El trabajo de enfermera era una carga. Fue su única alternativa a la hora de sobrevivir en medio del caos y la violencia. Aquello que empezó como una revuelta popular, terminó transformado en un baño de sangre; primero por el ejército nacional, luego por un ejército extranjero que, aprovechando el caos imperante en la nación, saldó en esta invasión aquella que había padecido hacía casi 200 años atrás por éstos. Y es que para ser enfermera en aquella guerra, solo era necesario ser mujer y valiente. Y Ada Carnelucci tenía ambas virtudes. Es verdad que nació mujer y esa es una virtud en sí misma, pero la virtud de la valentía la adquirió ya de grande, sin saber ella si le llegó como virtud, o por la necesidad de sobrevivir. Hoy entiendo que sobrevivir es en sí misma una virtud. Esto lo narra un sobreviviente que nunca hubiera podido tener la primera virtud de Ada, y que no se animó a luchar por la segunda, por uno que confundió la abundancia de libros con un paraíso, olvidando que las posibilidades eternas no se deben confundir con la experiencia.
El trabajo de enfermera era una carga. Ada Carnelucci desangraba en su oficio más penas que sus heridos en batalla. Su idea de mujer adulta no era esta realidad que vivía. Tampoco la que yo había albergado de joven hacia mis años presentes. No estábamos preparados para estos cambios. Nadie lo está. Ella y yo, a pesar de no conocernos de niños, ni siquiera aún, teníamos ideas parecidas para el futuro. Ambos creíamos que el futuro era previsible. Que los cambios eran aquellos que emergían de elecciones libres en la vida. Ilusos entre una multitud de ilusos. Fuimos entrenados en un mundo sin presiones, solo aquellas familiares que terminarían en la adultez. La realidad era otra, siempre otra, tan diferente como las ilusiones de aquellos que, desposeídos de toda marginalidad, creyeron que los días serían como lo habían pensado.
La realidad es otra. Totalmente otra. Esta impone cambios relacionados con la supervivencia. Algo a lo cual ni soñábamos estar expuestos. Cambios en direcciones tan dispares a las pensadas que no hubiéramos podido imaginar. Nadie supo explicarnos, o tal vez no supimos entender, que si uno no cambia para sobrevivir, entonces no vive.
La biografía de Ada Carnelucci la descubrí hace pocos días, ya al final de los míos. Podría ser perfectamente mi autobiografía. Salvo que ella era mujer y yo un hombre, las experiencias de la vida fueron tan similares que este libro me resulta familiar, tanto como la imagen que refleja el espejo en el cual me miro. Tampoco nos igualaba la virtud de la valentía que sí ella tenía, porque yo la descubrí como tal hace poco tiempo, no en los infinitos desiertos a los cuales fui llevado por la sabiduría para intentar cambiarme, para intentar modificar las cosas que me destruían, sino en el último de ellos. Una vez más los desiertos eran remedios y no enfermedad ¿Cómo entenderlo de joven? Para mi fue imposible, para Ada Carnelucci un ejercicio que le posibilitó sobrevivir en medio de la no vida en la plenitud de sus días, mientras yo me refugiaba en bibliotecas de libros escapados de una fantasía inservible. No se las deseo ya a nadie –las bibliotecas infinitas-, cuando antes eran lo que creía mi éxito. Tan deshumanizado vivía que no podía darme cuenta de eso. En cambio Ada, tal vez por ser mujer, tal vez por ser valiente, lo entendió de inmediato y, por eso, su vida fue mucho mejor que la mía. El precio de su vida es incalculable, el mío ínfimo. De ella se cuentan historias que llenarían infinitos libros. De mi un solo reglón dice que fui lector y bibliotecario. Yo sabía más que ella, tenía más educación que ella, pero ella vivía. Ella cambió a cada paso aceptando aquellos que la perfeccionaban. Yo solo supe acariciar por años mi máquina de escribir, mis libros perfectamente acomodados en los estantes. Ella millares de heridas que no eran suyas, pero lamiéndose las propias e intentando no detenerse.
¿Porqué digo que su biografía podría ser mi autobiografía? Por que hace muy poco descubrí lo que tendría que haber sido y cambié para serlo. Ya no más trincheras para esconderme, ni escudos para defenderme de mi mismo, de lo que yo debía aceptar y modificar. Un cambio que me debía para ser feliz, a pesar del tiempo perdido en no serlo.
