Hacia mediados de 1962 el frío y la lluvia habían transformado a Buenos Aires en algo así como un mal sueño de Alicia. Sumar a la inclemencia del tiempo su postración en una silla de ruedas la acorralaba, despiadadamente, dentro de las paredes de su pequeño departamento de la calle Sáenz Peña. Acortadas las visitas de quienes regularmente estaban con ella, la sumió en cierto abandono de su imagen, de sus fuerzas, hasta incluso de su arte. Alicia se pegaba más a su almohada que a las ganas de vivir que siempre había tenido a pesar de su trágica vida. Incluso la habilidad de sus manos para la pintura no eran ya un consuelo en su soledad. Escuchar ladrar al perro del 4ºC era, en esos días, el único indicio de que el mundo seguía en movimiento. Una etapa difícil, sin dudas.
Además, ese Junio le recordaba la muerte de las dos personas que más había amado, Juan Carlos su padre, y Adolfo Salvatierra su novio de toda la vida, sus únicos dos hombres, como solía decir.
En esos mismos días de Junio había tenido la inmensa alegría de pensar que, con la instalación de una línea telefónica en su departamento, podría volver a conectarse con el mundo. Solo sumo angustia el silencio del hoy viejo, negro y pesado aparato. Los que cuentan su historia, aseveran que esto la acercó al suicidio, al igual que los dos únicos hombres que ella había amado. Y así, aquél viernes 9 de Junio, en las vísperas de otro fin de semana de cruel abandono, decidió terminar sus días, no sin antes dejar por escrito su despedida. La nota dice así:
“La vida, esto que me queda, no merece ser vivida. Ser despojo de las ausencias, detiene cualquier intento de no sucumbir ante el abandono de un futuro en el cual no creo. No hay esperanzas de que alguien golpee hoy mi puerta, de que alguien bendiga o maldiga mi existencia. No estoy echando culpas a nadie, o tal vez sí a todos ustedes que, también presos como yo, desmembraron mi existencia en la abrumadora soledad en la cual me han sepultado.
Me voy al lugar de los suicidados, al hades donde lloran sus decisiones equivocadas. Lo sé muy bien y ya estoy arrepentida de lo que haré, pero ¿a quien le importa? Tampoco a mi, que seré llorada y olvidada en el mismo instante. Ténganme piedad si es que me nombran, algo de misericordia si me recuerdan cada 9 de Junio y el odio los demás días cuando piensen, certeramente, que esta fue mi venganza contra ustedes, la misma que todos los suicidas acometieron ante la soledad en la cual lo sepultaron quienes debían salvarlo. Les reintegro, eso sí, cada uno de los besos y abrazos que me dieron con ojos de lástima. También lamento, eso sí, no haber tenido la valentía de insultarlos en cada uno de esos besos y en cada uno de esos abrazos. Pero no me arrepiento, eso sí, de hacerlos sentir culpables de las caretas que ni ustedes mismos se creían.
La única diferencia entre mi final y el de mis dos hombres, es esta esquela que les dejo. También seré más creativa en este día que ellos en sus muertes. No usaré el revólver como mi padre, ni me dejaré caer por el balcón como Adolfo. Cortaré con suavidad mis venas, para que nunca olviden la imagen de mi sangre manchando algunas cosas que conservo de ustedes y que acabo de ordenar en el piso.
Tal vez les parezcan macabras y llenas de odio estas palabras, tanto como la forma de mi final, pero quiero que sepan (¿amigos?) que cualquiera de ustedes podrían salvarme en este momento si llamaran a mi puerta o a mi teléfono. Pero sé que esto no sucederá, solo habrá de acontecer la descripción de los hechos que ya he narrado.
Y una cosa más: conserven mi silla de ruedas para que puedan usarla entre ustedes.
Alicia
9 de Junio de 1962”
Seguidamente sintió el ardor del filo y la tibieza de su sangre recorriéndola. Las imágenes fueron sucediéndose de continuo, hasta que la vista comenzó a apagarse y supo que ya terminaba. Dicen que en ese momento, en el final, se escucha una música muy grave.
En el último segundo, en el respiro agónico, ella escuchó el timbre de la puerta. Llegaban de la inmobiliaria con nuevos inquilinos para rentar el deshabitado departamento de la calle Sáenz Peña.
Solo fue un mal sueño de Alicia, ella nunca había existido al igual que los fantasmas.
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