Un hombre llamado Fausto, que caminó por horizontes solo para creer que nunca llegaba y que empeñó su fuerza en discernir lo escrito y lo aleatorio de su propia historia, me contó lo siguiente:
“La historia de los libros impresos no es tan antigua como el Sol, ni la Luna tan antigua como yo. No sé donde el rastro perdura en el universo transitado por mis pasos, pero los recuerdos son pocos y confusos por el tiempo, la edad –la mía, la de los hombres, la del infinito- que nunca ha dejado de pasar, y no creo que el problema sea cronos ni el movimiento del universo, tampoco las rayuelas que no jugué, sino el deseo de encontrar lo que busco sin saber que es, empresa donde sigo invirtiendo mi vida.
Este sitio no era así cuando estuve aquí la última vez, ni la otra o la primera, siempre fue diferente. Nada nuevo es decirte que uno nunca regresa al mismo lugar de nada. Ni a igual estado de uno. Aunque el lugar y el sujeto no perciban sus cambios, todo es diferente. Igual universo no existe. No importa. No es un juego de palabras porque los juegos de palabras no me sirven ni como juegos ni como palabras. Uno juega con lo que ayuda a pasar el rato sin pensar demasiado y las palabras nunca lograron eso en mí. Tampoco los que jugué solo ni los que intentaron enseñarme los ciegos. El “Buen día” primigenio que escuché, lo llevo grabado patéticamente en el presente desde al pasado donde fue dicho.
No sé cuál fue la primera moneda que el hombre usó. Yo soy de antes de la moneda y recuerdo mi asombro la primera vez cuando depositaron una en mi mano como pago de un consejo. Debería haberla conservado por el valor intangible que hoy tendría la moneda, no el consejo que sigue siendo el mismo e intangible también. Desde esos tiempos el valor de las cosas fue reflejado por ellas, o tal vez ellas comenzaron a ser el valor de las cosas. Pero todos lo hemos pagado caro, los hombres y las monedas. Nosotros por haber perdido el don de dar sin esperar recompensas materiales y las monedas por perderse siempre en el camino. Los hombres también. Nunca he recuperado una moneda entregada en el camino, ni a un hombre tampoco. Lo que entrego se va. Lo entrego por algo que creo más importante. No lo pierdo, lo entrego. Solo cuando lo extraño está perdido. Solo lo extraño cuando lo recuerdo. Ya poco recuerdo.
Ni las monedas ni yo somos inalterables al paso del tiempo. He durado más que ellas, porque a ellas las afectan el tiempo y la depreciación. A mi solo el tiempo y mucho menos que a las monedas. Pero aun así también soy moneda.
Con los Fenicios, los Celtas y los Aztecas he diferido en la importancia que deberíamos dar al uso de las monedas en nuestras transacciones diarias (también he discutido con ellos cosas importantes). Siempre quise hacerles entender que estaban a tiempo para no grabar en la genética humana el pago con monedas como algo incuestionable. Ellos no entendían de genética y concibieron siempre el futuro a muy corto plazo. Ellos no están ahora, solo yo y las monedas cargando la historia, la de ellos, la moneda, la mía y de la humanidad. Aun si no hubiese entregado mi vida a la búsqueda sincera no sé de qué, igualmente la humanidad hoy pagaría esta consecuencia, porque la moneda al igual que yo fuimos creados sin alma.
La moneda carece de alma porque carece de pertenencia. Nadie conserva una moneda per se. Nadie tiene una moneda que no quiera cambiar por algo que considere mejor. La moneda no es amigo. Viaja sin detenerse mucho en ninguna mano, perdiendo el rumbo, padeciendo un viaje desconocido que nadie puede narrar. Por eso ha visto cosas sagradas que olvidó y regresado a lugares que no recuerda. Fue cobijada nuevamente por la misma mano y no se dio cuenta. Y fue entregada nuevamente por la misma mano y tampoco lo percibió. Hablo de la moneda. De los hombres. De mi…
Aunque también con los Mogoles he diferido en varias cuestiones, ellos no sopesaron el tema de las monedas. Las cabezas rodando de mis adversarios fue toda la paga que dieron a mis consejos.
No sé si la forma de las monedas emerge del sol o la luna, o de los ojos cóncavos de los muertos que abandoné por meses en antiguos campos de batalla. La cuestión es que las monedas se pierden como ellos. Como yo. Yo soy moneda.
En algún lugar del camino que había transitado con anterioridad encontré un hombre con respuestas. El me dijo que las monedas eran voluntad de Dios para que los hombres conociesen sus corazones con sus miserias y grandezas. No encontré satisfacción en la respuesta, pero no puedo obviar la cuestión de que esas palabras perduraron siglos en mi mente. Intenté discutirlas con otros hombres, pero no hubo sabio alguno dispuesto a escuchar una verdad sobre lo intangible del camino de las monedas. La interlocución duraba lo que un suspiro infinito y terminaba en el segundo eterno de iniciarla. Solo entendí algo: que las monedas y el tiempo no pertenecen a este orden donde las cosas se explican, ni la inexistente alma, ni yo.
El periplo de las monedas a través de las manos es insoslayable. Ella no recuerda la primera e ignora la última. Fueron de tantos colores, tamaños, durezas que todas fueron una. Como los inmemoriables escritos de los sabios, donde todo surge y se desgrana como una larga historia. La mía y la de las monedas.