Leer su biografía me compungía el espíritu. Me hacía sentir ridículo, inexistente. Pero creo que de haberla leído en el pasado, no hubiera estado preparado para entenderla. Hubiera creído, en el pasado, que su vida no era mejor que la mía. Pero el último desierto fue decisivo para mi. En realidad espero que no haya sido el último que me toque vivir, pues lo que aprendí de el, es que la vida es otra cosa. Aprendí que el cambio no endurece, humaniza. Que no cambiar deshumaniza. Que no animarse a cambiar agota la existencia. Un aprendizaje duro, para alguien que creía que toda sabiduría estaba en las páginas de mis libros apilados en interminables estantes.
Antes del último desierto vivía aferrado a un personaje que, seguramente, había adoptado de alguna de mis lecturas. No se de cual, porque ese personaje hoy me es tan ajeno, tan lejano, que no puedo descubrir como llegó a mi. O tal vez no lo intento para no sentirme culpable del tiempo perdido. Creo en esta última hipótesis. La verdad ya no creo lo que creía y, por eso, no quiero iniciar esta búsqueda de saber porque fui lo que fui. Siempre me identifiqué más con los amigos de Job que con él. Siempre pensé que el desierto de Job era inservible, y que las críticas de sus amigos tenían más fuerza que los argumentos de su defensa. Nunca quise ser Job. No me permití jamás ver que, en el peor de los desiertos, emerge una nueva persona, la que debe ser, no porque antes haya sido mala, sino porque no cambiar nos transforma en lo que no debemos ser, y eso es destructivo para la vida. Mi argumento de pensar que los desiertos están creados por nuestros errores, me ayudó a no internarme en ellos, a evadirlos por creer que no los necesitaba. Entonces los cambios no se producían y mi inutilidad me era ignorada. Los libros, solo los libros, eran para mi el escape. Adoptar historias y posturas de otros que, como escudos prestados, me anestesiaban de la verdad. Hoy reconozco esa mentira. El último desierto fue decisivo para cambiar.
En medio de la invasión de junio pasado, durante el ataque final, quemaron mi biblioteca. Solo pude salvar mi vida y, vaya a saber uno porqué digna fatalidad, solo recuperé de las cenizas la parte final de la biografía de Ada Carnelucci, y eso fue lo único que leí en este tiempo. Me sentí absolutamente frustrado cuando solo eso recuperé, hoy entiendo que debería haberlo leído cuando llegó a mis manos hace un año atrás, cuando se cumplía el sexto año de iniciada la revuelta interna de mi país, cuando hacía dos que Ada había sido asesinada por el ejercito nacional.
La tapa del libro, aunque oscurecida por las llamas, dejaba leer con claridad el título de la obra: “Ada Carnelucci, una kamikaze de la vida”. El kamikaze siempre creí que era yo. Que mi cualidad de no querer cambiar, que defender mis posturas a rajatabla me convertían en el. No entendí el porqué del título, ya que en la lectura del texto que sobrevivió al fuego, solo emergían datos biográficos de una mujer capaz de cambiar constantemente. Entendía que eso la hizo necesariamente humana, pero no podía aplicarle ese adjetivo, porque un kamikaze, según mi idiotez propia de un cobarde que no se anima a cambiar, era quien era capaz de morir por defender lo que creía, aunque supiera que estaba equivocado. Solo lo entendía en el epílogo de la obra escrito por su autor (desconozco su nombre, las llamas lo devoraron). Las palabras final, en la hoja final decían:
“Solo los kamikaze cambian, los kamikaze que no quieren morir, y apuntan sus aviones-bombas hacia el verdadero enemigo, aquellas cosas perversas que los invitan a no cambiar. Los otros kamikaze, que realmente no lo son, se suicidan en su propia estupidez humana”.
Ahora soy un kamikaze verdadero, no un títere de intereses que me destruyen. Ahora estoy dispuesto a cambiar. A arriesgar mi vida para ser feliz, dirigiendo mis arsenales directo a los límites de mi cobardía.
Grande Kamikaze! a ser felíz que la vida está por venir.
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