-“Viví en un mundo equivocado y no me di cuenta hasta que fue tarde”-. Eso fue lo último que dijo. Luego siguió un silencio de palabras hasta su muerte tres años más tarde, aunque mantuvo un diálogo incesante consigo mismo evidenciado en sus gestos de amargura, en su cabello que se emblanquecía apagado, en sus arrugas profundas, en sus ojos secos.
Aquello por lo cual luchó y se sostuvo hasta ese día, se había desvanecido en un instante infinito. Siempre siguió desvaneciéndose su sueño como en un abismo interminable, como una puñalada certera y profunda que no amainaba su fuerza. El suicidio de sus ideales fue también el suyo. El final no esperado de un hombre que lucho con convicciones que creyó ciertas.
Américo Bottaro, el anarquista, como lo conocían en el barrio, siempre creyó que la dignidad del hombre se daba en la educación, el buen trabajo y en la lucha por el bien de los demás. Por estás convicciones, innumerables veces estuvo preso, innumerables represiones soportó en innumerables marchas y en innumerables oportunidades abandonó el amor para seguir su camino de combate. Desde que llegó de su Génova natal y hasta morir en el oscuro conventillo de la Boca, siempre fue un anarquista crónico, inexpugnable, deseoso de tener la valentía de poner bombas (algo a lo que nunca se animó) como lo hizo alguno de sus amigos muriendo en la acción. Pero nunca se sintió un cobarde, siempre manifestó que su lugar en la trinchera era la ideología, el hacer pedagogía para las generaciones nuevas. Aun así siempre llevaba su La Lira, 7,65mm Browning en la cintura, con cierto deseo de que el destino lo provoque a usarla.
En la única borrachera que le conocen recuerdan su confesión, la cual siempre negó estando lúcido, del dolor que le producía haber reconocido y abandonado inmediatamente a su único hijo concebido en San Pedro, Buenos Aires, en un desliz de inmigrante recién llegado. Por esta confesión, tal vez algo agrandada por el paseo de boca en boca, es que yo intuyo que su anarquismo era más un escudo para ocultarse, que una convicción política; como sucede con tantos que luchan contra lo que realmente envidian… pero esto que digo me suena más a psicología barata que a un certero diagnóstico. El asunto fue que este suceso que se empeño en negar, fue lo que ocasionó el suicidio de sus ideales y el silencio perpetuo que prosiguió hasta el día de su muerte tres años después.
Hay datos que avalan mi diagnóstico de bar. Las frases en latín y griego antiguo que utilizaba constantemente en defensa de sus ideales, y la discusión cargada de argumentos teológicos que utilizó en su franca y verborrágica pelea con el sacerdote de la parroquia de su barrio. No era común que alguien utilizara esas herramientas en el fragor apologético del anarquismo. Tal vez esto hablaba de su pasado, de su desconocida y por él silenciada, juventud en Génova. Cuentan que cuando era obrero del frigorífico La Negra de Avellaneda, creado en 1880 y que en las décadas sucesivas tendría una fuerte influencia en las luchas obreras, en la revuelta de 1910 recibió un certero golpe en la cabeza propinado por el bastón de un policía, y que entonces estuvo dos días sin conocimiento delirando extensos párrafos en latín que el sacerdote del hospital reconoció como fragmentos de las Cartas de San Jerónimo. Américo Bottaro también negó, una vez lúcido, que esto pudiera haber sucedido. No hay más datos que estos, pero unidos al acontecimiento que causó su posterior mudez, me alcanzan para comprender su reacción.
Don Américo Bottaro, el anarquista, estaba en un momento de luchas encarnizadas y comenzando a plantearse la urgente necesidad de hacer algo más que solo pedagogía para las generaciones nuevas y tomar algún tipo de acción directa. Así lo dice el diario de Francesco Pellegrino, conocido por todos como su único amigo de extrema confianza. Yo lo creo, porque alguien con el carácter y las convicciones de Américo Bottaro debía terminar sus días como un sacrificio a sus ideales.
El mismo día que inició su silencio de palabras pasó caminando por la parroquia de su acérrimo enemigo y llamó su atención el ambiente festivo del lugar. Como buen provocador, preguntó a un feligrés que estaba a punto de ingresar al templo, si había algo que festejar –“Claro”- exclamó éste –“Tenemos nuevo Arzobispo en Buenos Aires y es nacido en San Pedro”- Américo Bottaro no pudo escuchar más, como si un golpe de martillo lo hubiera dejado aturdido. Inmediatamente le pidió el diario al canillita de la esquina y tan solo ver el titular en la tapa transfiguró su cara con una mueca de dolor que jamás pudo borrar. El perfecto parecido de la foto del nuevo Arzobispo no dejaba lugar a dudas. El legado de lo que siempre quiso ser de joven lo había entregado en su sangre.
Entró en la habitación del conventillo que compartía con Francesco Pellegrino, se sentó en la cama y dijo sus últimas palabras -“Viví en un mundo equivocado y no me di cuenta hasta que fue tarde”-.
El mundo equivocado era el suyo, el otro era el certero. Su hijo, fray José María Bottaro, franciscano, había sido ordenado Arzobispo de Buenos Aires por Pío XI.
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