Hubo tiempos donde el suelo besó a alguna de ellas. Donde fui besado y abandonado por las mismas infinitas bocas-manos que poseyeron a la moneda. El camino de la moneda es indescifrable, un laberinto creándose siempre a sí mismo, donde las manos que pierden la moneda se repiten infinitamente. Son las mismas pero de otros hombres que, al igual que la moneda, son los mismos.
No quiero aburrirte con mi propia historia, lo que quiero contarte es sobre el hallazgo de una moneda parlante. Fue hace mucho, pero carece de valor el tiempo. Sí fue importante su locución que no pude interrumpir con preguntas. Las monedas no escuchan. Ella narró aletargadamente su historia, desde su nacimiento por el fuego que la fundió hasta nuestro encuentro. Me dijo:
“El dolor del fuego es inenarrable. Es verdad que no quedan impurezas y que el molde nos acoge y da la forma deseada. Pero el dolor del fuego es inenarrable, tanto que jamás lo he dejado de padecer. Ser puro duele. Tener la forma necesaria también, tanto como el interminable camino realizado.
Las manos son todas iguales, las que te entregan y las que te reciben. Al principio, en las primeras transacciones percibes alguna diferencia, pero éstas se desvanecen pronto. Todas las manos son iguales, todos los hombres que las poseen también. Todo camino es desconocido, imprevisto, fuera de mi voluntad y sin recompensa más que yo misma entregada en otra mano.
Fui forjada por fuego a orillas del Tigris, y por las manos que me poseyeron hasta hoy. Fui pago de amores, pertrechos de guerra, alimento y sangre, entregada en un juego y valorada solo instantes. Mordida por dientes putrefactos y oculta en testículos hediondos. Valorada solo por lo recibido en mi entrega, no la mía que nunca quise, sino la que hicieron de mi. Nunca por mi deseo.
Las manos de los mercaderes son, acaso, las que más calidez me brindaron, tal vez porque sabía que al llegar a ellas no debía esperar ser guardada como un tesoro, sino que al igual que las vísceras de tus muertos, estaba yo para ser olvidada. Desconocer el próximo instante del viaje me resulta extraño y agradable. Cálido, aunque no lo desee. La incertidumbre que casi cubrió en su totalidad mi peregrinaje me ha amurallado de dolor las espaldas. ¿Preso de un destino escrito o de azar? no lo sé, ni tengo a quien preguntárselo. Nadie escucha hablar a una moneda, ni las monedas escuchamos a nadie. Poco recordamos, y únicamente, sobre manos que nos poseyeron y nos entregaron. Pero poco.
Confunde, siempre, las transacciones rápidas y simultáneas. Un solo día es, a veces, la marca indeleble y la confusión atemorizante que cargo por siglos. No logro acostumbrarme a la rápida entrega de mí a otras manos. Preferiría ser contenida en el cofre de un tesoro de palacio aunque nadie me mire, aunque deba permanecer en absoluta oscuridad y que la vida allí transcurra monótona porque nadie te toca, ni te daña, ni te conoce. Ser moneda de un único cofre por siglos, en la seguridad de las riquezas de un reino que, aunque sea arrasado, sus riquezas serán, entonces, pertenencia de la seguridad de otro reino, permaneciendo así inalterable y fría en una perfecta oscuridad-escudo. Tal vez este deseo lo aprehendí de los hombres.
Ser una vulgar moneda de cambio me mantiene en una sensación de naufragio constante, de posible pérdida, de no tener mañana, aunque ellas se suceden desde que fui creada –algunos sostienen que de antes, no lo sé- y nunca cada día fue el último y siempre fue el final. Cada día de primer peregrinaje, de exilio, con el sello de Caín en la frente para que los hombres no me dañen, no es nunca una bendición. Sé que el rostro del Eterno brilla y hasta creo que encendió el fuego bajo el molde donde fui formada para que tuviese el diseño necesario en el uso al cual fui destinada. Pero nunca ha sido una bendición para mi, yo lo he sido para los hombres. También su maldición, su carga, sus prestidigitados designios de infortunio, develando sus miserias, evidenciando sus indignidades. Cada hombre ha derramado por mi las bajezas propias que los oscurecen. Nadie, ninguno de ellos, mostró misericordia para obtenerme, ni para dejarme. Nos aman y nos olvidan según sus necesidades y nos desprecian y nos valoran si obtienen de nosotras lo que ambicionan. Esto me ha demostrado –realmente- que las monedas poseemos el sello de Dios que nos conserva. Algo inalterable, más allá de nuestro deterioro externo por el uso de los hombres. Por eso la sensación de naufragio perdura como el inenarrable dolor del fuego que jamás he dejado de padecer.
Lo único que creo es que la pureza del fuego es un presagio de lo tormentoso de nuestro camino. Camino de ambición de los hombres, del destino del pasado y del ahondamiento de nuestra vacuidad.”
Cuando terminó de decir esta frase la entregué a cambio de algo frívolo que quise tener. Pasó hace demasiado. Hablo de siglos. Ya poco recuerdo.
No te aburro más, debo seguir caminando. Yo soy moneda. Moneda perdida, igual que muchos, con el inalterable sello de Dios”.
Cuando Fausto se fue y me descubrí solo, tomé la única moneda de mi bolsillo, la besé y arrojé al mar pidiendo un deseo. El mismo para mi y para ella.