Cuando su adversario le canto “falta envido y truco”, ya sabía él lo que sucedería, cuadro por cuadro, imagen por imagen, como lo había soñado (en realidad nunca supo si fue un sueño o un deja vú). Por eso, tal vez, el cuchillo estaba preparado desde antes de comenzar la partida.
No era fácil en aquella época de guapos amanecer una partida de truco sin sangre, ni era fácil sobrevivir a la traición. Aún mucho más difícil era entre guapos dejar entrever que uno era dócil a experiencias extrañas como los presentimientos o los deja vú. Julián Balmacena, el guapo del conventillo de la calle Defensa 1111, no era la excepción. Desde chico había tenido experiencias que nunca había compartido con sus pares, ni con su familia y, negándose, ni siquiera consigo mismo; pero era recurrente que el destino se le transfigurara en imágenes antes del acontecimiento. Así supo la suerte de su padre minutos antes de su asesinato o el abandono de su madre cuando aún era un niño. Pero de eso no se hablaba, nunca.
En Abril de 1922 se realizaban las elecciones para elegir al sucesor de Yrigoyen, presentándose Marcelo T. de Alvear, quien era ministro en París como candidato por la fórmula oficialista. El hecho de que haya ganado las elecciones por 459.000 votos contra 200.000 de los conservadores es un dato que se olvida fácilmente, con la excepción de la mente de Balmacena que supo, dos días antes, exactamente esa cifra. Justo él que para contar hasta diez usaba sus dedos. –“Mariconadas”- decía, pero algo lo inquietaba, lo aturdía de a ratos, y era el preguntarse por que carajo sabía de antemano cosas que no le interesaban, con la excepción de la muerte de su padre y el abandono de su madre. Hubiera preferido saber antes la traición de Blanquita Podestá, su amor de juventud que escapó a Córdoba con su mejor amigo. Hasta hubiera pagado por saber de antemano que en el frigorífico los palos de la policía marcarían su rostro para siempre. Pero todo lo que presentía por sus sueños o sus deja vú afectaban a otros más que a él mismo.
Por un tiempo lo había obsesionado la culpa por no haber advertido a su amigo Eladio Alturnia, que no vaya al boliche esa noche porque lo esperaban para acabarlo. Era demasiado guapo Balmacena para acercarse a otro guapo y decirle que había soñado su muerte, la del otro. Pensaba: -“Si es el destino nada puedo hacer y si es el azar que se joda”- Pero no mitigaba su culpa pensar de esa forma. Sabía él que nunca sabría cual es la respuesta y un guapo sin respuesta es poco hombre. Tal vez por esa creencia es que jamás compartió sus presentimientos.
Para un guapo el destino y el azar eran cosas inciertas. Un disfraz de la vida. Uno y el otro eran indisolubles. Si sucedía era por culpa del destino, si era accidental es por culpa del azar, solía reflexionar, aunque era lo mismo. De lo único que no tenía respuesta era sobre el huidizo amor que lo gambeteaba en la cancha de la vida.
Yo entiendo a Julián Blamacena. Algo de esto suele ocurrirme…
La partida terminó con la mesa cubierta de sangre. La sangre de su adversario que Julián Balmacena madrugó por aviso del azaroso destino.
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