, negro y pesado aparato. Los que cuentan su historia, aseveran que esto la acercó al suicidio, al igual que los dos únicos hombres que ella había amado. Y así, aquél viernes 9 de Junio, en las vísperas de otro fin de semana de cruel abandono, decidió terminar sus días, no sin antes dejar por escrito su despedida. La nota dice así:

“La vida, esto que me queda, no merece ser vivida. Ser despojo de las ausencias, detiene cualquier intento de no sucumbir ante el abandono de un futuro en el cual no creo. No hay esperanzas de que alguien golpee hoy mi puerta, de que alguien bendiga o maldiga mi existencia. No estoy echando culpas a nadie, o tal vez sí a todos ustedes que, también presos como yo, desmembraron mi existencia en la abrumadora soledad en la cual me han sepultado.

Me voy al lugar de los suicidados, al hades donde lloran sus decisiones equivocadas. Lo sé muy bien y ya estoy arrepentida de lo que haré, pero ¿a quien le importa? Tampoco a mi, que seré llorada y olvidada en el mismo instante. Ténganme piedad si es que me nombran, algo de misericordia si me recuerdan cada 9 de Junio y el odio los demás días cuando piensen, certeramente, que esta fue mi venganza contra ustedes, la misma que todos los suicidas acometieron ante la soledad en la cual lo sepultaron quienes debían salvarlo. Les reintegro, eso sí, cada uno de los besos y abrazos que me dieron con ojos de lástima. También lamento, eso sí, no haber tenido la valentía de insultarlos en cada uno de esos besos y en cada uno de esos abrazos. Pero no me arrepiento, eso sí, de hacerlos sentir culpables de las caretas que ni ustedes mismos se creían.

La única diferencia entre mi final y el de mis dos hombres, es esta esquela que les dejo. También seré más creativa en este día que ellos en sus muertes. No usaré el revólver como mi padre, ni me dejaré caer por el balcón como Adolfo. Cortaré con suavidad mis venas, para que nunca olviden la imagen de mi sangre manchando algunas cosas que conservo de ustedes y que acabo de ordenar en el piso.

Tal vez les parezcan macabras y llenas de odio estas palabras, tanto como la forma de mi final, pero quiero que sepan (¿amigos?) que cualquiera de ustedes podrían salvarme en este momento si llamaran a mi puerta o a mi teléfono. Pero sé que esto no sucederá, solo habrá de acontecer la descripción de los hechos que ya he narrado.

Y una cosa más: conserven mi silla de ruedas para que puedan usarla entre ustedes.

Alicia
9 de Junio de 1962”

Seguidamente sintió el ardor del filo y la tibieza de su sangre recorriéndola. Las imágenes fueron sucediéndose de continuo, hasta que la vista comenzó a apagarse y supo que ya terminaba. Dicen que en ese momento, en el final, se escucha una música muy grave.

En el último segundo, en el respiro agónico, ella escuchó el timbre de la puerta. Llegaban de la inmobiliaria con nuevos inquilinos para rentar el deshabitado departamento de la calle Sáenz Peña.

Solo fue un mal sueño de Alicia, ella nunca había existido al igual que los fantasmas.

El azar del destino

Cuando su adversario le canto “falta envido y truco”, ya sabía él lo que sucedería, cuadro por cuadro, imagen por imagen, como lo había soñado (en realidad nunca supo si fue un sueño o un deja vú). Por eso, tal vez, el cuchillo estaba preparado desde antes de comenzar la partida.

No era fácil en aquella época de guapos amanecer una partida de truco sin sangre, ni era fácil sobrevivir a la traición. Aún mucho más difícil era entre guapos dejar entrever que uno era dócil a experiencias extrañas como los presentimientos o los deja vú. Julián Balmacena, el guapo del conventillo de la calle Defensa 1111, no era la excepción. Desde chico había tenido experiencias que nunca había compartido con sus pares, ni con su familia y, negándose, ni siquiera consigo mismo; pero era recurrente que el destino se le transfigurara en imágenes antes del acontecimiento. Así supo la suerte de su padre minutos antes de su asesinato o el abandono de su madre cuando aún era un niño. Pero de eso no se hablaba, nunca.

En Abril de 1922 se realizaban las elecciones para elegir al sucesor de Yrigoyen, presentándose Marcelo T. de Alvear, quien era ministro en París como candidato por la fórmula oficialista. El hecho de que haya ganado las elecciones por 459.000 votos contra 200.000 de los conservadores es un dato que se olvida fácilmente, con la excepción de la mente de Balmacena que supo, dos días antes, exactamente esa cifra. Justo él que para contar hasta diez usaba sus dedos. –“Mariconadas”- decía, pero algo lo inquietaba, lo aturdía de a ratos, y era el preguntarse por que carajo sabía de antemano cosas que no le interesaban, con la excepción de la muerte de su padre y el abandono de su madre. Hubiera preferido saber antes la traición de Blanquita Podestá, su amor de juventud que escapó a Córdoba con su mejor amigo. Hasta hubiera pagado por saber de antemano que en el frigorífico los palos de la policía marcarían su rostro para siempre. Pero todo lo que presentía por sus sueños o sus deja vú afectaban a otros más que a él mismo.

Por un tiempo lo había obsesionado la culpa por no haber advertido a su amigo Eladio Alturnia, que no vaya al boliche esa noche porque lo esperaban para acabarlo. Era demasiado guapo Balmacena para acercarse a otro guapo y decirle que había soñado su muerte, la del otro. Pensaba: -“Si es el destino nada puedo hacer y si es el azar que se joda”- Pero no mitigaba su culpa pensar de esa forma. Sabía él que nunca sabría cual es la respuesta y un guapo sin respuesta es poco hombre. Tal vez por esa creencia es que jamás compartió sus presentimientos.

Para un guapo el destino y el azar eran cosas inciertas. Un disfraz de la vida. Uno y el otro eran indisolubles. Si sucedía era por culpa del destino, si era accidental es por culpa del azar, solía reflexionar, aunque era lo mismo. De lo único que no tenía respuesta era sobre el huidizo amor que lo gambeteaba en la cancha de la vida.
Yo entiendo a Julián Blamacena. Algo de esto suele ocurrirme…

La partida terminó con la mesa cubierta de sangre. La sangre de su adversario que Julián Balmacena madrugó por aviso del azaroso destino.